El salón estaba lleno de sombras elegantes y risas falsas. El techo de cristal dejaba ver un cielo estrellado sobre el circuito austriaco, pero dentro, el aire olía a champaña, cansancio… y derrota. Armin Stein estaba apoyado contra la barra, con una copa de whisky en la mano, el rostro impasible y los nudillos blancos. La música electrónica vibraba en el pecho, pero él no sentía nada. Había perdido. Otra vez. No por milésimas. No por estrategia. Esta vez... lo aplastaron. No había mensaje de Maroon. No había voz, ni mano, ni abrazo. Solo el eco de su propia mente repitiendo “fallaste”. —¿Te vas a quedar mirando el fondo del vaso toda la noche? —dijo una voz suave, melódica, casi burlona. Rei Kanagawa. Llevaba un vestido n***o satinado, espalda descubierta, labios rojos como una adver

