- Me alegra que al fin despertara –una suave voz llama su atención, podía sentir la marca de la diosa de la esperanza.
- ¿Dónde estoy? –se sienta con lentitud, se sentía entumecido.
- Es el templo de la diosa Dilett –dice con calma mientras prepara unos ungüentos, de verdad se veía muy mal.
- ¿Quién eres tú y dónde esta ella? –gira la cabeza a todos lados buscándola con desesperación.
- Soy Sky, quizás no me recuerde, la última vez que nos vimos, era una bebé –dice en tono casi casual, debía guardar el producto en frascos–, la diosa está de vacaciones con su esposo e hijo –de gira para colocar los frascos en su lugar, así que no pudo ver la cara de desagrado y odio ante esa declaración.
- Yo soy su esposo –su tono es frío, con ira contenida.
- No sé cómo llegó aquí, me sorprendió verlo, si le soy sincera –ella acomodaba con cuidado cada frasco, él la veía con detenimiento y algo de aburrimiento.
- Hice un encantamiento para poder verla, y supongo que funcionó, este es su templo –quería saltar de la emoción, un poco más y podría volver a verla, estar juntos.
- Sí y no –se gira y lo encara–, es uno de muchos, los visita a todos, pero su hogar es en la tierra de Mertza, tierra de la muerte y la esperanza, lugar creado para las almas errantes –le explica con calma mientras guarda los ingredientes.
- ¿Cada cuánto viene? –la impaciencia era palpable en su voz.
- Meses, a veces semanas –se encoge de hombros.
- ¿Te he visto antes? –le mira entrecerrando los ojos, había algo en sus ojos que había captado su atención.
- Sí, pero es probable que no me recuerde –dice suave, una mujer entra con una bandeja de comida, ella la toma y se acerca al Dios–, o que si recuerdos de mí sean muy borrosos –coloca la bandeja en sus piernas–, soy la pequeña bebé que la señora Scarlett rescató, esa niña por la que hizo un alboroto en el palacio –se aleja un poco, Kaled le observa con detenimiento dándose cuenta del parecido además del color azul de sus ojos, aunque ahora no estaba seguro si eran azules o verdes, su memoria era borrosa.
- No puede ser posible, no puedes ser tú –niega con incredulidad, ella lo observa luciendo serena, intuía que esto pasaría, qué no le creería.
- Claro que ha pasado un tiempo, unos cuantos siglos debería decir –ríe negando–, le contaré un poco pero antes coma, necesita recuperar fuerzas –le incita a que comience a comer, él obedece sin mucho ánimo–. Pues verá, después de que mi tía me llevó, me trató como a su propia hija, la verdad es que no puedo quejarme de esa parte –sonríe con afecto–, cuando fui bastante mayor conocí un hombre y me casé con él, forme una familia pero no todo podía ser perfecto –suspira con pesar–, él era un hombre al que le gustaba tomar y cuando lo hacía, se transformaba por completo, a tal grado que nos desconocía, por lo que siempre resultaba en golpizas para mí y a pesar de que intentaba pegarle a mis hijos, nunca logró ponerles una mano encima, no se lo permití –su mirada es seria–, una noche no aguanté más y lo dejé, tome a mis tres hijos y me fui a casa de mi tía, quisiera decirle que todo fue mejor, pero la realidad es que él siguió buscándome, rogándome y suplicando que por favor lo perdonará y regresará la casa –cierra los ojos y suspira–, jamás lo hice y nunca volví, sin embargo cuando mis hijos era lo bastante grande cómo para poder sobrevivir, él volvió a buscarme y mientras estaba comprando algunas cosas en el mercado, aprovechó un callejón oscuro, cubrió mi boca e inmovilizó mis manos, recuerdo con claridad cada palabra que me dijo: si no eres mía, no serás de nadie, acto seguido, sentí el frío metal de una navaja cortar mi cuello y supe en ese momento que mi vida había terminado, lo único que podía pensar era en mis hijos, en qué sería de ellos sin mí y sólo podía rezar porque estuvieran bien, porque esto no los matará o no los hiciera vengativos, sólo deseaba que fueran felices –sonríe de lado–, gracias al cielo eso ocurrió, Estuve un tiempo vagando en una especie de limbo hasta que la diosa Dilett me encontró y me ofreció ser parte de sus sacerdotisas, así que aquí me tiene –se encoge de hombros–. Es una buena vida y sé de una muy buena fuente qué mis hijos viven vidas y las seguirán viviendo por muchos siglos más.
- Lamento mucho lo que pasaste, nadie merece esa clase de vida, y lamentó si aquel hombre pidió mi ayuda para vengarse de ti –jamás se había detenido a pensar a quienes ayudaba, él creía que todos debían ser escuchados.
- No pasa nada, sé que es parte de su trabajo y nada se puede hacer contra eso –se encoge de hombros sonriendo–, lo que sí puede hacer es terminarse su comida –le anima, Kaled asiente, debía admitir que estaba muy bueno–. Cuando termine lo llevaré a dar un paseo, quizás nuestros jardines no sean tan hermosos como los de su palacio pero tienen su encanto –sonríe mirando a la ventana, sus ojos parecían cambiar de color.
- Gracias –dice al terminar la comida, se pone de pie y se limpia con el agua y la palangana que le ofrecieron, en un pequeño espejo nota que su rostro ha mejorado, algo que lo deja muy sorprendido.