Los corredores del castillo ya no tenían forma. El mármol se disolvía en figuras imposibles, las luces se multiplicaban como insectos en la retina de Beltrán. Sentía los músculos contraerse sin permiso, las manos temblar como si respondieran a órdenes que no le pertenecían. La fotografía seguía arrugada en su puño cerrado. Cecil. Simón. Y una sombra que apenas se distinguía detrás. Él. Cuando aún no sabía quién era. Cuando aún era humano. Avanzaba a trompicones, pero con dirección. Había una fuerza dentro de él que lo empujaba, más fuerte que cualquier implante, que cualquier droga. Una necesidad febril: encontrarla. No sabía si quería abrazarla o estrangularla. Su respiración era irregular. Los sensores internos marcaban riesgo cardíaco medio. Pero ya no importaba. Las escaleras

