El castillo de Simón se alzaba como una herida de piedra abierta entre las montañas. Las torres rompían el cielo gris, mientras nubes negras rodaban lentamente sobre sus cúpulas. El aire era frío, demasiado frío para una noche de primavera. Como si algo, allí dentro, enfriara incluso el tiempo. Mila avanzaba entre los muros, enfundada en ropa oscura, los ojos clavados en los planos que Jane le había conseguido. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza irregular, no solo por el riesgo que corría, sino por lo que sabía que la esperaba dentro. Había venido por respuestas. Por Simón. Por el origen del virus que corroía a Cecil. Pero también por Beltrán. Y esa última parte, aunque no lo admitiera en voz alta, era la más peligrosa de todas. Los pasillos del castillo estaban extrañamente v

