Capítulo 4. El monstruo tiene un rostro

1561 Palabras
Sentía el cuerpo pesado mientras un calor inquietante me sofocaba. No quería abrir los ojos, temerosa de lo que podía encontrar me dije a mi misma que no debía ser tonta, tenia que afrontar la realidad y cuanto antes mejor. Así que los abrí. Sentí alivio al saber que me encontraba sola, recostada en un mullido colchón y cubierta por el edredón mas grueso que había visto en mi vida. La incertidumbre de lo que ocurriría conmigo mas adelante era aterradora, aunque eso no cambiaría las cosas, debía averiguar en donde estaba antes de si quiera intentar hacer algo. Quite la gruesa tela encima de mi e intente moverme, no tuve éxito, la mayoría de mis músculos estaban adormecidos, así que solo gire sobre mi hacia la orilla y caí al suelo sin poder evitarlo, el dolor y el frío del suelo termino trayéndome a la realidad. Apoye las palmas de mis manos y empuje hacia arriba, logrando ponerme de rodillas. Creí que lograría ponerme de pie, pero solo termine cayendo de nuevo, aún estaba mareada y demasiado débil. Me sostuve de la cama en la que había estado, esperando a que el efecto del sedante pasara. Hice mi cabeza hacia atrás, viendo el techo sin ningún interés. El mundo giraba y giraba, todo demasiado rápido. Cerré los ojos solo para volverlos a abrir. Alguien estaba hablando al otro lado de la puerta, no era una charla amistosa, mas parecía ser una discusión al borde de la guerra. —¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Acaso estás loco?! —gritó una voz varonil e intimidante. —¡No es de tu incumbencia! —contestó alguien más, con tono potente y grave. —Deshazte de ese error —escuche un suspiro y varios pasos alejándose poco antes de que todo se sumiera en el silencio. Esperé con el corazón en la garganta. Creí que la puerta se abriría en cualquier momento, pero eso no ocurrió. Fui consciente de que no pasaría mucho tiempo antes de que alguien viniera por mi, si intentaba escapar ahora, tal vez habrían mas posibilidades de que lo lograra. Con dificultad gateé hasta la puerta y tome el pomo, me puse de pie y gire la perilla de metal, el asombro de que esta no tuviera llave fue enorme. Asustada empuje la puerta lentamente y asome mi cabeza por la hendidura, no había nadie. Como si fuera un ciervo recién nacido, camine por ese enorme pasillo con ayuda de las paredes, no sabia a dónde me dirigía, pero al menos tenía que intentarlo. —¿A dónde vas? —me gire de inmediato con los ojos bien abiertos. Detrás de mí en el pasillo, una mujer hermosa de piel oliva, ojos verdes aceituna y cabello largo ondulado, me veía esperando por mi respuesta. —Eh, yo... —mi voz temblaba al igual que todo mi cuerpo—. Em... —Tranquila —sonrió amablemente, haciéndome fruncir el ceño—. Vamos, no pueden verte aquí. Sígueme —totalmente confiada en que yo la seguiría, se dio la vuelta y escuche sus tacones avanzar. Me di media vuelta y corrí tambaleante en dirección opuesta, pero antes de poner un pie fuera de ese pasillo tomo mi brazo—. ¿Qué haces? Te meterás en problemas —parecía genuinamente preocupada y eso me ponía la piel de gallina. Me arrastro de nuevo a la habitación y me hizo sentarme en la cama. Me sonrió y se sentó a mi lado, estaba tan nerviosa que sentía un nudo en el estómago. —¿Q-qué vas a hacerme? —no podía dejar de pensar que en cualquier momento me matarían o me harían algo peor. La mirada de la mujer era melancólica, no quería responderme. —Soy Amara —sonrió otra vez, pero yo no confiaba en ella. —¿Qué quieren de mí? —Amara vio a otro lado y suspiro. —No lo sé —iba a contradecirla cuando ella puso una mano sobre mi hombro. La vi con desconfianza y quite su mano de un golpe—. No voy a lastimarte —sentí como mis ojos se humedecían de a poco. —Aléjate de mí —me puse de pie y la vi a través de mis lágrimas. —Esta bien —se aparto de inmediato—. Deberías darte un baño, hace calor y estas sudando —camino hacia un armario y saco algo de ropa. No me vio, tan solo la puso en la orilla de la cama, dio unos pasos hacia la puerta y se detuvo antes de abrirla—. Lo siento. Me quede en el mismo lugar mientras la veía irse. Solo quise desaparecer. Tome aire y vi la puerta del baño. Temblando agarre la toalla y entre, cerrando la puerta detrás de mi con la esperanza de poder ponerle seguro, pero note que la cerradura era simple y no permita ponerle seguro, no pude más que reírme sin ganas. Quien sea que viviera aquí debía confiar en que no podría poner un pie fuera de la casa así que no me darían la oportunidad de encerrarme lejos de su alcance. Cerré los ojos y me apoye en el lavamanos, frente a mi había un espejo que reflejaba mi miserable apariencia. Restregué mi cara sin ser amable, aun me sentía aturdida. Vi fijamente el vidrio, esperando algo, un milagro tal vez. Pero nada sucedió, sólo me di cuenta de que me veía cansada, asustada e indefensa, como si en los últimos días hubiera envejecido años. Hice el sentimentalismo a un lado y con desesperación vi a mi alrededor, no había nada útil, el baño estaba casi vacío. Pensé en romper el espejo y salir con un trozo amenazando a todos, pero estaba segura de que me matarían en seguida. La resignación me golpeó demasiado rápido, ese era mi problema, había vivido resignándome toda mi vida. Y cuando deje de hacerlo, termine aquí. Pase mis dedos por mi cabello, este se sentía pesado y reseco por haber usado jabón en el y aunque antes de que me trajeran acá había tomado una ducha aún sentía el hedor del prostíbulo en mi piel. Corrí la cortina, había lo necesario para un baño decente. —Resignación ¿eh? Me lo jure a mi misma, recordando a Renata decirme que nadie mas seria valiente por mi y tenia razón, esta lucha seria mía y solo mía para pelear. Ganar o perder no importaba, pero seria bajo mis términos. Metí la cabeza bajo la regadera y aunque sentir que el vapor me ahogaba no fue ni de cerca relajante, me sirvió para aclarar mis ideas. Salí rápido y enrolle la toalla en mi cuerpo, abrí la puerta y mi corazón se detuvo. No me había preparado para este momento. Frente a mí, sentado en la cama estaba un hombre con el cabello rubio oscuro, piel clara y unos ojos de color miel cálido clavados sobre mi, provocando que el nudo en mi garganta me estrangulara con fuerza, él incitaba ese tipo de miedo del que no podía huir. Forcé a mis piernas a no temblar, tome con más fuerza la toalla que envolvía mi cuerpo y trague duro. Lo vi pararse, su rostro severo erizaba mi piel. "Él es quien me trajo aquí". Estaba segura. Su mirada estaba perdida, como la de alguien que compraría a una persona solo porque podía. Se acerco paso a paso, como si esperara que en cualquier momento corriera a algún lado, pero la realidad era que apenas era capaz de contener las lágrimas y respirar correctamente . No se detuvo hasta hacerme retroceder y finalmente hacerme caer sobre la taza del baño. Con fuerza me tomo de los brazos para ponerme de pie, pensar me era difícil, todo él estaba demasiado cerca, haciéndome sentir en peligro. Puse una mano entre ambos, pero la aparto sin esfuerzo. Me trague los reclamos y lo vi a los ojos. El pánico me consumió, trate de alejarlo pero simplemente era mas fuerte que yo. —Ahora eres mía —lo vi con odio y aún así no pude decir nada, simplemente le tenía miedo—. Lo serás hasta que decida lo contrario —su voz y sus ojos eran despiadados . Tomo mi barbilla y me hizo acercarme a sus labios—. Espero lo entiendas rápido. De pronto tomo la toalla entre sus manos y de un tirón me sacó del baño. —¡Suéltame! —grité. En un último intento de pelear me moví con brusquedad hasta que sentí la tela de la toalla aflojarse. Me frené de golpe. Mi mundo se congeló cuando sus labios tocaron mi mejilla. —Pelear no te servirá de nada aquí. —No voy a rendirme. —Eso ya lo veremos. El calor de la ira y el asco se acumularon dentro. Y en un segundo, él desapareció. La puerta se cerro a mis espaldas y supe que estaba sola. Aun así no pude mover un solo músculo, mi corazón quería salirse de mi pecho, las piernas me fallaron y caí hincada. Un simple roce había sido suficiente para sentir asco. Frote mi mejilla. No conocía nada de él, no sabia ni su maldito nombre, pero ya podía tener en claro que clase de persona era. Un ruin y asqueroso hombre al que odiaba.
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