Capitulo 5. Coraje hecho de plástico

1602 Palabras
Apresurada, tome la ropa que había en la cama y deslice la tela sobre mi cuerpo, como si eso fuera alguna clase de protección contra el daño que podían hacerme. Pero tenía que ser realista, una blusa holgada y una falda de lona no eran ningún obstáculo. Vi la puerta fijamente y tuve el pensamiento de colocarle el seguro a la puerta, pero recordé que igual al baño, no podía impedir que nadie entrará. No podía hacer nada para mantenerme a salvo. Un pequeño escalofrío recorrió mi espalda, empezaba a sentirme enferma. Mareada, me senté en el suelo con la espalda contra la cama, esperando que sucediera lo peor. Cuando la puerta se abrió de golpe creí que mi corazón se había detenido. —¿Estas bien? —esa mujer no me inspiraba confianza, su teatro de amabilidad y sonrisas era casi enfermo, como si jugará conmigo. La quería lejos. No contesté—. Sé que esto puede ser difícil, pero te acostumbraras. Me levante y la vi con una mezcla de desagrado y enojo. Tenía que estar bromeando. —¿Acostumbrarme? —Has todo lo que pidan y será más fácil. —Escúchame, no se qué quieren de mi, pero te juro que no me voy a sentar y esperar a que me digan que hacer, no voy a agachar la cabeza esperando a que... —Si no te calmas solo harás que te maten—aseguró en un susurro mientras se largaba. Fruncí el ceño. Me rehusaba a que nuestra conversación acabara antes de que ella me dijera algo sobre este lugar. Salí de prisa para alcanzarla, pero ya había desaparecido. Respire hondo y me encerré de nuevo en la habitación. Mire hacia la ventana y consideré lanzarme al exterior a través de ella. Me acerque al vidrio de esta y vi hacia abajo. No, no era una altura a la que sobreviviría solo con un par de rasguños, estaba en un segundo piso al parecer, lo suficiente como para pensar que la distancia entre yo y el suelo me rompería las dos piernas, y a simple vista no había nada a lo que sujetarme para bajar. La pared era plana y lisa por fuera. Estaba tan alterada que por un instante cruzo en mi cabeza la idea de dejar todo a la suerte y caer desde la ventana, pero era muy pronto para iniciar con ideas suicidas. Tenía que salir de ahí con vida. Luego de unos minutos mi corazón dejo de zumbarme en los oídos, perder la tranquilidad no me ayudaría en nada, así que hice a un lado mi preocupación y decidí que me permitiría respirar con calma una sola vez. Inhale y exhale despacio, me quede muy quieta en mi lugar y entonces lo note, al fondo de todo el vacío y silencio, las notas musicales eran apenas perceptibles, en su conjunto eran una melodía suave y lenta que apenas lograba llegar a mi. No estaba segura pero parecía música clásica. No supe por cuanto tiempo el sonido había estado ahí, pero ahora que lo había notado no podía ignorarlo. "La curiosidad son los afilados dientes de lo desconocido". Quería saber de dónde venía ¿Quién mas vivía en esta casa? En un momento pensé en salir de la habitación y al siguiente detuve ese pensamiento. El sonido distintivo del timbre rompió la melodía e hizo que se detuviera. De manera casi ridícula ese simple sonido había llevado normalidad a la macabra situación en la que me encontraba, casi había sentido la familiaridad del sonido que se creaba en el orfanato cada vez que alguien tocaba en la entrada. La costumbre me llevo a salir al pasillo y entonces lo vi, caminando en mi dirección con pasos decididos y semblante sombrío. No tarde en retroceder un par de pasos. Note que detrás de él, una señora ya mayor, con el cabello a punto de convertirse en blanco absoluto y vestida de forma sencilla, lo seguía a pasos apresurados, incapaz de mantener el ritmo. Cuando estuvo frente a mi, se detuvo. —Entra a la habitación. Mi estómago se contrajo y mis músculos decidieron que era buena idea paralizarse del susto. Sus ojos me examinaron por un segundo antes de fruncir el ceño. Se acercó mas de lo que me agradaba y me recordó lo pequeña que yo era en comparación, me obligaba a sentirme indefensa pues sabía que un golpe suyo me enviaría directo al suelo. —Entra —insistió—. No me hagas repetirlo. Negada a moverme él me tomo del brazo y me hizo entrar a la fuerza. Sus ojos miel se fijaron en los míos pero estos luego descendieron lentamente por mi cuerpo hasta detenerse en mis piernas. La vieja mujer nos veía desde el umbral, confundida y expectante de lo que podría pasar. —No te atrevas a salir de aquí —su mirada era severa, no dijo nada más y salió de la habitación cerrando la puerta detrás de él. No habían pasado más que unos segundos cuando los gritos hicieron eco hasta mi. No distinguía lo que decían, pero no era necesario para saber, que la mujer que estaba gritando, había perdido la compostura. Y tal vez ella era mi esperanza para salir de aquí. Mi corazón comenzó a latir con fuerza en el instante en que decidí poner mis dedos sobre el frío metal de la perilla, la abrí y escogí la dirección que creí correcta. Pronto el pasillo se amplió y dejo a la vista un balcón, desde donde podía ver el vestíbulo de la casa. —¡Entiéndeme! Grito una pelirroja que perseguía al mismo hombre que instantes antes me había arrojado dentro de la habitación. Ella lucía desesperada mientras se acercaban a la puerta, debía admitir que era hermosa. Su cabello rojo caía por su espalda hasta su cintura, dibujando hondas naturales bien cuidadas, su piel blanca parecía delicada y de lejos su figura era delgada, pero con curvas en los lugares adecuados, sin duda era el tipo de mujer que cualquiera voltearía a ver. Y eso sólo me hizo dudar de lo que estaba viendo, ¿Qué hacia ella rogándole a un monstruo por un poco de atención? Así que me quede callada, sin ninguna intención de revelar mi presencia. Algo me decía que ella también era peligrosa. —¡Lárgate! no te quiero más en esta casa —¡No puedes hacerme esto! ¡Yo, yo te amo! —Ya lárgate Rubí —dijo escéptico. —¡No me iré hasta que arreglemos las cosas! —No hay nada que arreglar. —Ya escucho al joven, señorita —la anciana mujer intervino—. Retírese. —¡¿Pero quién te crees tú para echarme?! ¡No eres más que una sirvienta! "Oh Dios". La pelirroja perdió la cabeza, su rostro estaba de un rosa encendido, colérica, cuando alzo su mano dispuesta a abofetear a la anciana, pero alguien retuvo su brazo antes de que sucediera. —¡Lárgate! La intensidad de su voz no dejaba lugar a bromas y aunque no podía ver su rostro estaba segura de que esos ojos miel tampoco estaban mostrando amabilidad. La pelirroja pareció percibir el peligro, y con esa amenaza flotando en el aire, se marchó furiosa, azotando la puerta al cerrarla. Yo no estaba entendiendo lo que ocurría, pero él comenzaba a caminar hacia las escaleras y yo no podía quedarme ahí, esperando a que me descubriera. —¿Nana estas bien? Fue lo último que dijo antes de ver hacia arriba, encontrando mis ojos en el camino. Debía correr, así que me escabullí por los pasillos, estaba tan desorientada que no fui capaz encontrar el camino de regreso a la habitación. Estaba por girar en una esquina cuando mi brazo fue jalado con fuerza hacia atrás. —Te ordene no salir. No tuve el valor de verlo a los ojos y enfrentarlo. Mi atención estaba en su mano enroscada alrededor de mi brazo. Tomó mi rostro con una de su manos y lo acerco al suyo. Las lágrimas se acumularon en mis ojos, era tan simple la forma en que el miedo podía dominar todos mis sentidos, nublando mi juicio y llenándome de un coraje hecho de plástico, por que al final del día, deseaba pelear. Y aunque eso hubiera tenido malos resultados antes, no significaba que no pudiera volver a intentarlo. —¡Vete a la mierda! —grite antes de alzar mi mano con rencor, dispuesta a darle un golpe en la cara. Pero no llegue ni siquiera a rozarlo. Su mano se había estrellado contra mi mejilla primero, casi no había dolido, pero de la impresión perdí el equilibrio y caí. En las horas que llevaba en ese lugar, probablemente no había sido realmente consciente de mi posición, de lo frágil que mi vida era dentro de esas paredes. El silencio me hizo ver la realidad. Lo vi a los ojos, dentro de su mirada fría y calculadora se encontraba algo que era aterrador, justo en lo profundo de su pupila, estaba la maldad riéndose de mi. Lleve mi mano a la mejilla golpeada, estaba aterrada y demasiado sorprendida. —Te quiero fuera de mi vista —de la impresión me había quedado inmóvil—. ¡Ahora! Me puse de pie casi de inmediato y corrí, estaba casi agradecida de que una simple cachetada había sido todo lo que me había hecho, sabía que ese hombre podía ser capaz de todo. Sin promesas de tener un futuro, corrí entre los pasillos pensando que nunca estaría lo suficientemente lejos de él.
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