Capitulo I : Primera mirada .
Ser un ser supremo, pude ser la más grande tentación para cualquier ser; vivir al límite, al extremo, sin miedo, sin el temor constante a qué podemos estar viviendo nuestro último día– saber que ese último aliento no llegara jamás– saberte un ser superior en la humanidad, la punta de una pirámide de fuerza, dándote la superioridad.
Increíblemente tentador... una belleza incomparable, perder la capacidad de temer, convirtiéndote en un amante de la noche; todo eso y más, parece una vida perfecta. Pero nadie sabe el dolor que acarrea la inmortalidad, porque así como te colma de, lo que piensas son, bendiciones acarrea una gran desgracia.
Saberte detenido en el tiempo, estancado mientras ves la vida pasar a tu alrededor... tener eterna juventud puede no ser tan agradable cuando debes vivir la vida una y otra vez porque no avanzas, te extancas; tu ser queda suspendido en ese momento en el que tú vida cambio, siendo así tú permanente recordatorio de que ya no eres lo que solías ser.
Recordándote que hace mucho tiempo tu corazón dejo de latir vivo, para latir llevando por tu ser un cruel veneno que te congela la sangre, que mata a su paso cada célula de tu cuerpo, cambiándote, mutandote; convirtiéndote en un monstruo oculto bajo una máscara de ser perfecto, irresistible.
Ver la vida pasar ante tus ojos, ver cómo las personas que te rodean crecen, se superan, forman familia y envejecen; ver al ser amado perecer con el paso del tiempo mientras tú sigues teniendo la apariencia de un joven; fuerte y apuesto, pero incapaz de sentir, incapaz de amar, incapaz de entregarse sin lastimar al ser amado.
En ese punto la vida comienza a parecerte frágil, insulsa, algo tan delicado como el cristal, que si es mal manipulado puede romperse en mil pedazos; caer en millones de astillas que jamás podría volver a unirse.
La vida puede cambiar, sumergiendose en una terrible oscuridad, convirtiendo el color vivo de los ojos en un color manchado de sangre, brillante, aterrador casi imposible de cambiar; indicándole a quien te rodea que eras algo más que un ser vivo; que te has convertido en un ser tan aterrador como atrayente.
Porque así somos... aquellos demonios atrapados en el umbral de la vida y la muerte, aquellos seres malditos que no estamos muertos pero tampoco vivimos, aquellos que nuestro corazón no late para colorear nuestras mejillas sino para recordar que nacimos siendo diferente, siendo monstruos a los que se les debería temer pero a los que nuestra presa se acerca, fascinado por la belleza inmortal, peligrosa.
Cada célula del cuerpo grita peligro cuando estamos cerca, pero así también cada neurona parece dejar de funcionar, quedando totalmente prendidos de nuestro encantó, callendo en nuestras redes casi sin darse cuenta, sin percatarse que es el final hasta que es demasiado tarde; hasta que la vida perece en nuestros brazos, bajo las fauces de nuestros colmillo– filosos, peligrosos como armas mortales– capaces de perturbar la perfección de la piel, perforandola hasta robar aquella magia vital que corre por las venas; hasta saborear el néctar de la vida, teñido de rojo, intenso, deslumbrante.
Con el paso del tiempo la vida va perdiendo sentido, cuando te cansas de vivir lo mismo una y otra vez; cuando ves morir a las personas que más amas. Cuando tú vida termina y comienza mil veces y no por tu muerte, sino porque las personas que te rodean dejan de existir, todo a tu alrededor comienza a cambiar, constante e inevitablemente.
Un vacío comienza a instalarse en el pecho, cuando la existencia pierde sentido; cuando te sientes perdido y atrapado en el tiempo, cuando la inmortalidad deja de ser tan atractiva, tan perfecta ; tan atrayente... y todo se torna aburrido, agobiante, deprimente.
Dejas de ver la belleza de la vida para comenzar ver mas allá, para conocer esos significados ocultos que jamás conocemos, que jamás entendemos; porque estamos tan ocupados pensando en el mañana que dejamos de vivir el hoy.
Artur D'Arcy conocía muy bien ese sentimiento, día a día era consumido por las llamas de la soledad; el paso del tiempo había comenzado a parecerle indiferente, ¿Cuántos años había vivido ya ? años era poco decir, siglos, milenios, ¿Que edad tenía ya?.
21 años, bueno al menos en apariencia, porque en años de vida tenía muchos más; demasiados años más, había nacido en aquella época antigua, dónde los hombres cortejaban a las mujeres; daban ofrendas a las familias a cambio de la hermosa jovencita elegida, cuando los caballos y carruajes eran el principal medio de transporte.
Los tiempos comenzaban a cambiar, hasta cierto punto, aún las familias eran muy conservadoras, las mujeres seguían usando esos hermosos vestidos vaporosos, los hombres siempre iban elegantes, las familias luchaban por arreglar matrimonios dignos para sus hijos, las familias acaudaladas aún dominaban el mundo. Cómo en su época, aunque al menos ya existía el primer auto y al vida se comenzaba a hacer un poco más llevadera.
Él había llegado al mundo hace alrededor de 300 años, m*****o de una de las familias más importante de la época; galante, con un gran futuro; pero su familia había sido víctima de una gran maldición que los había transformado en seres crueles perteneciente a la noche, a la oscuridad.
Los años habían pasado sin tregua, el tiempo no se había tenido pero para él era como si lo hubiera hecho; cuando se miraba en el espejo aún podía ver ese rostro joven, hermoso, deslumbrante; su cabello castaño, su piel pálida, y sus aterradores ojos. Al principio se teñían de rojo, cuando esa maldición comenzó, con el paso de los años se habían transformado en un hermoso y peculiar color dorado, casi perfecto, extraño pero al menos podía pasar desapercibido entre el resto de la sociedad.
Su vida se había tornado aburrida y sin sentido, ya se había cansado de su vida de excesos, de alcohol, de mujeres, de fiestas; todo lo que su belleza e inmortalidad le había permitido experimentar, pero ahora todo había perdido sentido, nada le entretenía como antes, sentía que no podía forzar vínculos... no debía. Sabía que al final del día solo quedaría un vacío en su corazón si es que podía denominarlo de esa manera, ya mi siquiera estaba seguro de lo que era, solo sabía que todo a su alrededor se marchitaba con el paso de los años, dejandolo atrás, condenado al olvido; condenado a tener que comenzar de nuevo con el paso de las lunas.
Pero sin saberlo su vida estaba muy cerca de cambiar, por solo una mirada, proveniente de un ser al que nunca imagino conocer, un ser de mejillas coloradas, con un corazón latiente, llena de vida.
La familia Benett: una de las familias más influyente de la época. El año 1.900 una familia acaudelada, que se esforzaba por dejar a sus hijas en los mejores matrimonios, comprometiendolas desde que eran solo unas niñas.
20 de Septiembre de 1.900, una noche peculiar, fría y con una hermosa luna roja adornando los cielos. Luna Roja, luna de sangre, un símbolo maldito que se apoderaban de los cielos una vez cada muchos años.
Esa noche la menor de la familia Benett llegó al mundo, hecho que le pareció curioso a Artur D'Arcy, una pequeña e inocente bebita nació en la peor noche del año. Debía verla, debía conocer a la nueva integrante del mundo.
Muy pocas personas se encontraban en las calles, la noche estaba avanzada; además que el miedo y la inseguridad se apoderaban de los habitantes del lugar, una época llena de prejuicios, con fenómenos que parecían imposibles de explicar.
Artur caminaba por las calles, tranquilamente, sin miedo, ¿que monstruo podría encontrarse en medio de la oscuridad de la noche? dudaba que existiera alguno peor que él mismo, ser sediento de sangre, anhelando consumir la vida de las personas a su alrededor; que fácil sería tomar a una víctima, encajar sus afilados colmillos en su piel y robarle la vida lentamente, tan fácil que resultaba aburrió.
Rumores... los rumores recorrían las calles, podía escuchar todo los que los labios ajenos estaban musitando a su alrededor, uno de sus tantos dones brindados por la perfecta inmortalidad.
La nueva señorita Benett ya estaba en boca de todos, la menor de 7 hermanas y un hermano... la hija número nueve de la acaudelada familia, decían que se trataba de una hermosa flor destinada a marchitarse con rapidez, por haber nacido en una noche maldita.
Pueblo supersticioso ... fueron las palabras que cruzaron su mente ante las habladurías, había vivido lo suficiente cómo para conocer como el miedo podía romper los límites de la cordura; como el terror a lo desconocido era auto alimentado por las creencias populares, por mitos creados por la compleja mente humana.
Debía asistir a la casa de la familia Benett y conocer a esa bebita de la que todos estaban hablando, parecía ser una niñita rodeada por el enigma.
Espero pacientemente que las calles se sumergieran en la completa soledad, la luna estaba llena, en su máximo punto de esplendor, perfecta, incluso con su hermoso color rojo brillante, cómo la sangre que corre por las venas de un ser vivo.
La casa Benett era grande y hermosa, Artur la rodeo a paso lento, buscando ubicar la habitación destinada al nuevo m*****o de la familia... había una tenue luz iluminado una de las habitaciones del segundo piso, sonrió de lado, los padres son tan predecibles; suelen dejar una tenue luz como si esa acción mantendría protegido al infante, ciertamente una acción ridícula a su parecer.
De un leve salto llegó hasta la ventana seleccionada, una de sus tantas habilidades como ser inmortal, se mantuvo suspendido en el aire, observando por la ventana, pudo notar la hermosa cuna en el medio de la habitación, decorada con colores rosas y blanco pastel, perfecto para una linda bebé recién nacida.
Con un leve movimiento de sus dedos la ventana se abrió sin tocarla, gracias a su poder de telequinesis que tanto le había costado dominar, se quedó de pie en el balcón unos segundos; aclarando sus pensamientos... asegurándose que era una buena decisión, que lo que hacía era lo que realmente quería hacer.
Atravesó el umbral del balcón, a paso calmado, adentrándose en la habitación de la pequeña; observo todo a su alrededor, mucha ternura, color rosa salpicando todo el lugar, muchos animalitos de peluches; demasiada ternura en un solo lugar peculiar y contra puesto a él que se consideraba un ser oscuro y sin sentimientos.
Se acercó a la cuna, no tenía ninguna intensión de hacerle daño, respiro , no porque sus pulmones necesitaran llenarse de aire, sino como un acto reflejo, algo que se había acostumbrado a hacer para parecer un ser vivo normal, que necesitaba del oxígeno para vivir.
Sintió su garganta quemar, el aroma de la pequeña bebé era delicioso, atrayente, magnético de una forma inexplicable, ¿como un ser tan pequeño podía tener una escencia tan intensa?, ¿tan magnífica?, increíble.
Observo el pequeño bulto rosa recostado en la cuna, demasiados cobertores para un ser tan diminuto, ¿Acaso los padres estaban dementes? a ese paso terminarían ahogando a esa criatura entre mantas y sabanas, desesperante.
Apartó los cobertores que casi ahogaban a la pequeña, después de eso la observo durante largos minutos, tan hermosa, perfecta. Su piel era muy blanca, casi parecía pálida como la suya; extendió su mano hasta rozar sus dedos con el rostro de la pequeña, él de temperatura tan helada y esa pequeña tan cálida, podía sentir el calor irradiar de sus mejillas.
¿Acaso existía un ser más perfecto que esa pequeña criatura? realmente podía ponerlo en duda, había vivido muchos años más de los que debería; había recorrido el mundo, conocido cosas que los demás ni siquiera podían soñar en conocer y esa bebé era Absolutamente perfecta.
La contempló más de lo debido, largos minutos, desearía que el tiempo se detuviera, que ese momento fuera eterno; la detallo de tal manera que cada detalle de ese delicado rostro de bebe quedará grabado en su memoria.
—Eres perfecta pequeña— susurro para la pequeña bebé, quien lo miraba fijamente ¿como era posible que una pequeña recién dada a luz pudiera enfocar la mirada de esa manera? increíble.
Y en el momento en que sus ojos se fijaron en los de la pequeña Artur sintió que su mundo se derrumbó con esa simple mirada, para luego volver a edificarse en torno a ella... convirtiéndola en el centro de su universo, cambiando el rumbo de su vida, dándole un nuevo sentido a su existencia.
Ahora sentía que su vida hasta el momento había Sido un completo asco, que había llevado una vida sin sentido, sin objetivo, sin visión. Ahora todo cobraba una nueva dirección, había nacido para cuidar de esa pequeña niña que acaba de nacer, ¿ese era su destino? ahora todo cobraba sentido... ahora incluso esa terrible maldición que acarreaba le comenzaba a parecer algo bueno, gracias a eso había vivido lo suficiente para conocerla.
Quizás ese era su propósito, su destino, vivir lo suficiente para conocerla, para verla crecer, para cuidar de ella; para poner el mundo a sus pies, para mostrarle un mundo inimaginable, colmado de fantasía, de magia, un mundo sobre natural incomprensible para la frágil mente humana.
Cerro los ojos unos segundos, antes de llevar las manos hasta su propio cuello y retirar aquel viejo medallón de oro que colgaba de él, aquel con el símbolo de su familia y dejarlo colgado en el móvil que colgaba de la cuna de la pequeña.
— Cuidare de ti, cada día de tu vida, cada segundo de mi inmortalidad...— no sabía porque pero esa niña le parecía especial, un ser extraordinario, digna representante de un ser increíble, destinado a vivir grandes cosas.
Artur escucho pasos dirigiendose escaleras arriba, hacía la habitación de la pequeña, "Veré como está la pequeña Alison". Escucho, rápidamente salió de la habitación, desapareciendo con su velocidad superior, mientras en su mente se repetía una y otra vez el nombre de la pequeña.
Alison Benett ... la Pequeña y frágil humana que estaba destinada a cambiar su vida.