Me despierto gracias a una de mis enfermeras, la que se fue para ayudar a alguien más cuando mis contracciones se sentían como calambres menstruales. Ella me da una gran sonrisa y yo le sonrío de vuelta, pero los recuerdos se precipitan en mi cerebro y me siento en la cama de un salto, gimo de dolor. Ni debí haber hecho eso, pero no me importa. Ella, con una fuerza bastante impresionante, me obliga a recostarme en la cama. Puede ser eso, o que yo este súper débil. —¿Dónde está mi hija? —Le pregunto, en pánico, ya nació y no la he visto. La enfermera se hace a un lado y detrás de ella, veo a Gian, con la pequeña Aviana en sus brazos. El pánico en mi pecho se ralentiza cuando lo veo acercarse a mí. Mi boca se abre, no por la sorpresa, sino por la necesidad de abrazarla, verla, tocarla y bes
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