Tandoori se pavonea por el corral, con el pecho hinchado como un pez globo en alerta máxima. Sus enormes garras arañan el suelo y en una clara muestra de dominio, eriza las plumas. Es como un pavo real alardeando de sus plumas, pero sin elegancia ni colores brillantes. Las otras gallinas parecen deslumbradas, sus ojos siguen todos sus movimientos, pero lo único que yo siento es una sensación de fatalidad inminente. Tandoori, con una arrogancia que avergonzaría a John Travolta, se dirige hacia mí. Sus ojos saltones no se apartan de los míos, lo que hace que se me ericen las plumas. Intenta darme un ligero picotazo, pero yo me desvío para evitar sus avances. Durante el resto del día, la atención de Tandoori hacia mí se hace más evidente. Me sigue a todas partes, picotea los mismos grano

