El sol de la mañana baña el corral con una luz cálida y dorada, anunciando el amanecer de un nuevo día. El aire se llena de expectación. Mis plumas se erizan de emoción mientras observo a Tandoori, que, ajeno a nuestros planes, picotea algunos granos. Crispy y Satay, que se han autoproclamado cerebros de la operación, han ideado un plan para nuestra huida. El plan consiste en que yo, el encantador de gallos residente distraiga a Tandoori mientras ellos cavan un túnel bajo el cerco. Respiro hondo, me armo de todo el valor que puede tener un pollo y me acerco a Tandoori. Inflo el pecho, esponjo las plumas y empiezo a cacarear con el tono más seductor que puedo. Es como un espectáculo burlesco, pero sin lentejuelas ni música de jazz. Para mi sorpresa y ligero horror, Tandoori parece morder

