Eros -¡Maldita sea!- gruñí suavemente mientras intento contenerme de no tocarla, daría cualquier cosa por recorrer esa piel cremosa de su espalda con la yema de mis dedos y estoy completamente seguro que su cuerpo reaccionaría a mi tacto erizándose y calentándose a medida que la vaya tocando. Terminaría completamente sonrojada y excitada como lo estoy yo en este momento y también sé que si comenzara a tocarla sería imposible poder detenerme. La deseo tanto que me cuesta horrores estar tan cerca y no poder tomarla en mis brazos, besarla y hacerla mía, hasta que perdamos el sentido juntos. Porque es mía, y siempre será mía mientras yo siga con vida, aunque me haya rechazado de la forma que lo hizo en su despacho y que haya pasado durante toda la reunión que tuvo con ese maldito turco re

