El precio del silencio.
A veces me descubro atrapada en una sola pregunta:
¿qué hubiese pasado si…?
Si no hubiese escuchado detrás de una puerta cerrada.
Si no hubiese sido obediente.
Si el amor no se hubiese negociado como una cifra más en una cuenta bancaria.
Me llamo Ella Mari Solano Acosta. Tengo veintiún años y pertenezco a una familia que, desde fuera, parece tenerlo todo. Mi padre, Mario Javier Solano, es un empresario reconocido. Mi madre, Elizabeth Acosta, siempre ha sido sinónimo de elegancia y control. Nada se le escapa. Nada se le desarma… o eso creí durante años.
Tengo un hermano mayor, Javier, que lleva el mismo nombre de mi padre. Me lleva cuatro años y es exactamente lo que se espera de él: atractivo, seguro, encantador. De esos hombres que caminan por la vida sin preguntarse si caerán, porque nunca lo han hecho.
Yo estoy en mi habitación.
Mi enorme habitación.
Una cama king que casi nunca siento mía. Un tocador hecho a medida. Un clóset repleto de ropa de diseñador que no elegí con el corazón. Un baño con una bañera tan grande que podría ahogarme en ella sin que nadie lo note. Todo es lujo. Todo es exceso. Y, aun así, a veces siento que me falta el aire.
Estoy sentada en la orilla de la cama cuando escucho voces. No debería prestar atención, pero algo en el tono me alerta. Me acerco a la puerta sin hacer ruido.
—Mario Javier Solano, dime que no es verdad lo que estoy escuchando —dice mi madre, con una voz tensa, rota—. ¿Cómo que estamos en quiebra?
Mi corazón se acelera.
—Es verdad, amor —responde mi padre—. Hice malas inversiones. No me fue nada bien.
—No… no puede ser —susurra ella—. Dime que es mentira.
—Ojalá pudiera, Elizabeth, pero no lo es. Si no inyecto capital pronto, lo perderemos todo.
Siento un vacío en el estómago.
—¿Y el banco? ¿No puedes pedir dinero prestado?
—Estoy atrasado con varios pagos. Si no pago en treinta días, nos embargarán todo.
El silencio que sigue es tan pesado que duele.
—Dios mío, Mario… ¿y qué vamos a hacer?
—Hay una solución.
Contengo la respiración.
—¿Qué solución?
—Que nuestro hijo se case con Carmen Solís Santoro.
Mi madre estalla.
—¡¿Cómo te atreves?! Mi niño no se casará con ese adefesio.
—¡Elizabeth! Es una mujer, por Dios.
—¡Pero es fea! Muy fea. Mi hijo no va a sufrir semejante tortura. Me niego rotundamente.
—Entonces iremos directo a la bancarrota.
Escucho una silla moverse. Pasos. Mi madre se acerca a él.
—Amor… —dice más calmada—. Tengo una mejor solución.
—¿Cuál?
—¿Por qué no casamos a Ella con Alejandro Solís Santoro?
Mi nombre atraviesa la pared y se clava en mí.
—¿Qué estás diciendo?
—Alejandro es guapo —continúa—. Y he notado cómo mira a nuestra pequeña. Creo que a Ella también le gusta.
—¿Estás segura de eso?
—Sí. Solo tú no te das cuenta. Ellos se gustan.
Siento que el mundo se inclina.
—Los Solís Santoro podrían inyectar capital a nuestra empresa a cambio de un matrimonio entre nuestros hijos —concluye ella.
—Hablaré con ellos —dice mi padre.
Me alejo de la puerta con cuidado.
No lloro.
No grito.
No corro.
Solo entiendo algo con una claridad cruel:
mi vida acaba de ser negociada.
No como hija.
No como mujer.
Sino como una solución.
Y lo peor no es que estén decidiendo por mí…
lo peor es que, en algún rincón de mi pecho, una parte de mí se pregunta qué hubiese pasado si el amor no hubiera tenido precio.