Un año atrás.

904 Palabras
Alejandro supo que algo iba mal desde que entró a la casa y no escuchó música. La sala estaba llena de cajas blancas apiladas contra la pared. Cajas de recuerdos. Cajas de un futuro que ya no iba a ocurrir. —¿Carmen? —llamó, dejando las llaves sobre la mesa. No hubo respuesta. Subió las escaleras despacio, con una presión rara en el pecho, esa que aparece antes de las noticias que uno no quiere escuchar. La encontró sentada en la orilla de la cama, todavía con el vestido colgado frente a ella. Blanco. Impecable. Intacto. Demasiado intacto. —¿Qué pasó? —preguntó, aunque ya lo sabía. Carmen levantó la vista. Tenía los ojos hinchados, la piel pálida, como si hubiera llorado hasta quedarse sin lágrimas. —Javier canceló la boda. Alejandro sintió que algo se rompía dentro de él. —¿Cómo que canceló? —dio un paso al frente—. ¿Qué quieres decir con canceló? Carmen soltó una risa breve, amarga. —Eso. Canceló. Dijo que no estaba listo. La frase quedó suspendida en el aire, liviana, cruel. —¿No está listo? —repitió Alejandro, incrédulo—. ¿A una semana de la boda? Ella asintió despacio. —No gritó. No discutió. Ni siquiera parecía nervioso —dijo—. Me miró como si hablara de cambiar una cita… y se fue. Alejandro cerró los puños. Recordó a Javier sonriendo en las cenas familiares, prometiendo cuidar a Carmen, hablando de hijos, de casas, de futuro. Recordó cómo ella lo miraba, como si él fuera el centro de su mundo. —¿Y tú qué hiciste? —preguntó, aunque temía la respuesta. —Nada —susurró Carmen—. Me quedé ahí… esperando a que volviera y dijera que era una broma. Su voz se quebró. —Pero no volvió. Alejandro se sentó frente a ella y tomó sus manos. Estaban frías. —Esto no es culpa tuya —dijo con firmeza—. Escúchame bien: no es culpa tuya. Carmen negó con la cabeza. —Le di todo, Ale. Todo. ¿Y sabes qué es lo peor? —levantó la mirada, los ojos llenos de vergüenza—. Que todavía lo amo. Eso fue lo que terminó de encender algo oscuro en él. Porque no era solo una boda cancelada. Era una promesa rota. Era su hermana hecha pedazos. Desde ese día, Alejandro decidió algo sin decirlo en voz alta: Javier nunca iba a ser perdonado. No por orgullo. No por venganza. Sino porque había dejado una herida que Alejandro tendría que ayudar a cerrar… mientras cargaba con una rabia que no sabía dónde poner. Un año después, esa rabia seguiría viva. Silenciosa. Esperando. Alejandro supo que algo iba mal desde que entró a la casa y no escuchó música. La sala estaba llena de cajas blancas apiladas contra la pared. Cajas de recuerdos. Cajas de un futuro que ya no iba a ocurrir. —¿Carmen? —llamó, dejando las llaves sobre la mesa. No hubo respuesta. Subió las escaleras despacio, con una presión rara en el pecho, esa que aparece antes de las noticias que uno no quiere escuchar. La encontró sentada en la orilla de la cama, todavía con el vestido colgado frente a ella. Blanco. Impecable. Intacto. Demasiado intacto. —¿Qué pasó? —preguntó, aunque ya lo sabía. Carmen levantó la vista. Tenía los ojos hinchados, la piel pálida, como si hubiera llorado hasta quedarse sin lágrimas. —Javier canceló la boda. Alejandro sintió que algo se rompía dentro de él. —¿Cómo que canceló? —dio un paso al frente—. ¿Qué quieres decir con canceló? Carmen soltó una risa breve, amarga. —Eso. Canceló. Dijo que no estaba listo. La frase quedó suspendida en el aire, liviana, cruel. —¿No está listo? —repitió Alejandro, incrédulo—. ¿A una semana de la boda? Ella asintió despacio. —No gritó. No discutió. Ni siquiera parecía nervioso —dijo—. Me miró como si hablara de cambiar una cita… y se fue. Alejandro cerró los puños. Recordó a Javier sonriendo en las cenas familiares, prometiendo cuidar a Carmen, hablando de hijos, de casas, de futuro. Recordó cómo ella lo miraba, como si él fuera el centro de su mundo. —¿Y tú qué hiciste? —preguntó, aunque temía la respuesta. —Nada —susurró Carmen—. Me quedé ahí… esperando a que volviera y dijera que era una broma. Su voz se quebró. —Pero no volvió. Alejandro se sentó frente a ella y tomó sus manos. Estaban frías. —Esto no es culpa tuya —dijo con firmeza—. Escúchame bien: no es culpa tuya. Carmen negó con la cabeza. —Le di todo, Ale. Todo. ¿Y sabes qué es lo peor? —levantó la mirada, los ojos llenos de vergüenza—. Que todavía lo amo. Eso fue lo que terminó de encender algo oscuro en él. Porque no era solo una boda cancelada. Era una promesa rota. Era su hermana hecha pedazos. Desde ese día, Alejandro decidió algo sin decirlo en voz alta: Javier nunca iba a ser perdonado. No por orgullo. No por venganza. Sino porque había dejado una herida que Alejandro tendría que ayudar a cerrar… mientras cargaba con una rabia que no sabía dónde poner. Un año después, esa rabia seguiría viva. Silenciosa. Esperando.
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