Cuando el asombro se vuelve promesa.

1003 Palabras
Aún no salgo de mi asombro. No puede ser verdad. Alejandro Solís Santoro está interesado en mí. Ha pasado más de una semana desde aquella conversación que escuché entre mis padres y sigo igual: una tonta suspirando por él, imaginándolo, repitiendo su nombre en silencio como si al hacerlo pudiera traerlo hasta mí. Alejandro… Cierro los ojos y, sin querer, vuelvo a la primera vez que lo vi. Fue en la fiesta de compromiso de su hermana Carmen. Aún recuerdo con claridad el instante exacto en que entró al salón. Vestía un traje n***o hecho a medida, elegante, impecable. Su cabello estaba perfectamente peinado y, aun así, el traje no lograba ocultar lo bien trabajado que estaba su cuerpo. Me quedé boba. Literalmente. Mi hermano se acercó para presentarnos y, cuando levanté la mirada, me encontré con sus ojos… verdes, color esmeralda. Sentí que algo dentro de mí se detenía. —Dios… este hombre es un pecado —me dije a mí misma. Intercambiamos apenas unas palabras. Una sonrisa. Un saludo educado. Y luego nada más. Cuando se alejó, sentí un vacío extraño, como si algo mío se hubiera ido con cada uno de sus pasos. Fue absurdo. Exagerado. Pero real. Después, la boda se canceló. Ellos se fueron del país durante unos meses. Y cuando regresaron… Carmen se quedó en Londres. ⸻ ∆ Oficina de los Solano Acosta ∆ —Buenos días, Estela. ¿Puedes informarle al señor Solano que ya llegué? —Puede pasar, señor. Él lo está esperando. —Alexander Santoro —dijo mi padre, poniéndose de pie—. ¿Cómo estás? —Bien… y tú no tan bien como quisieras, ¿verdad? —Lo imaginaste bien —suspiró—. Me sorprendió que me llamaras después de nuestra última conversación. No pensé que volverías a buscarme. —Hablé con mi hijo —respondió Alexander—. Y me dio una idea para ayudarte. —¿Es en serio? —preguntó mi padre, incrédulo. —Sí. Aunque no sé si estarás de acuerdo. —Dímela. —Acepto inyectar capital a tu empresa y pagar la deuda con el banco… a cambio de dos cosas. —Te escucho. —La primera: el 55 % de la empresa. —¿El cincuenta y cinco por ciento? ¡Eso es demasiado! Tendrías más participación que yo. —Exactamente. Seríamos socios. —¿Y la segunda condición? —Que tu hija se case con mi hijo. —¿Estás bromeando? —No. Mi hijo está interesado en Ella. Y creo que ella también siente algo por él. —Bueno… —admitió mi padre— en eso no te equivocas. —Si se casan, seremos familia. Tus negocios serán mis negocios. —Está bien —asintió finalmente—. Hablaré con mi hija. —Perfecto. Mientras tanto, hablaré con mi abogado para preparar los documentos. ⸻ —Hola, hija —dijo papá esa misma noche—. ¿Cómo estás? —Bien, papá. ¿Pasa algo? —Necesito preguntarte algo. Tragué saliva. —Alejandro Solís Santoro… Solo escuchar su nombre hizo que me pusiera pálida. No sabía si era emoción o miedo. Fingí desinterés. —¿Qué pasa con él? —Su padre me dijo que Alejandro quiere casarse contigo a cambio de ayudarme con mis deudas. El corazón me latía con fuerza. —¿Él lo pidió… o solo me estás usando para pagar? —pregunté, decidida, aunque temblando por dentro. —No, amor. Él lo pidió. No tendría por qué mentirte. Suspiré aliviada. ⸻ La noche del compromiso —¿Estás lista? —preguntó mamá. —Sí… ¿cómo me veo? —Hermosa. No puedo creer que te vayas a comprometer. Estoy tan feliz por ti. —Gracias, mamá. Cuando bajé las escaleras… Casi me da un infarto. Alejandro estaba allí, esperándome. Vestía un traje azul lino hecho a medida. Su cabello perfectamente arreglado. Cuando me miró, sentí que el mundo desaparecía. —Estás hermosa —susurró, dándome un beso en la mejilla. Sus labios cálidos me dejaron sin aliento. —Gracias… tú también —respondí, llevándome la mano al lugar donde segundos antes había sentido su boca. Durante la cena, Alejandro no dejó de mirarme. Su mirada era intensa, profunda. Me hacía sentir nerviosa… y viva. Dios, Ella, ¿qué estás pensando? —La boda será en una semana —anunció alguien—. —¿Estás de acuerdo, Ella? —¿Ella? —¡Ella! —¿Qué? —¿Estás de acuerdo en que la boda sea en una semana? —¿Tan rápido? —¿No quieres casarte conmigo? —preguntó Alejandro. —No es eso… solo no lo esperaba tan pronto. —Si prefieres, tú eliges la fecha. —No… una semana está bien. Brindaron. Aplaudieron. Yo pedí permiso y salí al jardín. Me voy a casar con el amor de mi vida, pensé, sonriendo sola bajo la luna. ⸻ Alejandro Cuando Ella salió, no pude quedarme sentado. Me levanté y la seguí. Estaba de espaldas, iluminada por la luz de la luna. Hermosa. Su sonrisa… esa sonrisa que me desarma. Dios, Alejandro, ¿qué estás pensando? Es tu enemiga. Quise abrazarla, pero me contuve. —¿Te puedo hacer compañía? —Claro —respondió, sorprendida. —¿Cómo te sientes con todo esto? —pregunté—. No parecías muy feliz. —No me malinterpretes… es solo que casi no nos conocemos. No sé por qué quieres casarte conmigo. —Porque te amo —dije—. ¿No te has dado cuenta? Se quedó en silencio. —Sé que esto no es lo normal —continué—. Primero se sale, luego se es novios… pero no supe cómo acercarme a ti. Sonará tonto, pero tú me vuelves tonto. —No pareces un hombre que se intimide fácilmente —dijo al fin. —No eres cualquier mujer. Cualquiera se intimidaría contigo. Se sonrojó. Y fue demasiado. No pude contenerme. La besé. Y en ese instante supe que, pasara lo que pasara… ya nada sería igual.
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