Emely. Mi mente divagaba constantemente desde el día en que la certeza de mi embarazo me golpeó, junto con la evidencia irrefutable de que Rafael no era el padre del bebé que llevaba en mi vientre. Luchaba por recordar más detalles: el rostro de mis esposos, el nombre del hombre que iba conmigo en el coche. Me preguntaba, con una punzada de angustia, qué había sido de él. ¿Estaría vivo, o ese terrible accidente había segado su vida? —¡Emely! Te estoy hablando. ¡Concéntrate! —La voz enojada de Rafael me trajo de vuelta a la lúgubre realidad. —Lo... lo siento, amor. Estaba absorta pensando en nuestro hijo —dije, mirando sus ojos con una falsa dulzura. Su rostro, tenso por la frustración, se relajó de inmediato, reemplazado por una sonrisa complacida. —¿Estás emocionada? —Me levantó del s

