Emely. Abrí los ojos con una pesadez abrumadora. Me sentía débil, y un dolor punzante latía en mi cabeza. Traté de ordenar mis pensamientos, pero todo era una densa niebla. No recordaba nada de lo que había sucedido, ni cómo había llegado a ese lugar. Con lentitud y esfuerzo, me incorporé en la cama. Un gemido de dolor escapó de mis labios. —¿Qué me pasa? —Observé el entorno. Estaba en una habitación hermosa, decorada con un lujo ostentoso y clásico, con cortinas pesadas y muebles de madera oscura. —Por fin has despertado. Llevábamos horas esperando —dijo una voz grave. Un hombre robusto, de mediana edad, con cabello entrecano y una mirada intensa, entró en la habitación. Lo miré con total extrañeza, sin reconocerlo en absoluto. —¿Quién es usted? ¿Y dónde estoy? —Tomé las almohadas, c

