—Es hora de irnos —le dije a Sitney antes de salir. —Un minuto —respondió, apenas prestándome atención. Asentí. —Te espero afuera. Caminé hasta la salida y crucé los brazos al sentir el viento colarse por mi abrigo ligero. El frío de la madrugada me golpeó como una advertencia. La noche neoyorquina en los suburbios tenía un aire distinto a la del centro de la ciudad. Aquí, las calles estaban más silenciosas, con el eco de autos lejanos y el zumbido de las luces de neón que parpadeaban en la entrada del club. Una brisa helada arrastraba el olor a asfalto húmedo, nicotina y un vago rastro de perfume mezclado con alcohol. Exhalé y vi mi aliento disiparse en el aire. Eran casi las cuatro de la madrugada. Teníamos clases en unas horas, así que, si quería sobrevivir al día, necesitaba al me

