Cuando llegamos a casa, lo primero que hizo Sitney fue meterse a la ducha. Apenas salió, aún con el cabello húmedo, se dejó caer en la cama y se quedó dormida al instante, como si el cansancio la hubiera vencido por completo. Yo, por mi parte, me quedé un rato más despierta, acomodando mi pijama mientras los bostezos escapaban de mis labios sin que pudiera evitarlo. El agotamiento ya pesaba sobre mis hombros, y la noche avanzaba; debía ser alrededor de las cinco y algo. Suspiré, incapaz de evitar que mi mente volviera a la rubia. Algo en mi interior me decía que no debía dejar que siguiera hurgando donde no debía. No solo yo podía salir perjudicada con esto, también mi hermano y Sitney. No podía permitirme cometer errores. Aun así, no dejaría que unas simples palabras me doblegaran. Pas
Escanee el código QR para descargar y leer innumerables historias gratis y libros actualizados a diario


