Capítulo 35. Mi hija y yo. Mariela. La madrugada avanzaba con una lentitud insoportable, marcada por un dolor persistente que se intensificaba con cada contracción. Las horas parecían eternas, y cada ola de sufrimiento me recordaba que el momento de conocer a mi hija estaba cada vez más cerca. La habitación permanecía en un silencio pesado, solo roto por mis gemidos y la respiración entrecortada de mi madre, quien, a mi lado, me brindaba un apoyo inquebrantable. Con cada contracción, el mundo a mi alrededor parecía desvanecerse, reducido únicamente al dolor que atravesaba mi cuerpo. La noche se convirtió en un océano de angustia y esperanza, mientras mi mente oscilaba entre la ansiedad y la emoción de tener a mi pequeña entre mis brazos. Pero a medida que las horas pasaban, la fatig

