CAPÍTULO 8. Manos tan peligrosas como su boca pecadora. Mariela No podía negar que estar aquí me trae paz, aunque ya no soy la misma de hace dos años, donde me perdía en el campo para divertirme. Pasaba el mayor tiempo posible hablando animadamente con Eleonor; no tenía otra cosa que hacer. Ahora nos encontramos en la cocina, mirando cómo se mueve de un lado a otro sin permitirme, esta vez, que la ayudase. Pocas veces me dejaba ayudarla, pues no le gusta que metan la mano mientras ella prepara esa deliciosa comida. Su sabor es único, y terminé con la boca hecha agua. De repente, un perfume delicioso y varonil, mezclándose con el aroma de la comida, invade mis fosas nasales. No hay tiempo ni reacción alguna para reaccionar cuando me siento atrapada entre los brazos de alguien que no

