Día 1: El espectador
La noche con una incesante lluvia, haciéndole compañía a una pequeña niña, con habitaciones interminables y pasillos con luces itinerantes. Solo un pequeño libro con sus hojas fielmente pulidas, guían a Saray en su atroz insomnio.
A sus siete años, el tik… tak… del reloj taladraba en su cabeza y en las manecillas no dejaban de marcar las diez, otros días marcaba las doce, y cuando se ponía muy exigente; las 3, pero el tik… tak… continuaba ahí.
El viento traía consigo las voces de los árboles que ponían conversa a la imaginación de la niña, una sombra tras ellos con una sonrisa podrida la observaban, o a la realidad frente a sus ojos.
Con la crueldad de la noche y el frío de octubre, Saray solo buscaba un consuelo. A sus espaldas y pegada a la ventana, una mano con su carne putrefacta se escurría entre el cristal para sentir el calor de la humanidad.
Sus piernas ya no soportaban el peso del sueño, sus babas o más bien la sangre que brotaba de su lengua y era tomada por el filo de las hojas llamaban la atención del ser podrido. Imaginaba el sabor del líquido rojo entre sus dientes, volviendo a la vida.
Y sin ser casi posible, el seguro de la ventana se consumió por la maldad de la oscuridad de entre los árboles. Con pasos tambaleantes y débiles, la niña se acercó a la corriente de aire para sellar los cortes de sus dedos. Corriendo la cortina al fin, tomo dirección a su cuarto.
El peso del sueño no hizo percatarla de la viscosidad del suelo y las moscas que envolvían los trozos de carne que se desprendieron de aquel ser, humano, hombre o lo que sea que la sociedad quiera darle como nombre.
Las manos que todo podrían en las personas, no eran capaces de tocar a Saray. Viéndose frente al espejo, se reflejó frente a la niña; un rostro desfigurado, pero para ella no había rastro de perplejidad.
En cambio, sus ojos eran melancólicos, pero raramente sin un rastro de empatía. Se preguntaba como hubiera sido antes, de la sociedad, de nacer, como sería con otras decisiones, pero estaba ahí.
Termino de alistarse para ir a dormir y aunque previamente logro conciliar el sueño, ahora en la cama dos horas fueron necesarias para caer presa de esta.
El ser podrido se quedó frente a ella; viéndola dormir, pero no plácidamente, por sus movimientos se notaba que las pesadillas la perseguían. Entre cada retorcijón se hacían más prominentes las cortadas en las yemas de sus dedos y con cada trueno, aquellos ojos melancólicos se veían afligidos entre marcas de un sufrimiento.
El libro que leía para encontrar el sueño relucía sobre su escritorio. Mostrándose prohibido para esta cosa y sin poder contener su curiosidad decidió abrirlo.
Un leve movimiento basto para comprenderlo. Las pesadillas que inducen al sueño son los actos del padre hacía su hija. Fotografías sobre las páginas, relatos detallados sobre noches que arrebataban su inocencia.
Al día siguiente, la niña no despertó por la luz del día sino por el llamado de su padre. Alguien de traje, o no, se veía como un vagabundo, la corbata solo era un adorno y sus zapatos lustrados una distracción.
La casa seguía siendo grande, pues cada paso de la niña formaba un eco entre las paredes. Un rechinante sonido en el piso de un fino mármol, con moscas muertas por cada rincón, aunque si lo miras bien, quedan como piedras finamente pulidas para hacer juego con el suelo.
Condujo a su hija a la cocina, con una mano sobre su espalda, hombros bien urgidos, mirada al frente y sobre el libro se tallándose una nueva historia. El desayuno preparado por Saray dejo sin palabras a su padre quien trabajo por toda la noche. Un beso, dulce o agridulce, fue con lo que agradeció a su pequeña.
¿pequeña qué?, se preguntaba ahora el ser podrido.
Ahora frente al padre, su carne no parecía tan putrefacta y su viscosidad había tomado algo más de forma, pero frente a la niña, en sus ojos, seguía siendo igual. Llena de melancolía, pero ahora se preguntaba, por él o por ella.
La mamá nunca cruzo por la puerta, por estudio y por trabajo, el tik tak del reloj quedo resonando en su cabeza. Saray la conoció cuando nació y de ahí en adelante un gato la crio.
Desacomodando toda la casa, se encontró con el gato, ya en huesos debajo de su cama. Con unas velas a su alrededor, apagadas por el viento de anoche, su carne se estremeció al ver la foto de su madre dentro de las costillas del animal.
Los huesos del gato dejaban de estar huecos. Su carne podrida que caía a pedazos por estar agachado en la cama alimentaba el fósil del animal. Parecía volver a la vida, ciertamente, con un olor poco agradable.
Los gusanos que moraban en la carne comenzaban a dejar su hogar. Agujereaban la carne con desesperación para poder salir y el gato, sin cuerdas vocales y sin órganos, agonizaba por el dolor de estos seres escurriéndose entre su pulpa.
Su ojo, el ojo que todo lo podía ver a través del animal: su madre, la mayor bruja de Sanctus Populus, decidió abandonar el pueblo. Por culpa, por reproche o porque hizo todo lo que quiso y prefirió continuar con su camino dejando atrás todo lo que hizo, para deshacerlo.
Lo único claro y firme fueron sus pasos sobre la piedra, la tierra y la arena, donde kilómetros más adelante encontró la felicidad otorgada. Una historia que el gato no alcanzo a ver, pues bien, la sociedad no le permitió ver más de ahí.
Leche… tuvo su leche del padre, quien trabajaba fuertemente para sacarla adelante, con su traje y corbata, con su piel cayéndose a pedazos, pero nunca nada era suficiente. ¿Para él o para ella?
El gato, con su piel morada y sangre azul, recupero su elitista vida y sin sobresalto alguno, Saray continuo con su rutina en el día. Un domingo.
- Tik… tak… tik… tak… Saray se está aburriendo.
Nadie hablo, pero los tres que estaban en la habitación escucharon esas palabras. Nada tampoco paso. Sin recorrer ningún camino, el ser continuaba pudriéndose, el gato robándole vida y la niña con sus ojos melancólicos no sentían nada.
Un sótano donde estaba encadenada a la historia de su madre. Palabras con peso sobre sus hombros, corrientes de aire; espesa como la sangre y arenas, desempolvando un viejo camino.
La cuenca de los ojos del ser podrido quedo vació. Ojos aplastados, pero un gran festín al mismo tiempo para el gato. La habitación se llenaba de vida y para el ser, más oscuro se volvía.
¿Quién era esta niña?, porque parte de la sociedad ella no vivía. Lo comprendió al fin, que sus costillas rotas estaban y sus intestinos, bueno, para lucir más delgada ellos ya no estaban.
El aire denso volvió a estar, túneles se abrían entre sí y varios señores empezaban a llegar. Ahí el ser parte ya no hacía más. Una fiesta de trajes, vino y comida exquisita, pero aún faltaba el show principal.
El gato bailaba y sus panzas revoloteaban, con sus manos untadas y la grasa entre sus corbatas, eso que importaba; pues el poder sobre los demás los extasiaba. Fue la vida que abandonaste, porque caso ya no quisiste hacer.
Llegaba la música y por fin el show final se acercaba. Con pequeños aperitivos ya estaban listos, pero no saciados, pues una reunión que se lleva a cabo todos los días, para el día siguiente vivir con sus vidas.
Saray saliendo de su esquina, ¿qué tiene encima?, pues su ombligo que deja a la vista no es percatado por ningún eli…
Perdón, esa palabra aquí no va, porque eso no existe más, ¿verdad?
En fin, el aire se meció para concluir con su desaparición. Parecía haber quedado cansada, pero entre jadeos repetía que no se arrepentía de nada, no como el ser podrido que no era capaz de tocarla.
El día concluyo con su padre llegando a la casa. Ya había comido por fuera por lo que esa noche fue muy grata, papá e hija y un gato que no les importaba que en sus ojos hubiese alas.
El reloj seguía marcando las diez, ¿por qué?, no lo sé, ¿acaso no lo sabes tú?
Una vida austera, con fin en su humanidad, ya no sería recuperada nunca más. Pero un solo sorbo bastaría, de su lengua o sus dedos, para complacerse nuevamente.
Todos en la calle ese día eran viejos, con sus bastones y su piel arrugada que llegaba hasta el suelo. Saray se preguntaba como habrían sido de jóvenes o si quizás su mamá habría llegado a conocerlos.
Sus babas regadas por todas partes se esparcían aún más cuando Saray los rosaba, más viscoso que el ser podrido y eso que ellos seguían vivos. Por fuera. Por abajo. Por atrás no tanto y por dentro, estaban huecos.
Entre los callejones rosados y las tiendas coloridas, el aroma de las niñas se mecía en el aire y pieles, pieles por todos lados. Los ancianos mudaban su piel arrugada por una más tersa y un rostro más fino.
- Bienvenida Saray. –Su voz áspera por su garganta ya destrozada intentaba mantener un tono amable.
Unos ojos, violetas, con un indescifrable pero pequeño tono azul, se veían dentro de la niña que ansiosa esperaba un saludo.
Solo suspiros respondieron a su saludo, hasta que el sonido de la campana se hizo presente. Dorada, tan reluciente como el sol de la tarde, tan caliente como el peso de sus consecuencias y los ojos de Saray se llenaron de melancolía.
Ninguna de las dos era capaz de moverse hasta que el sonido volvió a reproducirse. La calefacción a un tono ambiente y el color a gusto del cliente. No parecían haber quejas ni reproches y tres minutos después volvió la niña hasta donde Saray.
Pareció pronunciar unas palabras, pero no para la niña, sino para el ser podrido. No le escucho nada, pues sus orejas se las había comido el gato para hacer aparecer su cola. Y entonces, ¿con que quedo esta cosa?
Otro día parecía acabar y el insomnio se hacía presente en la casa. ¿Por qué no repetir la nueva historia?, no estaría tan mal, después de todo su papá lo escribió para ella.
Ahora sus pasos se colaban entre las paredes y se marcaban en el suelo. Hasta ahí Saray fue capaz de prestarle atención. Frente al espejo se perdió en su reflejo, Saray o el ser podrido, total, ya se habían conocido.
Años atrás, quizás, adentro de su mamá. Quizás el ser podrido lleve algo de Saray. Su sangre, no, muy humano para él, su pensamiento, no, es uno de esos, ni el ser podrido ni Saray descubrían que los podía atar.
Pero algo lo seguía encadenando a esa niña. ¿Habría sido el suelo que estaría embrujado?, realmente solo quería tocarla. Beber de su vino, comer de su pan.
Frente a frente al día siguiente, Saray se presentó ante el ente. Con sus manos agujereadas y ojos reluciendo entre ellos, se extendieron las pieles, un dedo partido y el ser podrido de rodillas estaba.
El gato había desaparecido, ciertamente, el ser podrido le tenía aprecio, pero su carne estaba de regreso.
Husmeo nuevamente por su casa, rastros de lombrices y moscas en el retrete, bolas de pelo en el lavamanos, sesos como decoración del piso y la cabeza de una rata como bombilla.
Ahí estaba el gato nuevamente, debajo de la cama con sus habituales huesos. Por la forma de su quijada, pasmado había quedado el pequeño animal. ¿Qué habría visto? Las velas, de un color indescifrable a su alrededor, la foto no de su madre sino del ser podrido en el interior.
Una niña. Y él.
El aire volvía a ponerse denso. Costaba respirar ahí. La carne podrida se comprimía, su blandura y su viscosidad removía las entrañas de Saray. Del ser empezaban a salir moscas y gusanos que tanto tiempo han habitado dentro de él.
La niña frente a él, de unos 10 años de edad, tenía sus mismos ojos que relucían entre la oscuridad. Un azul, que se tornaba violeta cuando el ser se ponía de traje.
La misma escena de hace días volvía a repetirse y un gran festín estaba frente al ser. La entrada fuerte la llevaba esa niña de ojos azules y violetas y todos los comensales felices, rebosando de un gran esplendor entre ellos y que solo ellos se veían entre sus corbatas.
El ser trataba de pronunciar unas palabras mudas, indescifrables, ahogadas.
- Mhii
- Miiayh
- Miiih
- Myuih
Todo un intento de llamarla, de llevársela lejos. Su instinto volvía aparecer como aquel día. El gato, antes amado, ahora despreciado, se había devuelto sus ojos y todo el panorama gris y oscuro lo reconocía.
Su carne ahora tenía más color, con un traje bien lustrado y sus ojos azules con tonos violetas por el gran festín. Su cabello fijado con el poder del dinero, y unos zapatos de la mejor calidad que unos niños podían producir.
Y una terraza con grandes vistas a la ciudad y los callejones de donde sacan sus festines. Y ese día, de la comida tan esperada y codiciada, por fin llego. Ella, quien modelaba por la pasarela llevando la comida, se encontró con el reflejo de sus mismos ojos.
Azules y violetas.
Las demás carnes temblaban por probar la comida. Los rumores entre los callejones parecían ser ciertos y ahora frente a sus ojos, las manos no se demoraron en acabársela.
La violeta, sus apreciados tonos, distintivos entre las mejores, se lo acabaron entre todos.
Y él, el ser, trato de hacer uso de su poder. Pero todos habían ofrecido algo de ellos para los festines anteriores. Ahora era su turno para poder seguir estando.
Ahora era el momento que no le parecía, pero su carne ya estaba untada. Viendo dentro de él, las larvas ya brotaban, su piel se arrugaba y la carne con un tono verde se iba volviendo. Al final los festines eran necesarios, pues no todos en el pueblo tenían el privilegio de comer tan bien.
Sus ojos ya no eran los mismos. Con el paso de los días, la pequeña chica era quien llevaba las comidas más codiciosas y sus tonos violetas la hicieron acabar.
Los tonos azules del ser lo terminaron pudriendo por dentro. Al final, las cuencas de ojos se hallaban vacías y acabadas. No había más que ofrecer.
La comida terminada, los comensales saciados, firmas de abogados volando y un caso perdido. Diferentes caminos que tomaron, pero terminaron en un mismo destino.
Unas semanas pasaron, la niña corriendo por la campana y el señor, entre los bosques, pues no era siquiera admitido entre los callejones.
Su boca, que ha pedazos caída estaba, seguían pronunciando unas palabras huecas.
- Mya. –Al fin logro pronunciar. No por la fuerza de su voluntad, sino por el permiso que Saray le había otorgado.
- Ella sigue por ahí, ya acabada.
El ser podrido dirigió su mirada a Saray quien por primera y última vez le dirigía la palabra. La cuenca de sus ojos volvió a estar vacía y su carne, consumido por las larvas, en cenizas empezaba a quedar.
El aire volvió a la normalidad, el cuarto con ojos viéndolos a través de las paredes. Con tonos azules, con tonos violetas, con el pasado juzgándolo, con sus acciones desmoronándose frente a su carne.
Quien decidió hablar después de tan desalentador silencio fue el gato, quien no pronuncio ni una sola palabra, pero todo se veía a través de sus ojos.
La maldición que la madre de Saray había dejado sobre el pueblo, lleno de hombres pecadores y mujeres viviendo su infortunio. Con su mayor deseo ha jugado y con lo que más anhelan lo dejo frente a sus pies.
Pero todo con una condición.
Decidió ofrecerse como ayuda, más bien, como catalizador y sorprendida quedo, al descubrir que las personas no temen perder su humanidad cuando sus deseos se harán realidad.
En verdad, desde mucho antes que sus carnes estaban podridas, lo único que hizo la bruja fue transformarlo en realidad.
Y tomo la decisión de irse lejos, pues no esperaba que la primera persona que la tomara fuera el hombre en quien tanto confió nueve meses después, comenzaría todo.
Pero Saray tiene otras intenciones para el pueblo. El lugar donde habitan seres indescriptibles, que una sociedad aborrecería si salieran a la luz. Menos mal existen las máscaras, las palabras y las miradas. Por suerte que somos inteligentes.
¿Bendición o maldición?
En cenizas debería quedar, pues es el fin que la madre escribió para todo el pueblo, sin embargo, su camino deberá continuar. Ahora con la verdad frente a sus ojos.
Todo regreso a la normalidad, el cuarto, el gato y Saray siguió su camino. De nuevo tenía insomnio por lo que tomo el libro.
Una vez más el reloj marcaba las 10. Diez veces y ahora, el ser podrido veía a lo lejos la azotea. La única en todo el pueblo con color. Rojo, morado, violeta, azul.
Al parecer no se arrepentía, pues tomo su última decisión y Saray quedo empapada de babas, de un olor putrefacto, con rastros de gusanos caminando por todo su cuerpo, explorando sus interiores, regocijándose de su sabor, con moscas rondando en sus uñas y la carne en ella.
Pobre decisión, que lo ha condenado por toda la eternidad. Pobre. ¿Realmente se considerará así?
Toda su verdad quedo al descubierto. Las verdaderas intenciones escritas en las cuencas de sus ojos.
Decidió no ser más el espectador, quizás porque la chica lo descubrió, o quizás no sería capaz de llevarle el ritmo de su vida. No lo entendía, por lo que siguió su camino deambulando entre el bosque, o tal vez haría parte del libro que observo.
Pero ni tú, ni yo, sabremos que paso con este espectador.