En este ocioso y penumbroso lugar solía haber un espacio para una festividad.
Oh, las fiestas.
Los eventos importantes.
Todo para darle un motivo de celebración a sus vidas.
En el tiempo cuando mi madre llego a estas lejanas tierras, alejadas de todo lo que creas posible en este mundo, la tierra seguía estando llena de vida y un campo de calabazas se hallaba a las entradas de este lugar.
Cuando era época de su nacimiento, el verde del pasto se encontraba en compañía de un naranja radiante y cuando llegaba el ocaso, los rayos de sol bordeaban el anaranjado de las calabazas otorgándoles un toque brillante.
Para la llegada de mi madre a este pueblo era la época del nacimiento de las calabazas. La fecha de la festividad estaba muy cerca y eso llamo su atención.
Los novios, bien elegantes y formales, traían a sus parejas; con un vestido como el sol, a pasar la tarde en estos campos. Para ellos era una cita tan ideal como romántica.
Las suaves manos que recolectaban este alimento las obligaba a hacerlo con un vestido que al final de la jornada terminaba destrozado. Como si al arrancarlas de la tierra, despojaran un pedazo de esa magia que hace crecer a la calabaza.
Las encargadas de preparar la comida era gente elegida con traje y corbata y si eras seleccionada, no podías negarte a participar.
Las cocineras eran las abuelas. Su receta la llevaban tanto en su memoria, como en los movimientos de su cuerpo; abrían la calabaza desde abajo con un cuchillo lo bastante filoso para realizar el corto con suma precisión.
Ya abierta la calabaza, podían ver todo su interior y pasaban toda la noche sacando todas las impurezas que pudieron haber adquirido desde el momento que empezó a crecer. Si llegaba a encontrarse una mínima cosa, debía ser desechada de inmediato y las consecuencias luego se verían.
Sino, se podía proceder con la preparación sin ningún problema.
Encajaba perfectamente con su nieta.
Un vestido con la tela más fina, sedoso, incluso el viento de los días de primavera resulta peligroso. El día fue elegido con suma cautela.
La prenda bordeaba el joven cuerpo de las muchachas. Se ajustaban a cada centímetro como si el vestido las hubiese estado esperando por tanto tiempo y la calabaza, sin ninguna impureza, como ellas, era bien recibida en todo su cuerpo.
El lugar había sido preparado. El campo donde crecieron las calabazas era adornado por unas velas doradas que reemplazaban el brillo de la luna y las jovencitas escogidas llegaban a su destino.
Y los cerdos eran liberados en cuanto el sol llegaba a su final y en la inmensa oscuridad se reflejaba el movimiento hostil de los salvajes animales, moviéndose sin cesar se encimaban sobre la muchacha uno, dos, tres, hasta cuatro marranos.
No cesaban hasta lamer la última gota, de regocijarse hasta el cansancio, de llenarse hasta la saciedad.
¿es esto austero?
Las piernas de las muchachas quedaban completamente rotas y eran sacadas a rastras por sus abuelas o sus madres. Nadie aparte de ellas podía llevárselas.
Con ciertas excepciones, claro.
Quizás la calabaza de la chica estaba tan rica que los cerdos no podían despegarse de ella y quedaban ahí hasta el próximo amanecer.
Pero el sol en esos días no llegaba. Las plegarías eran largas para que un nuevo día naciera, sin embargo, para la chica…
No se demoraba en echar cosechas, extrañamente, una vez al mes el campo siempre se llenaba con calabazas. Muy poco tiempo, ¿no?
Un poco de esto y otro tanto de aquello.
Mi madre se acercaba hasta las mujeres que eran dejadas los cerdos hasta el amanecer y con la sutileza de una mujer que sabe lo que hace, recolectaba su sangre, aquella que era desbordada por la violencia.
Y fue esa misma sangre la que utilizo para mi madre para sellar la tierra y así, a partir de ese momento; todas las calabazas que nacieran, reflejaran lo indeseado.
- ¿ese volante no es sobre la festividad que acabo tu mamá hace ya años? -preguntaba extrañado el gato.
- Sí. Y no veas lo felices que se han puesto.
- Pero si ya no hay…
- ¿no te has percatado?
- ¿tienes algún plan para salvarla? –quiso saber el gato.
Sé que mi madre puede ver a través de mis ojos y yo por medio de los de don gato, pero no por mucho tiempo. Ni un sueño, ni una sola señal.
El ritual para comunicarme con ella no suele ser muy agradable y solo puede realizarse en determinados momentos del día, por lo que las oportunidades suelen ser pocas.
Ding.
Dong.
Mi padre quiso instalar un gran timbre y cuando lo presiones tiemblan hasta las paredes de la casa. Lo hizo más para mí que para él, total, debo estar atenta a su llegada; sino la comida no será muy agradable.
- Parece que tienes una visita –murmuro don gato.
Nunca hablo con nadie, ni me interesan, ni siquiera está dentro de mis objetivos en este lugar. No obstante, tendré que ir a ver quien es la persona que osa llamar a la puerta.
Las personas que conocen la historia de este lugar no se atreven, ni a metros, acercarse a la puerta y los que no parecen saber nada prefieren seguir así y pasan de largo, cosa que agradezco.
No debería ser así, pero lo es.
Se podía observar una figura delgada, peculiarmente pequeña, probablemente de mi edad. Eso explica porque se atrevió a acercarse hasta la puerta.
Al sentir mi demora por abrir la puerta, la niña decide volver a tocar el timbre.
- ¿Saray? –percibo un toque de expectación en su voz, como la de alguien cuando hace algo diferente en su rutina.
Cuando abro la puerta alcanzo a vislumbrar una sonrisa que se esboza con tanta ilusión sobre su rostro, para mi sorpresa, es alguien que ya había visto anteriormente y me sinceramente me tiene sorprendida su presencia en estos momentos.
- ¿qué haces tú aquí?
- Después del extraño suceso con esos gusanos, nadie sabe donde está mi jefe –confeso la niña.
Oh…
- Me llamo Artemiss.
Oh…
Hasta ahora nunca me había interesado por su nombre, ni quien era, solo conocía lo que hacía; más bien, lo que le tocaba hacer.
Al ver que no reaccionaba en lo absoluto, volvió a mover sus labios esta vez, con la esperanza de tener respuesta alguna.
- Como siempre te veo sola y he tenido días libres, había pensado que podríamos ser amigas.
La esclavitud de una sociedad, de un tiempo y de una vida. Lo seguimos siendo, estamos encadenados a un trabajo, a recibir un pago para así subsistir, no somos siervos ni del sistema, sino de nosotros mismo o de la vida en si misma.
- ¿Cómo conocías mi nombre?
Sus ojos morados, jugando a tornarse azules, veía con cansancio mis facciones. Estaba algo tensa, pues no suelo hablar con nadie, entre menos información se sepa de mi es mucho mejor.
- Mí… - le costaba lo suyo poder terminar la oración-. Mi padre antes de que desapareciera, me llego a hablar de ti.
Ese ser que un día desapareció.
- ¿Qué te llego a contar sobre mí?
Inconscientemente lleve a la joven niña hasta el campo que queda al borde de este lugar nauseabundo que todos los días me provoca vomitar.
- Solo menciono tu nombre. Dijo que eras la hija de la última generación que piso en estas tierras.
- Equivocado no estaba tu padre.
- A veces me pregunto por qué sere…
- Cuestionarse las cosas de vez en cuando está bien. Querer descubrir la verdad te llevara por un camino que no te gustaría recorrer.
Lo sé. La conozco muy bien. A todas y cada una de las niñas de esta ciudad.
Todas ellas lo quieren saber.
Pero está prohibido.
Incluso para mí, mi madre me lo prohibió contarlo.
El silencio muchas veces es el idioma universal. Con el podemos decir tantas cosas, tan entendibles, tan trascendentales o tan simplemente banales.
Y aunque hay muchos temas que resolver y una vida tan corta por la cual vivir o eso nos hacen pensar, bajo nosotras esta creciendo la hostilidad, sembrada por la maldad y la suspicacia de los humanos, se puede alcanzar lo imposible.
Sin embargo, para este pueblo; lo imposible va de la mano con una sonrisa de tan solo unos segundos, de manos atrás de las espaldas, de ceños fruncidos y de cuervos. Muchos cuervos.
- Permíteme ser tu amiga –dijo al fin. Con su mandíbula tan firme y sus pómulos contraídos, se notaba el esfuerzo y la pena que le había tomado decir esas palabras.
Tome todo el aire que puede, aclarando mis ojos, oscureciendo mis deseos.
- Si es lo que quieres.
Y el ocaso llego a su fin.
Un poco de canela, junto con el agua hirviendo. Un día corto, para una noche larga y sobre el libro una nueva que se repite.
Cuanto tiempo habrá pasado sin una buena cena, pensará mi padre. Muchos meses sin comer la carne por la que muchos se desviven.
Privilegios después de todo. No todas las casas pueden permitírselo, por eso entre callejones se escuchan susurros.
Pero me ha servido.
Fuego alto y la oreja del gato. Sangre de un desdichado o de un hambriento, una sustancia que solo se puede extraer de lo más profundo de su ser. Oh.
- Don gato, ven acá.
- No me gusta hacer esto. Mira como me has dejado la oreja.
Con unas tijeras puse fin a sus maullidos tormentosos.
Y con todo eso.
Todo eso.
Bajo el cielo sin estrellas. Sin luna. En completa oscuridad.
Un cabello sedoso y unas piernas esbeltas. Una cinturita delgada, unas caderas anchas. Unos ojos iguales a los míos, pero con más sabiduría, con más experiencia.
- Tienes agallas para hacer esto.
- Tengo tu misma determinación.
- Pero no eres capaz de sacrificar cosas. Lo que se viene requiere de una gran ofrenda.
- ¿no hay forma de hacerlo de otro modo?
- Eres tú quien se puso en esto.
- No sirves para nada.
El viento, que se había alzado después de tanto tiempo, volvió a calmarse. De una forma violenta, se llevó las hojas de todos los árboles que cerca estaban al lugar, el agua se evaporo y el cielo, en un tono rojizo, volvía a su tonalidad azul.
No faltaba mucho para el festival y los cerdos volverán re regocijarse sobre lo que ellos solo ven como comida.
Las calabazas empezaban a asomarse por encima de la tierra. Un pequeño y primer vistazo de lo que sería la primera siembra después de tanto tiempo.
Pero, ya no hay quien las prepare.
Por primera vez en mucho tiempo no sé que paso tomar y eso me aterra.
Todas las niñas están extrañadas por este nuevo festival, sobre todo, porque en el volante de hoy se ha revelado el nombre de las candidatas.
Artemiss…
Con sus ojos morados, uno de los comensales será de los mismos que esa casa.
La saliva de mi cuerpo se pone espesa en momentos como este. Todo mi cuerpo tiembla de temor, me sudan las manos y la cabeza me va a mil por horas.
- ¿sabes de que es esto, Saray? –pregunta nerviosa Artemiss que llega caminando justo frente a mí.
- Sígueme.
Con la pala, más grande que nosotras dos, terminamos excavando la calabaza más prominente y prometedora en todo el campo. Artemiss se hallaba curiosa por lo que haríamos, así que guardo silencio durante toda la noche.
Se veía una buena calabaza. Bastante grande. Lo que se veía que probablemente trajera en su interior podría ser un buen motivo para comer durante varias noches seguidas.
Destape con delicadeza la parte de debajo de la calabaza. Tal y como me lo había explicado mi madre. Al destaparla, mis ojos se empañaron y las lágrimas empezaban a caer.
Dentro de las calabazas crecían los huesos de las antiguas mujeres que fueron obligadas a participar en el ritual.
- ¡¿qué es eso?! –pregunto rápidamente Artemiss, claramente alarmada
- Esta calabaza esta podrida.
¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?
“Un día todo se revelará, ellas lo descubrirán y entonces todo acabara”, fueron las palabras que dejo escritas mi madre en el refugio antes de tener que huir.
Ellas regresaran, de eso estoy seguro. Aunque han pasado tantos años apacibles y este puede ser el momento.
Artemiss me ayudo a remover todos los huesos y a limpiar por completo la calabaza. Ese zapote debíamos de restregarlo por todo el cuerpo, cosa que no hicimos en ese momento, pero le explique como debía de ser.
Sus ojos se hundieron en la penumbra, de algún modo u otro, se hacía a la idea de lo que pasaría ese día, pues, ¿qué más se podría esperar de estas personas?
- Menos mal no te llamaron a ti.
- Pero aquí no hay campanas.
- Siempre me han escogido, pensé que ya no lo harían. Mis ojos ya ni siquiera cambian de color.
Terminé dibujando los ojos en la calabaza y con delicadeza la introduje sobre la cabeza de Artemiss. A pesar de tener esa apertura, no le permitiría ver la llegada de los cerdos. El resto de los huecos, bueno… eso ya lo hacen ellos.
- No sé si pedirán un vestido.
- Pareces saber bastante, niña –una voz gruesa hablaba a nuestras espaldas, con grandes ansias, notándose sus intenciones.
- Conocimiento general, supongo.
- Pero nosotros no hemos divulgado ninguna información –menciono con seriedad.
Sin lugar a dudas es uno de los privilegiados de mayor poder en este penumbroso pueblo. Se inclina un poco hacía mí, su mirada lasciva es penetrante, me siento desnuda frente a él.
Nunca he sentido miedo frente a otras personas, pero con él está siendo diferente. Me tiemblan las piernas, me sudan las manos y sé que mi voz sonaría entrecortada si llegase a hablar.
Siento que no lo puedo soportar. Su olor inunda mis fosas nasales hasta asfixiarme, me quita el aliento y se roba mi seguridad. En cualquier momento podría inmovilizar mis hombros, apresar mis piernas y…
y…
Una gota de sangre cae sobre mi cara. Su ceja había sido cortada y atrás del sujeto cae don gato con su pelaje completamente erizado.
Maullando desesperadamente para que demás gatos llegasen hasta mí, sin embargo, ninguno respondió a su llamado.
Su aliento lo siento más cerca y su pulso acelerándose mientras se hace a la idea de despojarme en esta noche. Artemiss está igual que yo, inmóvil del miedo. Se toma el tiempo de pasar su lengua por toda mi oreja para dejarla llena de sus babas, para luego murmurarme.
- Puedo mantener tu identidad en secreto, bruja, si tomas el lugar de alguna de las niñas en el festival.
Hasta la muerte de una estrella fue el tiempo que me tomo dar una respuesta, o tal vez fue su mano que agarro mi muslo de sorpresa lo que me hizo reaccionar.
- Tomaré el lugar de una de las niñas.
- Eso es perfecto –grito alejándose de mí.
Se notaba como se regocijaba a la idea que andaba haciéndose sobre mí para ese día en el festival.
- Te estaré esperando.
Artemiss y yo no lográbamos aguantar más su presencia. Sus pasos fueron pesados, sin dudar en cada lugar donde pisaba. Un largo suspiro salió de nosotros cuando ya nos encontrábamos solas.
Por primera vez en mis dieciocho años de vida, siento lo que es un abrazo proveniente de otro ser humano, de alguien que no busca algo, es una persona, no, una mujer que esta buscando consolarte.
- Perdón por meterte en todo esto.
- ¿Quiénes son las otras niñas que andan involucradas en este festival?
- Amelie, la muchacha que nos encontramos la otra vez y la niña de los pirciengs.
- Lo más probable es que saque a la chica de los pirciengs.
Las luces de unos faroles se iluminan a lo lejos del campo. Cazadores. Acechadores. Sin duda alguna lo son, no cabe duda de quien fue el que les soltó la información.
- Debemos irnos de aquí si no queremos que suceda algo que no queremos.
Artemiss, a pesar de todo lo que ha llegado a vivir en esa tienda, tan oscura como una noche sin estrellas, llega a confiar en mí sin dudarlo dos veces.
No sabe quien soy.
No conoce nada de mí.
Sin embargo, me hace caso sin llegar a rechistar.
¿Por qué?
Pero sé que hay algo dentro de ella que la hará explotar.
De todas formas, salimos con suma cautela del campo de calabazas, tan silenciosas como los pájaros cuando sienten su nido amenazado.
Los cazadores son un grupo conformado por un grupo joven, son quienes mayor capacidad tienen para realizar estas cazas. Las consecuencias de lo que hizo mi madre en este pueblo, el grupo de cazadores actualmente casi no tiene mucho sentido. Pero sigue estando conformado.
Por generaciones, de generaciones. Nadie diferente a ellos puede pertenecer al grupo. Así es como funciona esto acá. Tu apellido quedará en las practicas que tus antecesores realizaban y sin rechistar las llevaras a cabo. Bueno, ellos no tienen de que quejarse.
Acompañe a Artemiss hasta su casa. Un lugar de mediano espacio. Con luces de neón, pocas ventanas y un letrero que sus letras se han llegado a borrar por el tiempo.
- Hasta aquí esta bien –menciono con cautela Artemiss-. Si quieres mañana podemos vernos.
Tan solo asentí con la cabeza y decidí alejarme rápidamente del lugar.
No puede ser madre.
¿Por qué tienes que ser tan cruel?
De camino a casa me alcanzo don gato.
- Muchas gracias por lo de hoy.
- Ese tipejo se merece cosas peores, pero, ¿conseguiste lo que querías?
- Sí, gracias a ti.
- Eso me alegra.
- De todas formas, debo hacer sacrificios.
- No estarás pensando realmente en participar, ¿o si?
- Las palabras de mi mamá estan cargadas de poder, don gato.
- Ahí estaré para salvarte.
- Gracias.
- Esa es mi función.