Capítulo 2-1

2174 Palabras
2.La cita con Svetlana se había fijado en el metro Abbesses. Franck debía mostrarle Montmartre y el Sacré-Cœur. La previsión meteorológica no era la más complaciente; enormes nimbos amenazaban con lluvia. Algunos rayos de sol atravesarían la espesa capa de nubes. ¡Qué tiempo triste y gris para una primera cita! Franck la esperaba desde hace diez minutos. Él no había llegado antes. No, Svetlana no llegaba. Ya había intentado llamarla y sólo sonaba la contestadora. Afuera de la estación, una pareja acababa de llegar de la nada. Seguidos de un equipo de rodaje. Esas personas habían invadido la pequeña plaza. A decir del material, Franck había pensado un instante que se trataba de una producción de ficción. Había un camarógrafo con una steadycam. El equipo parecía más pesado que la cámara misma, que era un videocámara digital. Otra persona orientaba una lámpara portátil. Un asistente guiaba al camarógrafo que sólo miraba la pantalla LCD. Una cuarta persona impedía a la gente de acercarse (seguramente eran familiares y amigos). Franck se había alejado de ellos para no aparecer en la escena. Los enamorados adoptaban poses acrobáticas, obstruyendo el acceso a la entrada del metro. Este baile resultaba indigesto a los ojos de Franck. He aquí el tipo de locuras que producen los que tienen mucho dinero. La gente había podido salir por fin de la estación, una vez que los dejaron pasar. Franck no veía aún a Svetlana en este mar de individuos. Seguía observando los movimientos de la pareja. Y se había volteado para mirar unos niños que gritaban alrededor de un carrusel. A lado, un payaso ofrecía un acto de malabarismo. Unos turistas lo rodeaban. A la derecha, un hombre marcaba el ritmo dándole vueltas a la manivela de una caja de música. ¡Vaya ambiente anacrónico! El encanto estaba en el aire. La magia de Montmartre se exponía a todo el mundo, a pesar del clima triste. Cuando Franck había mirado de nuevo enfrente del metro, una mujer se había puesto a correr hacia él. Se trataba de Svetlana, que Franck no había reconocido de inmediato. Había soltado su cabello, que estaba ligeramente ondulado aquel día. Svetlana tenía una técnica para rizar fácilmente su cabellera. Tomaba una ducha, y enseguida se hacía trenzas que deshacía después una a una. Este procedimiento necesitaba una gran inversión de tiempo, pero la melena quedaba en esta forma durante aproximadamente tres días completos. La noche anterior, Svetlana había lavado su largo cabello, para que Franck notara bien sus bucles. El color era cenizo en la base y luminoso en las extremidades. Mirándolo brevemente, el color parecía castaño más bien claro. Franck parecía apreciar este corte que descendía un poco más abajo de los hombros y el tinte natural, singular. En este comportamiento inesperado, Franck había visto una dulzura y había sentido un apego inmediato por ella. ¿Acaso era víctima de lo que se conoce como “amor a primera vista”? Difícil decirlo. Como sea, estaba hipnotizado, seducido y hechizado por esta aparición. Esta espontaneidad aunada al carisma innato e innegable lo habían derribado. Sin uno de los dos, el efecto habría sido diferente. Ya le había ocurrido encontrar mujeres muy hermosas con un temperamento arrogante o poco vivaz, incluso con un comportamiento un poco muy ávido que destruía todo lo demás. El aspecto de Svetlana resultaba lleno de alegría, de calidez y ofrecía una gracia que la destacaba de la multitud. Habían intercambiado un beso en cada mejilla, ambos avergonzados y felices de verse. Ella se había disculpado por su retraso. Franck no la culpaba. Era fácilmente perdonable. Su simple aura radiante habría podido dibujar una sonrisa en cualquier hombre deprimido. Svetlana le parecía un hermoso astro, que como un aura, inundaba el cielo y la Tierra de una atmósfera especial, mágica, única, grandiosa. Parecía un cántico que daba homenaje a la vida. Franck se había preguntado cuál sería el mejor recorrido para subir hasta el Sacré-Cœur. Habían decidido finalmente tomar la primera calle delante de ellos, sabiendo que tendrían que aventurarse en las calles que suben. No obstante, Franck había venido aquí varias veces sin tomar nunca el mismo camino. Las rutas de acceso eran considerables. Le gustaba mucho ese barrio. Le parecía maravilloso para un paseo en pareja, sobre todo si el sol honraba el día con su presencia. A pesar de mal tiempo, el deseo por conocerse no les había impedido verse. Habían hablado un poco de todo y de nada, lo que suele suceder cuando dos personas se dan cita para conocerse durante una primera salida. Cada uno interroga al otro para conocerlo mejor, ver cómo reacciona, si lleva el diálogo hacia nuevos temas. Svetlana le había contado varias banalidades. Entre otras cosas, que no podía escuchar los mensajes de su teléfono celular. El folleto de la tarjeta SIM contenía muy poca información útil. Como estaba con el mismo operador, Svetlana le había dado su teléfono para que él le explicara el procedimiento. ¡Los menús estaban en ruso! Franck fue incapaz de navegar a través de estos. El aparato en cuestión era un viejo modelo de Nokia ya vivido. Cuando el verano terminara y con un poco de dinero ahorrado, ella pensaba comprarse un teléfono inteligente. Regresaría a la tecnología y sobre todo a la consumo... A parte del hombre de las cavernas, ¡quién no! Este proceso evolutivo forma parte de la vida diaria. Nadie está obligado a adquirir la última versión de un objeto, por un simple cambio de diseño y una función “atrapa tontos” anunciada como revolucionaria; revolucionaria únicamente para su bolsillo. Franck había sacado su Samsung, un muy viejo modelo igualmente. Después de haber buscado en el menú, él le había indicado la combinación de números que tenía que grabar para acceder a la contestadora. Al escuchar los mensajes de voz, Svetlana había estallado en carcajadas. No había más que tres personas que tenían su número de Francia, porque no conocía muchas personas en París y sus camaradas la contactaban principalmente por internet. La primera que había tenido su número era su colega ucraniana; la segunda, era una amiga rusa que había venido a Francia para trabajar en la restauración, en la costa oeste, al lado del mar. A Svetlana no le habría gustado ese tipo de profesión. Prefería la suya, incluso si no era exactamente lo que le convenía. El que le había dejado dos mensajes no era otro sino Franck... quien por cierto se preguntaba por qué ella reía tanto. Él le había indicado que estaba en el lugar de la cita y que esperaba que ella estuviera bien. Franck la miraba con dulzura. La naturalidad juguetona y espontánea de Svetlana le gustaba mucho. Habían girado por muchas calles antes de llegar a la basílica, agotados, después de innumerables pendientes que habían subido. El lugar estaba atestado. Durante todo el fin de semana se llevaba a cabo un espectáculo de acrobacias en patineta. Múltiples CRS se encargaban de la seguridad. Entre dos barreras, ellos habían tomado el único camino autorizado que permitía acceder a las escaleras del edificio durante el evento. Para llegar hasta el vestíbulo, tuvieron que zigzaguear entre los turistas. En el interior, ¡una multitud se amontonaba! Forzados, tuvieron que avanzar al paso. Esta lenta progresión les ayudaba a restablecerse del recorrido de obstáculos extenuante que acababan de cruzar. Aunque no creía, en el sentido de la divinidad del Cristo (un hombre que fue elevado al rango de hijo de Dios para que los órganos de gobierno de la época pudieran controlar al pueblo) y no hacia el rechazo del mensaje portador de esperanza lleno de palabras y de ideales nobles para la humanidad y hacia el prójimo, Svetlana se cuestionaba, se buscaba. Se interrogaba sobre el valor de la vida, sobre la condición humana, lo que para ella tenía necesariamente mucho sentido. Sin embargo, apreciaba el espectáculo grandioso que le ofrecía el interior. Acababan de penetrar en el cubil de una de las últimas obras de arte construidas en la Francia católica y había continuado su paseo efectuando el recorrido integral. Habían llegado al sótano para visitar la cripta. Después, habían subido hasta la cima. Franck había decidido invitarla. Como la mayoría de los monumentos, este santuario no era gratis: para subir, había que sacar la tarjeta de crédito. Este gesto capitalista permitía mantener los edificios, delimitar la cantidad de curiosos y también, colmo divino, de crear empleos. En resumen, era por una buena causa. Así que por la buena causa, Franck había comprado dos entradas. Y sobre todo, por su propia causa... Toda una instalación tecnológica de punta y sofisticada se aparecía frente a la clientela. Sin siquiera tener que hablar con un cajero, quienquiera podía pagar para obtener los pases. Una modernidad que contrastaba con la catedral secular. Svetlana tenía una cámara en la mano. No la utilizaba, lo que intrigaba a Franck. Él le había pedido si ella quería que le tome una foto. Ella había aceptado y le había dado el aparato. Svetlana era fotogénica. Su imagen daba honor a los clichés. Franck, sin embargo, era consciente que ella no las compartiría. Todo fotógrafo, no importa cuál, desea conservar una prueba de su trabajo o en forma digital. Aunque las tomas no fueran efectuadas en condiciones profesionales y con aparatos ordinarios, le que le gustaba a Franck era principalmente la imagen que Svetlana proyectaba. Él había sacado su viejo teléfono cuya resolución era mediocre y había inmortalizado su modelo en diferentes poses, una vez más. A pesar de la mínima calidad de imagen que tenía su aparato, se dijo que al menos tendría algunos recuerdos de ese día si acaso nunca veía otra vez a esa joven, que le parecía cada vez más fabulosa. Llegados al pináculo, Franck se detuvo de nuevo para jugar con Svetlana. La contemplaba, la admiraba largamente, prolongando las poses. El obturador se accionaba varias veces seguidas. Los turistas observaban y tenían que esperar para pasar. Franck no se daba cuenta siquiera del embrollo que provocaba. Estaba en un universo aparte, hipnotizado y hechizado por ella. Le mandaba, la dirigía en sus maneras y en su conducta. Svetlana obedecía, como un modelo inteligente y obediente. El magnetismo de esta chica actuaba sobre Franck como un sortilegio que habría tomado el control de sus emociones. En cuanto a ella, había perfectamente notado el picadero de este chico. Encantada, ella se había abandonado en la fantasía atípica del personaje. Por su actitud, lo encontraba atento, amable, conmovedor, y sobre todo deseable. Estaba seducida. “Dejémosle divertirse tan apasionadamente y veamos que saldrá de bueno”, pensó ella. Cuando Franck regresó a su estado normal, en un vistazo se dio cuenta del problema que se había creado. Nadie había querido molestar al hombre que se había transformado a través de un trance artístico. Los visitantes habían esperado como si observaran un espectáculo callejero. Avergonzado, Franck había sonreído. Con un movimiento de la mano, les dio a entender que podían circular. Acercándose a Franck, Svetlana le dijo que se había comportado como un malandrín, bloqueando todas esas personas. En el futuro, ella tenía que desconfiar de él. Franck le había regresado el aparato. Él le había respondido que ella guardaría un buen recuerdo del lugar y que teniendo ese material en sus manos podía ser peligroso, sobre todo cuando la modelo se aplica con tanta atención. Franck le había afirmado que era fotogénica. Poniéndose en pose, ella se divertía de maravilla frente al objetivo. Podría ser interesante para ella aparecer en vestidos originales para ilustraciones de moda, utilizando un aparato menos ordinario que ofrecería clichés de una calidad netamente superior. Svetlana no había nunca imaginado. Dijo que lo pensaría. “Mientras, guardo mi cámara en mi saco”, había añadido. La visita terminada, dos turistas los habían abordado frente al edifico. En inglés, habían preguntado de qué manera podían pagar la entrada para visitar las alturas del Sacré-Cœur. ¿En efectivo o con tarjeta? Franck no había entendido nada. Como todo buen francés que se respeta, no conocía más que la lengua oficial del país. Mientras Svetlana lo miraba con sus grandes ojos azules y sonreía tiernamente, Franck les había respondido: “Sorry, I don’t speak english”. Él había comenzado a alejarse de ellos tan pronto como pudo. Svetlana se quedó en el mismo lugar. Ella había traducido la pregunta a Franck para que entendiera. Él se había volteado y estaba sorprendido de ver que ella aún permanecía cerca de ellos. Se acercó para decir lo que había visto antes: había una cajero automático para pagar con tarjeta de crédito y una taquilla con alguien que aceptaba el efectivo. Svetlana había traducido la frase con rapidez, bajo la mirada embelesada de Franck, que notaba que ella dominaba el inglés mejor que el francés. Estaba asombrado que con sólo veinte años esta joven hablaba tres idiomas. Él le había afirmado, por cierto, que en su compañía sería imposible de perderse en el extranjero, porque ella conocía el ruso, el inglés y el francés. Ella le había respondido en broma que sabía que era la mujer perfecta. En ese caso, deberían planear un viaje juntos. Franck había reflexionado, asombrado por esta reacción. Esta sugerencia no podía ser seria. En consecuencia, no había continuado la charla.
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