Cuatro días.

1745 Palabras
Valentina escucha. No porque quiera, sino porque las palabras de Gael caen con ese tono firme que no se disimula, con esa voz que no baja aunque se trate de un susurro. Las oye claras. Demasiado claras. Este no es un matrimonio por amor. Yo a su hija no la conozco. Se hará lo que haya que hacerse. El pecho se le tensa. Aprieta los labios y cierra los ojos apenas un segundo. Suspira hondo, como quien contiene algo que quiere salir a gritos. No va a regalarle una escena. No hoy. No aquí. Imbécil, piensa. Un imbécil sin modales. De esos que creen que la frialdad es sinónimo de poder. Se inclina hacia su madre y la besa en la mejilla con suavidad, como si ese gesto fuera un ancla, algo firme a lo que aferrarse. Luego se separan y la familia de la Vega vuelve a reunirse en un pequeño círculo silencioso. Nadie dice “felicidades”. Nadie sonríe de verdad. La realidad pesa demasiado como para fingir. Es Ágata quien rompe ese momento. — El vuelo sale hoy. — Dice, directa, sin rodeos. — A las seis de la tarde. Tienen poco tiempo para despedirse. — Su voz es correcta, pero su mirada no. Valentina la siente clavarse en ella, altiva, afilada, como si desde ya le marcara territorio. La reconoce al instante: es la misma mirada de cuando llegaron, la misma posición junto a Gael, la misma vibra de víbora paciente. No le gusta. Nada. Ágata no espera respuesta. Da media vuelta y se marcha, llevándose consigo ese aire de superioridad que deja un silencio incómodo detrás. Soledad resopla apenas se va. — Todos los rusos son así, qué gente tan maleducada… — Murmura. — Aunque bueno, Valentina… por lo menos tu esposo no es un viejo verde. Está guapísimo. — Camilo suelta una risa corta, sin humor. — Eso no nos asegura nada. — Dice. — Está guapísimo, sí, pero es un patán. ¿No viste todo lo que acaba de pasar? — La mira con seriedad, con esa mezcla de hermano protector y resignado.— Hermana, vas a necesitar mucha suerte… y mucha fuerza. Fuerza sé que la tienes, pero por favor… regresa rápido. — Valentina asiente despacio. Por fuera, calma. Por dentro, un nudo. Vuelve rápido. Todos dicen lo mismo. Como si fuera tan sencillo. Como si no implicara acostarse con un hombre al que no conoce. Como si traer un hijo al mundo fuera un trámite. Como si el cuerpo obedeciera contratos. Como si el miedo se apagara con voluntad. Lo hacen sonar fácil. Demasiado fácil y no lo es. Para nada. ♡ La despedida fue breve, más formal de lo que Valentina habría querido. Besos contenidos, abrazos que no terminaban de cerrarse del todo. Su familia se marchó con esa mezcla incómoda de alivio y preocupación que no se dice en voz alta. Cuando la puerta se cerró tras ellos, el silencio cayó como una losa. Valentina quedó sola en la sala. El espacio era demasiado grande, demasiado pulcro, demasiado ajeno. Mármol, líneas rectas, ventanales que miraban una Barcelona hermosa pero distante, como si no le perteneciera. Tomó asiento despacio, con la espalda erguida, las manos juntas sobre el regazo. Respiró hondo. No era su mundo. No todavía. Quizás nunca. Pero no podía permitirse flaquear. Necesitaba fuerza y la reunió. Ella trnia sus propios planes y a partir de ese momento los puso en marcha. Sintió la presencia antes de escuchar los pasos. Levantó la vista. — Disculpa. — Dijo con voz firme. — ¿Podría hablar con mi esposo un momento? Es importante. ¿Podrías decirme dónde está, por favor? — El hombre, el asistente de Gael —Abraham—, la observó apenas un segundo antes de asentir. — Sígame. — Caminaron por un pasillo silencioso. Cada paso parecía marcarle el terreno. El asistente se detuvo frente a una puerta, llamó una vez y la abrió sin ceremonia. Gael estaba dentro. Sentado, relajado de una forma peligrosa. No parecía esperarla. O tal vez sí, pero no le concedió ese gusto. Alzó la mirada apenas cuando ella entró. Valentina cruzó el umbral con la cabeza alta. Altiva. Impecable. Femenina en el sentido más controlado de la palabra. No era una mujer pidiendo permiso: era una mujer de negocios negociando su último movimiento. Él la miró. No demasiado. — ¿Sucede algo? — Preguntó, seco. — Sí. — Respondió ella sin apresurarse. — Necesito hablar contigo de algo. — Caminó despacio por la habitación, observando sin tocar nada, como midiendo el espacio. Luego se detuvo. — Hay una gala. — Continuó. — Dentro de cuatro días. Es importante para mí. Mi último compromiso profesional aquí. No puedo irme antes de que ocurra. — Gael no reaccionó. Sus dedos descansaban sobre la mesa, quietos. — Entiendo que el contrato ya empezó. — Añadió ella. — Y sé que para ti esto no tiene mayor relevancia. Pero para mí sí. Es… cerrar un ciclo. Después de la gala, iré a Rusia. Sin retrasos. — Hizo una pausa breve, calculada. — Te lo pido. — Entonces Gael la miró un poco más. No con interés. Con evaluación. Se levantó. Caminó despacio. Sus dedos tamborilearon una vez sobre la superficie cercana, un sonido seco, incómodo. — Está bien. — Dijo al fin. — Puedes quedarte. — Valentina sostuvo la respiración. — Pero, — Continuó él. — no es gratis. — Ella lo miró de frente. — ¿Cómo? — Una leve curva, casi imperceptible, cruzó su expresión. — Es un favor. — Dijo. — Uno que vas a pagar. — El estómago de Valentina se tensó. — ¿Pagar… cómo? — No lo sé aún. — Respondió él, tranquilo. — Ya lo sabrás. — Hubo un silencio denso. Ella dudó por primera vez si quedarse era realmente una victoria. — ¿Esto va a ser así siempre? — Preguntó entonces. — ¿Cobrándome cada cosa que te pida? Se supone que eres mi esposo. Aunque sea en ese papel. — Gael la observó sin suavizar la mirada. — Como mi esposa, — Dijo. — tienes derecho a algunas cosas. — Dio un paso hacia ella. No invadió su espacio. No hizo falta. — Y dentro de esas cosas no está quedarte en Barcelona haciendo lo que quieras. — Se giró, tomando distancia. — Cuando estemos en Rusia hablaremos de tus derechos y de lo que te toca. — Volvió a mirarla. — Te quedas en el penthouse. Habrá seguridad. No sales sin autorización. No improvisas. No te escapas. — Cuatro dedos se levantaron lentamente. — Cuatro días. Exactos. Cuando termine la gala, el jet estará esperándote. — La miró por última vez, duro, definitivo. — ¿Estamos claros? — Valentina no bajó la mirada. No se quebró. Pero entendió. — Sí. — Respondió. — Estamos claros. — Gael asintió una sola vez. Luego salió, dejándola sola otra vez. Ella permaneció de pie unos segundos más. Había ganado cuatro días y había perdido algo que todavía no sabía nombrar. A las seis de la tarde todo ocurre sin anuncio previo. Gael no alza la voz. No hace discursos. Simplemente se detiene frente a los suyos, los mira uno por uno y habla como quien dicta una sentencia que no se discute. — Valentina se queda. — Nadie pregunta nada. — Cuatro días. — Continúa. — No confíen en nadie más. De mi confianza explícita, aquí, solo Ágata… y tú. — Su mirada se posa en Abraham. — Te quedas con ella. Todo. Lo que sea. Si algo se sale de control, lo manejas. Te la encargo. — El asistente asiente sin titubear. — Nos vemos en cuatro días. — Las maletas de Gael ya están listas. No vuelve atrás. Se marcha con Ágata y parte de su seguridad como si el lugar dejara de existir en cuanto cruza la puerta. No hay despedida. No hay promesas. No hay noche de bodas. El penthouse queda en silencio. Valentina siente el cambio de inmediato. No es alivio, no del todo. Es una calma rara, tensa, como cuando el peligro se va… pero deja su sombra. Abraham la encuentra poco después. — El sol está por ponerse. — Le dice. — Desde la terraza se ve mejor. — Ella asiente, pero no va. Necesita encerrarse. Camina por el penthouse hasta encontrar una habitación que no se sienta invadida por su presencia. Cierra la puerta. Apoya la espalda. Respira. Luego va a sus cosas, busca su bolso, lo abre con manos precisas y saca el teléfono. Llama primero a su mejor amiga. — Estoy en Barcelona. — Dice apenas atienden. — Me quedé. Cuatro días. — Hay silencio al otro lado. Luego una voz que la conoce demasiado bien. — Voy para allá. — Después llama a su hermana. Le explica lo justo. Lo necesario. Nada más. Para cuando cae la noche, ya es un hecho: Valentina se quedó. La gala sigue en pie. No hay escándalo. No hay quiebres públicos. Ella hará lo que siempre hace. Hacerlo bien. Hacerlo perfecto. Cuando su mejor amiga llega, Valentina abre la puerta y por primera vez en todo el día se permite algo humano. El abrazo es largo. Apretado. Real. Se besan las mejillas. — Estás hermosa. — Le dice su amiga, mirándola de verdad. Y es cierto. Lo está. Pero Valentina no lo siente. Ese hombre… Ese hombre tan frío. Le erizaba la piel solo con estar cerca. Con mirarla. Con compartir el mismo espacio. No hacía nada en particular y aun así lo hacía todo. Su presencia era densa. Pesada. Cuando se ponía de pie, algo en ella quería retroceder, como si tuviera enfrente a un animal enorme, silencioso, que no necesita moverse rápido para imponerse y aun así… ella no retrocedía. Se mantenía firme. Eso la agotaba. Sirven dos copas de vino. Se sientan juntas. Valentina le pide que se quede con ella esa noche. Su amiga no lo duda. — Claro que me quedo. — No hay lágrimas. No hay confesiones dramáticas. Solo compañía. Calor. Un ancla. Al día siguiente, a primera hora, están en la casa de moda. Valentina entra como siempre entra: espalda recta, mirada segura, pasos firmes. Nadie nota la grieta interna. Nadie ve el peso de esos cuatro días contados. La gala sigue. El trabajo continúa. Ella hará lo mejor que puede. Siempre lo hace. Solo tiene cuatro días y una fuerza que tendrá que sostener sola.
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