No es ella.

1715 Palabras
Valentina despierta con hambre. Un hambre real, física, casi molesta. El cuerpo le pasa factura por la mala noche, por el insomnio, por la ansiedad que no la soltó ni un segundo. Abre los ojos y tarda unos instantes en recordar dónde está… y luego todo cae encima de golpe. Hoy. Se sienta en la cama, se pasa una mano por el rostro. La maleta no está hecha. ¿Para qué una maleta?, piensa primero, con una mueca amarga. Plata no le va a faltar. A los rusos —o a quien sea— le sobra dinero para comprarle absolutamente todo. Pero enseguida niega para sí misma. No. Tiene que llevar sus cosas. Las suyas. Lo mínimo que la ancle a quien es. Se levanta, se pone una bata y sale al pasillo. Pide que llamen al personal de la casa. No levanta la voz. No hace drama. Solo da instrucciones claras. — Una maleta pequeña. — Dice. — Solo lo importante. •Ropa interior. •Cremas. •Perfume. •Un par de portarretratos. •Fotos. •Cosas que no se compran. Nada más. Luego pide que su madre suba a su habitación y que Soledad no vaya a trabajar ese día. Ese día la casa entra en una pausa extraña, casi solemne. Todo gira alrededor de Valentina, aunque nadie lo diga en voz alta. Nadie sonríe. Nadie felicita. Nadie pronuncia la palabra boda con entusiasmo. El padre no aparece. Está encerrado en el despacho, hablando con abogados, resolviendo papeles, cláusulas, firmas. Cumpliendo su parte como si se tratara de cualquier otro negocio. Arriba, en cambio, están ellas. Valentina, su madre y Soledad. La habitación se siente distinta. Más pequeña. Más cargada. — No tengo vestido. — Dice Valentina de pronto, sentándose en la cama. — Lo resolvemos. — Responde Soledad sin dudar. — No voy a mandar a hacer nada. — Aclara Valentina. — No voy a arreglarme para un hombre que no conozco. No tengo que impresionarlo. Si va a casarse conmigo, que me acepte como soy. — Soledad la observa un segundo… y asiente. — Estoy de acuerdo. — Va al clóset. Revisa perchas, telas, colores. Hasta que saca un vestido blanco. No es de novia. No lo pretende. Es un vestido sencillo, pulcro, ceñido al cuerpo, por encima de la rodilla. Blanco limpio. Elegante sin esfuerzo. Sin promesas falsas. — Este. — Dice. — Es perfecto. — Buscan un peinado en internet. Algo simple. Algo sobrio. Nada recargado. Mandan a pedir un tocado pequeño. Cortan rosas del jardín. No compran nada nuevo. No gastan. No dramatizan. Todo se resuelve con lo que ya existe. Como si esa boda no mereciera más que eso. A las tres de la tarde, todo está listo. Dos autos esperan. En uno van Valentina, su madre y Soledad. En el otro, su padre y Camilo. El trayecto es silencioso. Cuando llegan, Valentina siente el golpe. No es una iglesia. No es un juzgado. Es un penthouse. Alto. Moderno. Imponente. Suben. El ascensor parece eterno. Al abrirse las puertas, aparece una sala amplia, elegante, perfectamente ordenada. Una mesa grande ocupa el centro, preparada para hablar de lo que se tenga que hablar. Documentos. Copas. Todo medido. Y él está ahí. Gael. Impecable, como siempre. No de n***o absoluto. Camisa blanca, perfectamente planchada. Traje oscuro. Un pañuelo blanco en el bolsillo del saco. Sobrio. Caro. Letalmente elegante. Guapo sin esfuerzo. A su derecha, Ágata. Recta, atenta, observándolo todo. Cerca, su asistente. Profesional. Silencioso. Abogados listos. Seguridad discreta. Todo está calculado. Uno de los guardias se adelanta, habla por el comunicador. — Ya están aquí. — El aire cambia. Valentina se queda quieta un segundo antes de dar el primer paso. Siente el peso en el pecho. La garganta cerrada. El presentimiento de que, a partir de ese umbral, nada vuelve a ser suyo del todo y entonces avanzan. ♧ Mas o menos media hora antes... Gael se termina de ajustar el gemelo del puño izquierdo antes de tomar el frasco de loción. El gesto es mecánico, aprendido. No hay prisa. La extiende sobre la palma y la pasa por el antebrazo, luego por el hombro, subiendo hasta el pecho. Cuando sus dedos presionan cierta zona, el músculo se tensa apenas. Duele. No es un dolor nuevo. Es profundo, localizado, exacto. La marca de una mordida. La memoria llega antes que la imagen. La noche. La oscuridad. El peso de un cuerpo más pequeño, firme, decidido. Gael esboza una sonrisa breve, casi imperceptible. No es nostalgia. Es reconocimiento. Le gusta recordar que no todo fue control, que hubo un instante en que alguien se atrevió a tocarlo, a morderlo, a marcarlo sin pedir permiso. Se coloca la camisa blanca, impecable. El pañuelo en el bolsillo del saco está perfectamente doblado. Todo en su lugar. El hombre que sale al salón es Gael Santoro: líder, cabeza visible, dueño del espacio. El guardia anuncia su llegada. Gael no sonríe. Avanza con paso seguro hasta quedar frente al hombre que espera rígido junto a su familia. No extiende la mano de inmediato; primero lo observa, lo mide. Luego sí. — Señor de la Vega. Mucho gusto. — Dice, con voz grave, perfectamente impostada. — Gael Santoro. — No hay apellido de más. No hay títulos. No hace falta explicar quién es. En esa sala todos lo saben. — El motivo de este encuentro también es claro para ambas partes. — Continúa. — Así que, si le parece bien, procederemos sin rodeos. — El padre de Valentina asiente de inmediato. Un gesto casi automático. — Por supuesto. Mi familia… — Hace un ademán. — mi esposa. Mis hijos. Y mi hija. — Valentina da un paso mínimo al frente. No baja la cabeza. No sonríe. No se presenta. No se le exige. Gael apenas inclina la cabeza en señal de reconocimiento. Profesional. Correcto. Distante. Ágata observa el intercambio con atención quirúrgica. — ¿Todo está conforme? — Pregunta Gael, ya girándose hacia el notario. — Sí, señor Santoro. — Eesponde el hombre. — Podemos iniciar la ceremonia. — Bien. — Dice Gael. — Entonces procedamos. — Nada más. El resto ocurre como un trámite: palabras legales, fechas, cláusulas disfrazadas de formalidades. Valentina responde cuando debe. Su voz es firme. No tiembla. Soledad aprieta los dedos sobre el regazo, conteniéndose y entonces llega ese momento. — Puede besar a la novia. ■■■ — Puede besar a la novia. — Gael se vuelve hacia Valentina. Da un paso. Ella también. La cercanía es la misma. Exactamente la misma. Valentina alza la mano y la apoya sobre su pecho, con un gesto automático, casi educado. Sus dedos se posan a la misma altura, en el mismo punto donde, horas atrás, otras manos lo tocaron en la oscuridad. El cuerpo de Gael se tensa. No es un recuerdo nítido. Es una sensación. La distancia corta. La necesidad de inclinarse. El peso de un cuerpo más bajo frente al suyo. La presión de una mano abierta sobre su pecho obligándolo a bajar la cabeza. Tiene que hacer el mismo esfuerzo: agacharse apenas, medir el movimiento, controlar el impulso de acercarse más de lo debido. Por un segundo, la escena se superpone. No porque crea que sea la misma mujer. No porque la reconozca. Sino porque su cuerpo sí reconoce la postura, la cercanía, el gesto. La diferencia es brutal: ahora hay luz, hay rostros, hay testigos. La mujer frente a él está sobria, quieta, ajena. Sus ojos no dicen nada que él haya visto antes y aun así, el eco permanece. Valentina no siente nada extraño. Para ella es solo un beso correcto, breve, necesario para cerrar el trámite. No hay memoria, no hay sobresalto, no hay sombra. Gael la besa como corresponde. Sin prisa. Sin exceso. Pero cuando se separa, entiende algo con una claridad incómoda: No es ella. No sabe quién fue la otra y aun así, ese gesto —esa cercanía exacta— ha despertado el mismo registro en su cuerpo. Como si la noche anterior hubiera dejado una marca que no depende de nombres ni de rostros. El aplauso irrumpe como un golpe seco. La madre de Valentina es la primera en hacerlo, con entusiasmo genuino, como si acabara de presenciar una boda por amor y no un acuerdo firmado con tinta y cláusulas. El sonido arrastra a otros aplausos tímidos, desordenados. Los novios se separan. Valentina gira el rostro apenas y le dedica a su madre una sonrisa breve, tranquila, casi agradecida. Luego se da la vuelta y camina hacia su familia, con paso firme, sin mirar atrás. Gael no puede evitar seguirla con la mirada. El vestido blanco, ceñido, marca cada curva con una precisión que no busca provocar… pero provoca. La caída de la tela sobre su cadera, el balance natural al caminar, los tacones elevándola lo justo para que su silueta se vea aún más definida. Ese trasero redondo, firme, alejándose. Otra vez. El mismo maldito eco. La misma sensación absurda de déjà vu que no tiene lógica ni permiso. Gael frunce apenas el ceño y sacude la cabeza, como si pudiera expulsar el recuerdo con un gesto físico. Se recompone al instante. Se gira para estrechar la mano del notario. Profesional. Impecable. Luego enfrenta a Rogelio de la Vega. El hombre duda un segundo antes de inclinarse hacia él y hablar en voz baja, casi suplicante: — Señor Santoro… cuide de mi hija. Ella… — Gael no lo deja terminar. Su expresión no cambia. Su voz es grave, firme, absolutamente carente de emoción. — Señor de la Vega. — Dice. —:Este no es un matrimonio por amor. Yo a su hija no la conozco. — El silencio alrededor se vuelve incómodo. — Se hará lo que haya que hacerse, exactamente como lo indica el contrato. Rusia la devolverá en el tiempo pactado, cuando ella cumpla su parte. Puede estar seguro de eso. — No hay promesas. No hay consuelo. Solo hechos. Gael da un paso atrás, asiente con cortesía mínima y se da la vuelta. Sus pasos resuenan sobre el mármol del penthouse mientras abandona la sala, dejando atrás a una familia que aún no termina de entender en qué acaba de meterse y una esposa que, sin saberlo, ya ocupa demasiado espacio en su cabeza.
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