Una promesa.

1368 Palabras
El día transcurre… normal. Tan normal como puede serlo cuando el cuerpo no ha vuelto del todo. Valentina llega a la casa de modas pasada la una. Nadie pregunta demasiado. Ella entra, saluda, se reintegra como si nada. Lleva cuello alto, manga larga, telas gruesas. Todo cubierto. Todo contenido. Por fuera. Por dentro, no. Camina entre mesas de corte, maniquíes, rollos de tela. Escucha informes. Asiente. Hace anotaciones. Da instrucciones claras. Profesional. Precisa. Pero cada paso que da le recuerda la noche anterior. El modo en que sus muslos rozan al caminar le provoca una punzada lenta, profunda. Una memoria que no se ha ido. Su cuerpo aún sabe. Aún recuerda. — …y el nuevo proveedor nos entrega el activo la próxima semana… — Valentina cierra los ojos un segundo. No ve nada. Siente. El peso. El calor. La presión exacta que aún vibra dentro de ella. Abre los ojos de golpe. Traga saliva. Su intimidad palpita. Literalmente. Como si tuviera pulso propio. Como si algo ahí dentro se despertara cada vez que su mente traiciona su intención de concentrarse. Toma aire. — Sí, — Dice. — sigamos con eso. — Pero no sigue. — Mientras escucha sobre costos y diseños, su cabeza se llena de sensaciones: el recuerdo de unos dedos grandes marcando su piel, la manera en que su cuerpo respondió sin pedir permiso, cómo se arqueó, cómo se entregó. Se sonroja sola. Cruza las piernas. La humedad la incomoda. La sorprende. La excita. Dios… Si hubiera sabido que su primera vez sería así… Si hubiera sabido que el sexo se sentía así… ¿Habría esperado tanto? El pensamiento la sacude. Se aclara la garganta. Cambia de tema. Se obliga a volver al presente. Pero su cuerpo no coopera. Toda la tarde es así. Un tironeo constante entre la mujer responsable y la que despertó esa madrugada bajo un cuerpo musculoso que no vio, pero que siente todavía. Suspira más de lo necesario. Bebe agua. Respira hondo. Nada se va. Cuando finalmente llega a casa, está agotada. Mentalmente. Físicamente. Durante la cena, su padre está serio. Demasiado. — Llegó el documento. — Dice, dejando el sobre sobre la mesa. Valentina deja los cubiertos. El estómago se le cierra. — ¿Qué documento? — La notificación oficial. — Responde él. — Hora, fecha y lugar de la ceremonia civil de compromiso. — No termina de masticar. Agarra el documento. — ¿Puedo verlo? No espera respuesta. Va directo al sobre. Suspira. Abre el sobre. Lee. Fecha. Lugar. Recepción privada. Ceremonia solemne. Y luego, la línea que le quema los ojos: La prometida deberá tener su maleta lista para viajar a Rusia inmediatamente después de la firma del contrato y del acta matrimonial. El aire se le atasca en el pecho. Rusia. Lejos. Frío. Ajeno. Aprieta el papel entre los dedos. No hay nombre. No hay rostro. No hay nada. Solo la certeza de que alguien —un hombre sin identidad— está a punto de controlar su vida desde otro continente. Siente un nudo duro en el pecho. Maldice en silencio. ¿Por qué no dice quién es? ¿Por qué tiene que esperar hasta mañana para saberlo? ¿Por qué no puede negarse? Lee la última línea. No hay opción de rechazo. Valentina cierra los ojos y deja que el recuerdo del cuerpo anónimo que la tocó la noche anterior no la excite. La calme un poco. Porque al menos ese desconocido… lo eligió ella. ◇ Luego de leer el papel la noche es pésima. No hay otra palabra. Valentina lleva una pijama larga, gruesa, demasiado abrigada para el clima, como si el frío que siente no viniera del aire sino de adentro. Está sentada en el balcón, las piernas recogidas, una copa de vino entre las manos. No bebe por placer. Bebe por inercia. La ciudad afuera sigue viva. Luces. Autos. Ruidos lejanos. Todo continúa como si nada. Ella no. Soledad aparece sin hacer ruido. Se sienta a su lado. No pregunta. No toca. Solo está. Pasan varios minutos así. El vino baja un poco en la copa. El silencio pesa, pero no incomoda. Es un silencio que ambas conocen demasiado bien. Después llega Camilo. Se apoya en la baranda primero, mira a Valentina, luego toma una silla y se une a ellas. Tampoco habla de inmediato. Es él quien rompe el silencio. — Vamos a estar contigo. — Dice, con la voz firme, como si necesitara convencerse a sí mismo. — Pase lo que pase, no vas a estar sola. — Valentina no responde. Mira al frente. Trata de no pensar. Trata de no imaginar un rostro, un nombre, un país que no siente suyo. Pero todo pesa. El miedo. La ansiedad. Esa zozobra constante que no se va. — ¿Por qué? — Pregunta al fin, casi en un susurro. — ¿Por qué papá nos hizo esto? — Soledad baja la mirada. — No es tan simple. — Dice. — No tenemos dinero para pagar esa deuda. Ni vendiendo la casa de modas. — Valentina la mira, desesperada. — ¿Y si… no sé… vendemos algo? ¿Acciones? ¿Locales? — Soledad niega con la cabeza. — Ya investigué. Papá tuvo años para saldar parte de la deuda. No lo hizo. Y ahora exigen que se cumpla el contrato original. Rusia no quiere dinero. No quiere acciones. No quiere activos. — Hace una pausa. — Quiere lo que quiere, ejemplo para sus otros clientes. — Valentina traga saliva. — ¿Y qué es eso? — Soledad la mira directo. — Te confieso algo. — Dice. — De todo esto, no me molesta que te cases. — Valentina gira el rostro hacia ella, horrorizada. — ¿Cómo puedes decir eso? — Espera. — La corta Soledad. — Lo que importa no es el matrimonio. Lo que importa es que esa gente es cruel. Quiere nuestra sangre. Quiere la certeza de que papá va a seguir enviando dinero, que nuestra familia siempre va a estar atada a ellos. — Respira hondo antes de continuar. — ¿Sabes lo que significa que exijan un hijo? — El mundo se detiene. — Quieren un hijo de nuestra sangre. — continúa. — Alguien que pertenezca a su mafia. En dos años tú podrías volver… pero tu hijo no. — Valentina siente náuseas. No había pensado en eso. No en serio. Un bebé. Un hijo. Algo que nazca de ella… sin amor, sin elección, sin siquiera conocer al hombre. Se pone de pie de golpe. Camina de un lado a otro del balcón. Se pasa las manos por el cabello. Respira agitada. — Esto es horrible. — Murmura. — Todo esto es horrible. — La rabia sube. Densa. Negra. — Es culpa de papá. — Dice, ya sin contenerse. — Él sabía lo que hacía. Hacer negocios con la mafia rusa siempre tiene letras pequeñas. Esa gente no deja ir a nadie. Se alimenta del miedo, de contratos tramposos, de familias como la nuestra. — Aprieta la copa. — ¿No había nadie más a quien pedirle dinero? ¿Nadie? — Vacía la copa de vino de un solo trago. — Maldita sea… — Se gira hacia sus hermanos. — Voy a volver. — Dice, con una convicción que sorprende incluso a ella. — Claro que voy a volver. Y cuando regrese, voy a regresar con mi hijo y con mi dignidad intacta. — Camilo frunce el ceño. Soledad no dice nada. — Es eso o morirse. — Continúa Valentina. — Porque nadie me va a quitar lo que es mío. Ese hijo va a ser mío. Yo no puedo traer un hijo al mundo y abandonarlo. No tengo corazón para eso. — Respira hondo. — Voy a leer ese documento. Voy a hacer lo que tenga que hacer. Pero voy a regresar. Y ustedes van a estar bien. Todo va a estar bien. — Es una promesa. Una que Valentina no sabe si podrá cumplir. Una que Soledad sabe, en el fondo, que es casi imposible. Aun así, Camilo se levanta. Soledad también. La rodean. Se abrazan los tres. No hay certezas. Solo el intento desesperado de darse esperanza y por esa noche… eso tiene que bastar.
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