Después hubo más.
Mucho más.
No de una forma ordenada ni bonita, sino como una tormenta que no sabe cuándo parar. El tiempo se diluyó. Los cuerpos se buscaron una y otra vez, sin palabras, sin relojes, sin consciencia clara de dónde empezaba uno y terminaba el otro.
Cuando todo acabó de verdad, Valentina estaba exhausta.
La piel caliente, húmeda, pegajosa. El vestido perdido en algún punto del suelo. El corazón aún golpeándole el pecho con fuerza irregular.
Él cayó sobre ella poco después. Pesado. Tibio. Rendido.
Un cuerpo grande, musculoso, completamente vencido por el cansancio.
Valentina se quedó quieta varios minutos, mirando la nada.
Respirando.
Curiosamente, la borrachera se le había ido por completo. Como si el cuerpo la hubiera expulsado a golpes. Diez minutos más tarde, sentada al borde de la cama, con los pies en el suelo frío, pensó con claridad por primera vez en horas.
Fue intenso y luego, como un latigazo:
Tengo que irme.
La idea la atraviesa entera.
¿Qué hacía ahí?
¿En qué momento…?
El pánico sube rápido. Demasiado rápido. Se levanta de golpe, mareada, y choca con el muro de huesos que duerme a su lado. Él se mueve apenas, gruñe algo ininteligible. Valentina lo empuja como puede, con torpeza, con urgencia, hasta hacerlo rodar hacia el otro lado de la cama.
No lo mira.
Recoge su ropa a ciegas. Se pone el vestido mal, sin cerrar bien. Busca los tacones con desesperación, los encuentra separados, se los calza sin importarle si le duelen. Sale de la habitación casi corriendo.
Los pasillos están extrañamente vivos y muertos al mismo tiempo.
Gente tirada en sillones, en el suelo, junto a la piscina. Cuerpos dormidos, risas apagadas, música aún flotando en el aire como un eco cansado. Nadie la mira. Nadie la detiene.
Llega a la puerta principal.
Coches por todas partes. Ninguno es el de su amiga. Ninguno es suyo.
Saca el teléfono. Pide transporte. Espera. Nada.
Vuelve a pedir. Nada.
El pánico escala.
Su mirada va del interior de la casa a la salida.
Interior. Salida.
Interior. Salida.
Mira hacia arriba, a los balcones, como si alguien pudiera estar observándola.
Si sale…
No quiere saber quién es. No quiere ponerle rostro.
Mejor así. Mejor no saber.
Esto es mejor que entregarme al cabrón con el que me voy a casar.
La decisión es brusca. Definitiva.
Sale caminando.
El portón es enorme, pero hay una hendidura lateral, estrecha, pensada para el movimiento constante de la casa. Se cuela por ahí sin mirar atrás. Una vez afuera, vuelve a pedir transporte. Esta vez sí. Dos minutos.
Cuando el coche llega, se sube sin respirar tranquila hasta que la puerta se cierra.
El trayecto se le hace eterno.
Llega a su casa cerca de las siete de la mañana.
Entra por la puerta trasera. Se cruza con empleados madrugadores, con miradas curiosas. A cada uno le hace un gesto rápido, suplicante. Una mano levantada. Silencio. Por favor.
Sube a su habitación como puede.
Cierra la puerta.
Entonces, se apoya en ella y se deja caer un poco.
No llora. No todavía.
Solo se siente sucia.
Pesada.
Como si hubiera dejado algo atrás… y no estuviera segura de querer recuperarlo.
□
El celular vibra una vez.
Luego otra.
Luego insiste.
Gael no es un hombre que se despierte temprano. Es un hombre que se acuesta1 tarde. Muy tarde. Así que a las ocho de la mañana, el sonido le taladra el cráneo como una ofensa personal.
Gruñe.
Palpa a ciegas.
Encuentra el teléfono dentro del pantalón tirado en el suelo.
— ¿Qué carajo…? — Su voz sale grave, áspera, cargada de sueño y mal humor.
Del otro lado, silencio breve. Demasiado largo para ser normal. — ¿Qué están haciendo? — Espeta. — ¿Por qué me llaman a esta hora? — La respuesta lo despabila a medias.
No.
No están en la casa.
Frunce el ceño. Abre los ojos de verdad por primera vez. Mira alrededor. La habitación no es suya. El techo no es suyo. Las cortinas no son suyas. Gira la cabeza lentamente.
La cama está vacía.
No hay rastro de la chica de caderas amplias. Ni del vestido. Ni de la risa baja. Ni del calor. — ¿Qué hora es? — Pregunta, ya más despierto.
Se la dicen.
Gael se incorpora de golpe. — Voy para allá. — Cuelga sin despedirse.
Se levanta, empieza a buscar su ropa con movimientos secos, todavía recomponiendo recuerdos fragmentados. Entre el pantalón y la camisa encuentra algo pequeño, liviano. La braga.
La mira un segundo.
Sonríe apenas.
La lleva a la nariz sin pensarlo. Huele a piel. A sudor leve. A algo dulce y vivo. La guarda en el bolsillo con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo.
Sale de la habitación sin llamar la atención. La casa ya no es la locura de horas antes. Hay cuerpos dormidos en sillones, gente tirada cerca de la piscina, restos de una noche que se resiste a morir del todo.
Un coche lo espera afuera.
Se sube.
No mira atrás.
Cuando llega al penthouse donde se está quedando, pide algo de tomar antes incluso de sentarse. El ambiente es distinto. Más rígido. Más tenso. Su equipo está ahí. Demasiado atento.
Ágata es la primera en hablar.
— No puedes salir una noche y desaparecer — Le dice, contenida pero firme. — ¿Entiendes lo que está en juego? — Gael la mira.
Despacio.
Con una calma peligrosa.
— ¿Qué está en juego? — Pregunta. — No pienses con tus hormonas. Puedo divertirme una noche, ¿O no?
— Sí, pero no puedes desaparece. — Insiste ella. — No así. — Él deja el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
— Yo no desaparecí. Para algo les pago. A todos ustedes. Para que sepan dónde estoy. Para que me sigan. Para que hagan su trabajo. — La voz le baja, pero pesa más. — Si algo me pasa, es culpa de ustedes. No mía. Yo puedo moverme como se me dé la gana. En Barcelona o donde sea. — Silencio.
Ágata aprieta los labios. Asiente.
— Tienes razón. — Dice. — Lo siento. — Gael hace un gesto con la mano.
— Lárgate. — Ella obedece.
El asistente —Abraham— está ahí. Gael lo mira mal.
— ¿Y tú qué carajo quieres?
Abraham le extiende un folder.
— La información que pidió sobre su prometida. Y… todo está listo para la boda. Mañana.
Gqael no responde. Solo extiende la mano, toma el folder y hace otro gesto seco para que se vaya.
Cuando por fin queda solo, entra a su habitación. Se quita la ropa. Se mete a la ducha. El agua caliente le afloja los músculos, le apaga un poco la furia, pero no el cansancio.
Sale en bata. Se deja caer en la cama. Abre el folder sin ganas.
Lee sin leer.
Casa de modas.
Valentina de la Vega.
No le dice nada. No le provoca nada.
Cierra el folder.
Cierra los ojos y se queda profundamente dormido otra vez...
◇
Valentina hace exactamente lo mismo que siempre hace cuando algo la sobrepasa.
Llega.
Se baña largo. Demasiado largo.
Deja que el agua se lleve el olor ajeno, el sudor, la noche.
Se pone una camiseta vieja, sin ropa interior.
Se mete en la cama y cae.
No sueña. No piensa. Su cuerpo se apaga como si alguien hubiera bajado un interruptor.
Cuando se despierta no es por voluntad propia.
— ¡Valentina! — La voz la atraviesa, pero no la saca del todo. Hay golpes suaves en la puerta. Insistencia. El considerarse. — Vale, abre. Por favor. — La puerta se abre igual.
Camilo entra con el celular en la mano, el ceño fruncido, la preocupación escrita en la cara. — No fuiste a la casa de modas. Te están llamando desde las once. ¿Qué te pasa? — Ella está tirada en la cama, atravesada, una pierna fuera de las sábanas, el cabello enredado. Dormida a sus anchas. Exhausta.
Camilo se acerca un paso… y se detiene.
Los brazos.
Los ve primero ahí.
Moretones.
Marcas de dedos.
Oscuras. Evidentes.
Traga saliva. — Valentina… — Su voz baja. — ¿Qué te pasó? — Sin pensarlo, le quita las sábanas de golpe y entonces lo ve todo.
Chupetones en el cuello.
Marcas en el pecho.
Mordidas.
Señales claras, violentas, imposibles de ignorar. — Hermana… — Dice, escandalizado. — ¿Qué carajo…? — El movimiento brusco la despierta.
— ¿Qué…? — Parpadea. — ¿Qué pasa? — Intenta incorporarse. El cuerpo protesta entero. Todo le duele. Hasta respirar le pesa. — ¿Qué estás hablando? — Murmura, confundida.
Camilo va al tocador, toma el espejo y vuelve. Se lo pone frente al rostro.
— Mírate. — Valentina enfoca lento.
Su cara está bien. Sus ojos, cansados, pero suyos.
Baja un poco más.
El cuello.
El pecho.
Se queda inmóvil.
— Mierda… — Susurra.
Intenta levantarse de la cama.
Error.
Las piernas no responden. El dolor íntimo la traiciona. Se desploma con un golpe seco contra el suelo.
— ¡Auch! — Se le escapa, más de sorpresa que de fuerza.
Camilo corre.
— Tranquila, tranquila. — Dice, ayudándola a incorporarse. — Ven, despacio. — La sienta de nuevo en la cama. Ella respira hondo, apretando los dientes.
— Me duele todo… — Admite.
Camilo la mira, serio ahora. Dolido.
— ¿Follaste? — Pregunta, sin rodeos. — Valentina, te vas a casar. ¿Qué hiciste? — Ella levanta la mirada. No esquiva nada.
— Sí. — Dice. — Follé. — Silencio. — Follé y no sabes lo bien que estuvo. — Continúa, cruda. — El tipo es un animal. Y ¿Sabes qué? Me encantó. Toda la madrugada me folló sin contemplaciones y lo disfruté mucho. — Camilo abre la boca, pero ella no le da tiempo. — No me arrepiento. De nada. Estoy cansada, molida… pero prefiero esto a casarme pasado mañana y no saber a quién carajo le voy a entregar mi virginidad. Si va a ser un viejo decrépito. Si va a ser alguien que me compre como si fuera una tela más. — La voz se le quiebra. — Esto lo hice porque quise, hermano. Porque decidí. — Las lágrimas llegan tarde, pero llegan fuerte. — ¿Por qué tengo que casarme con un desconocido? — Rompe. — ¿Por qué no sé qué va a ser de mi vida? ¿Por qué no sé si voy a dejar de ser quien soy? ¿Si voy a perderlos a ustedes? ¿Mi casa? ¿Mi nombre? — Se tapa la cara con las manos. — Fue un impulso… había un hombre mirándome… y yo solo… yo solo quise elegir algo por mí. — Camilo no dice nada al principio. Luego se sienta a su lado. La rodea con los brazos.
— Hey… — Murmura. — Tranquila. Respira. — Ella se quiebra del todo, apoyando la frente en su pecho. — Te entiendo. — Dice él, finalmente. — No te juzgo. Está todo bien, hermana. Estoy aquí. — Y Valentina llora.
Por primera vez en días.
No por culpa.
Por miedo.
Por alivio.