After party.

1564 Palabras
La casa es descomunal. Una de esas mansiones que no aparecen en mapas comunes, escondida tras muros altos y vegetación perfectamente cuidada. Desde fuera ya se oyen los bajos de la música. Desde dentro, la noche palpita. Piscina iluminada con luces de neón azules y violetas. Cuerpos mojados, risas altas, copas alzadas. Hombres en camisas abiertas, relojes caros. Mujeres con vestidos mínimos, piel brillante, movimientos lentos. Mesas repletas de botellas, bandejas de cristal, líneas que desaparecen rápido. Todo está permitido. Nadie pregunta. La amiga de Valentina la lleva del brazo, abriéndose paso como quien conoce el terreno de memoria. — Relájate. — Le dice al oído. — Aquí nadie juzga. — Valentina asiente, aunque ya siente el cuerpo pesado, caliente. Está muy tomada, lo sabe, pero su postura sigue ahí: espalda recta, mentón en alto. Elegante incluso cuando el mundo le da vueltas. Observa la piscina. El reflejo de las luces en el agua. La música que se mete en el pecho. El ambiente cargado, denso, masculino. Le resulta extraño… y excitante, aunque no se lo permita del todo. Su amiga no tarda en desaparecer entre conocidos, risas, abrazos. Valentina queda sola por primera vez en la noche. Respira hondo. El mareo vuelve, más fuerte. — Necesito un baño… — Murmura para sí. Se adentra en la casa. El ruido queda atrás. Pasillos amplios, luces bajas, puertas cerradas. Abre una. No es. Otra. Tampoco. Sigue avanzando, descalzándose mentalmente del mundo exterior. No sabe que, desde el otro extremo del pasillo, alguien la ha visto. Gael llegó antes. La fiesta no le sorprende; este tipo de excesos le resultan casi aburridos. Va con la mujer que lo ha acompañado toda la noche, una mano en su cintura, la promesa tácita de privacidad más tarde. Pero entonces la ve. De espaldas. Los mismos tacones. El mismo vestido. Las mismas caderas que ya había registrado antes. Mierda… esas piernas. No le ve el rostro. No le importa. Sabe que es ella. Se detiene. Observa cómo abre una puerta, luego otra. Cómo se tambalea apenas, sin perder del todo la dignidad. Algo en ese equilibrio frágil lo enciende. Se inclina hacia su acompañante y le dice algo corto, firme. Ella entiende. Siempre entienden. Se aparta sin drama, sin escena. Gael espera un segundo. Luego empieza a seguirla. Valentina encuentra una habitación vacia y entra casi de inmediato. Cierra la puerta tras de sí. Entra al baño, la luz blanca la golpea. Se inclina sobre el lavabo, respira, hace lo que tiene que hacer. Se lava la cara. El reflejo le devuelve unas mejillas encendidas, los ojos brillantes, cansados. — No debí venir… — Susurra. — ¿Qué estoy haciendo aquí? — El vértigo vuelve cuando cierra los ojos. Una sensación pesada, como de sueño profundo. No está hecha para beber así. No para perder el control. Sale del baño. La habitación está en penumbra y ahí está él. Una figura grande, sólida, ocupando el espacio como si siempre hubiera estado ahí. Valentina se detiene. No distingue su rostro. Solo siente la presencia. El aire cambia. Cierra la puerta del baño. La habitación queda aún más oscura. Da un paso. Luego otro. — ¿Eres tú? — Pregunta con voz suave, pastosa. — ¿Eres tú el que me miraba? — Se acerca más. Sus manos, pequeñas, inseguras, alcanzan primero su pecho. Duro. Firme. Sube un poco más, hasta sus hombros. Es todo lo que puede alcanzar, incluso con tacones. Él es demasiado alto. Demasiado grande. — Me estabas mirando… ¿Cierto? — Insiste, riéndose apenas. Gael baja un poco la cabeza para oírla mejor. Su voz es grave, tranquila. — Sí. — Responde. — Te estaba mirando. — Hace una pausa mínima. — Tienes un lindo trasero. — Valentina suelta una risa baja, desinhibida. No se ofende. No se aparta. Al contrario, se acerca un poco más, apoyando mejor las manos en él. Levanta el rostro. No ve sus ojos, pero sabe que la está mirando. — Entonces… — Murmura. — ¿Vas a besarme o solo vas a mirarme toda la noche? — Y ahí se queda el instante. Suspendido. Oscuro. A punto de romperse. El beso cae como un golpe. No es suave. No es tímido. Es urgente, torpe de deseo, de bocas que se encuentran sin permiso. Valentina apenas tiene tiempo de reaccionar antes de que él la tome del rostro, firme pero sin brusquedad, como si necesitara asegurarse de que es real. Ella gime bajo el beso. Un sonido bajo, involuntario. Las manos de él bajan, seguras, directas, y cuando atrapan su trasero la levanta sin esfuerzo, como si no pesara nada. Valentina suelta una risa ahogada que se pierde entre sus labios y enrosca las piernas alrededor de su cintura por puro instinto. — Dios… — Murmura sin saber por qué. Él camina con ella así, a oscuras, guiándose más por la memoria del espacio que por la vista. Sus bocas no se separan. Tropieza con la cama, se deja caer sentado, y ella queda sobre él, suspendida, abrazándolo, aferrada a su cuello como si ahí estuviera el centro del mundo. El aire es espeso. Caliente. Las sombras lo cubren todo. No se ven bien. No se ven casi nada. Pero se sienten. Las manos de él recorren su espalda, bajan, suben, buscan piel bajo la tela. La ropa empieza a desaparecer sin que ninguno recuerde cómo. Un tirante cae. Un cierre baja. Un vestido se desliza como si también quisiera huir. Valentina no dice que no. No dice nada. Solo respira fuerte, temblorosa, entregada a esa forma en que la toca. Él se mueve con una mezcla peligrosa de control y cuidado. Se arrodilla sobre la cama y ella queda frente a él acostada, apenas sostenida por sus manos. La observa… o intenta hacerlo. La oscuridad le niega los detalles, y eso lo vuelve loco. — Mierda… — Susurra. Cierra los ojos. Entonces toca. Como si quisiera memorizarla. Como si la vista no importara. Sus manos recorren cada curva con una lentitud casi reverente. La cintura estrecha. Las caderas llenas. El contraste perfecto. Un cuerpo pequeño, pero firme, caliente, vivo. Un reloj de arena humano que se le queda grabado bajo las palmas. Valentina suspira. Se le escapa un gemido cuando él pasa los pulgares por su piel con una delicadeza que no esperaba de alguien tan grande. — Hueles tan bien… — Murmura él cerca de su cuello. — Joder… hueles delicioso. — Ella se estremece. — Tu piel… — Continúa, como si hablara más para sí. — Suave… firme. — La besa de nuevo, lento esta vez. Profundo. Como si no tuviera prisa, como si el mundo se hubiera detenido ahí, en esa habitación oscura donde nadie tiene nombre ni pasado. — Me encantas… — Dice contra sus labios. — Muchachita. — Valentina no piensa. No duda. Solo se deja sostener, tocar, envolver por ese hombre enorme que la trata como si fuera frágil y deseable al mismo tiempo. Respiran juntos. Arden juntos y por primera vez en días… ella deja de sentir miedo. ♡ Al momento de unirse. De volverse uno solo. Él lo siente de inmediato. No sorpresa. Resistencia. Un muro compacto que lo frena justo cuando su cuerpo ya iba decidido. No se detiene por falta de ganas; se detiene porque la siente a ella. Valentina se tensa. No se aparta. Gime bajito, ahogado, como si el sonido se le quedara atrapado en la garganta. La respiración se le rompe en fragmentos cortos, irregulares. Se queda rígida, con las manos clavadas en sus hombros. Él no retrocede. Tampoco avanza. — Shh… — Murmura, cerca de su oído. — Tranquila. Respira. — Sus manos no la sueltan. La sostienen. Le habla despacio, con voz baja, casi perezosa, como si el tiempo no importara. —Eso… así. Relaja. No corras. — Ella toma aire. Lo suelta. Vuelve a hacerlo. Le duele. Se nota. Pero no se va. — Puedo parar — Dice él, como quien tantea terreno, sin convicción real. — Si quieres. — Valentina niega de inmediato. No duda. — No. — Él sonríe apenas, aunque ella no lo ve. — ¿Seguro? — Insiste, más suave. — No tienes que hacerlo. — Ella aprieta los muslos. Se aferra a él con más fuerza, como si el cuerpo hablara antes que la cabeza. — Sí quiero. — Un segundo de silencio. Espeso. — Puedo detenerme. — Repite él, despacio, casi provocándola. — Dímelo y paro. — Valentina traga saliva. Su voz sale temblada, pero firme. — No te detengas. — Respira hondo. — Si voy a entregarme a alguien… va a ser al que yo elijo. No por obligación. No porque me lo impongan. — Se le quiebra apenas la voz. — Si va a pasar… es ahora. Contigo. —:No pide cariño. No pide cuidado. Pide decisión. Él exhala lento. — Bien. — Murmura. — Porque si me hubieras pedido que parara… no lo habría hecho. — Se hunde de golpe. El impacto es brutal. Un solo movimiento, seco, sin aviso. Valentina grita. No lo controla. El sonido le sale fuerte, crudo, y se le rompe contra su cuello mientras se aferra a él con todo el cuerpo, como si fuera lo único sólido en la habitación. — Más… — Jadea, perdida. — No pares. — Él la sostiene. Firme. Entero y se deja ir con ella...
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