Valentina de la Vega manejaba con las ventanillas a medio bajar.
El aire de la tarde entraba tibio, mezclado con el ruido constante de la ciudad. No le molestaba. Nunca le había molestado Barcelona a esa hora: el tráfico lento, los semáforos eternos, los peatones cruzando con prisa. Todo eso, lejos de agobiarla, la ayudaba a ordenar ideas. Conducir era su pausa mental. Su forma de sacarse de encima la presión que llevaba días acumulándose en los hombros.
Tenía la música puesta a un volumen moderado. Algo suave, femenino, casi íntimo. Canturreaba sin darse cuenta, con una mano firme en el volante y la otra marcando el ritmo contra la palanca de cambios. No era una mujer imprudente al conducir; al contrario, era cuidadosa, metódica. Le gustaba sentir que al menos ahí tenía control absoluto.
Pensaba en telas. En cortes. En cómo resolver ese maldito cierre que no terminaba de convencerla. La fecha del desfile se le venía encima y lo sabía. Cada día contaba. Cada error se pagaba caro. Pero aun así, ese trayecto le daba una tregua.
Giró hacia la avenida que llevaba a la casa familiar. El barrio era silencioso, elegante, protegido. Luces cálidas, jardines cuidados, seguridad privada en cada esquina.
Aparcó con precisión frente a la entrada principal. Apagó el motor, se tomó un segundo antes de bajar y respiró hondo, como si dejara el trabajo dentro del auto.
Uno de los guardias se acercó de inmediato.
— Buenas noches, señorita Valentina.
— Buenas noches. — Respondió ella, entregándole las llaves con naturalidad.
Entró a la casa sin prisa. El ambiente olía a comida recién hecha, a algo casero, reconfortante. El murmullo de voces le llegó desde el comedor.
La mesa estaba servida. Todos estaban allí.
— ¡Vale! — Exclamó su hermano menor desde su asiento.
Ella sonrió de inmediato.
— Hola, enano. — Saludó uno por uno, con besos, con gestos cariñosos. Su padre se levantó ligeramente de la silla cuando ella se acercó. Valentina lo abrazó con cuidado, apoyando la mejilla en su hombro.
— Perdón la hora. — Dijo. — El taller estaba imposible hoy.
— Lo sé. — Respondió él. — Siéntate, ya íbamos a empezar. — Fue entonces cuando la vio.
Su madre estaba allí.
En su silla de ruedas, junto a la mesa, perfectamente arreglada, el cabello peinado con esmero, una manta ligera cubriéndole las piernas. Valentina se quedó quieta un segundo, sorprendida. No era habitual. Su madre casi nunca bajaba a cenar.
No dijo nada. No hizo preguntas.
Simplemente se acercó, se agachó a su altura y le tomó la mano con suavidad.
— Qué alegría verte aquí, mamá. — Susurró.
La mujer le devolvió una sonrisa cansada, pero sincera, y apretó sus dedos con lo poco de fuerza que le quedaba.
Valentina se sentó en su lugar, todavía con esa sensación tibia en el pecho. Que su madre estuviera ahí lo hacía todo… más normal. Más familiar.
La cena comenzó entre comentarios cotidianos. El hermano hablaba de la universidad. Soledad, la hermana mayor, comentaba algo sobre un viaje próximo. Su padre escuchaba más de lo que hablaba, atento, serio, pero sin dureza.
Valentina participaba, reía, comía con buen apetito. Estaba cansada, sí, pero también cómoda. En casa siempre lograba bajar un poco la guardia.
— ¿Y el desfile? — Preguntó Soledad, mirándola por encima de la copa. — ¿Sigues viva?
— Por ahora. — Respondió Valentina, sonriendo. — Pregúntame la próxima semana. — Todos rieron suavemente.
Fue Soledad quien miró el reloj primero.
— Papá, — Dijo entonces, dejando la servilleta sobre la mesa. — lo siento, pero tengo que irme. Marcos me está esperando abajo. — El ambiente no cambió, pero algo se tensó apenas un poco.
— ¿Tan pronto? — Preguntó él.
— Sí. Pensé que sería algo rápido… — Hizo una pausa. — ¿Podrías decirnos de qué se trata todo esto? Dijiste que era importante. — Valentina levantó la mirada hacia su padre por primera vez con verdadera atención. Hasta ese momento no se lo había preguntado. Había asumido que era una de esas reuniones familiares que se convocaban por costumbre.
Él no respondió de inmediato.
Apoyó ambas manos sobre la mesa, juntó los dedos con calma y observó a sus hijos uno por uno. Luego miró a su esposa, que permanecía en silencio, con la mirada baja.
— Sí. — Dijo al fin. — Es importante. — Valentina sintió un leve nudo en el estómago, sin saber por qué.
Se acomodó en la silla, todavía sin imaginar que esa noche no iba a terminar siendo solo una cena más.
El silencio se instaló apenas Rogelio terminó de hablar.
Rogelio no alzó la voz. No golpeó la mesa. No hizo ningún gesto brusco. Simplemente dejó los cubiertos a un lado y miró a su hija mayor con una calma que, en él, siempre era peligrosa.
— Dile a Marcos que se marche. — Soledad frunció el ceño.
— Papá, pero...
— No es una sugerencia. — Interrumpió. — Puedes verlo otro día. Lo que tenemos que hablar esta noche no puede esperar. Y sí, va a tomar tiempo. — Miró al resto. — Cenen tranquilas. Cuando terminemos, pasamos al despacho. — No hubo réplica.
Soledad apretó los labios, tomó el teléfono debajo de la mesa y escribió un mensaje rápido, visiblemente molesta. Valentina no dijo nada. Bajó la mirada al plato, consciente de que algo serio estaba a punto de caerles encima, aunque todavía no lograra ponerle forma.
La cena continuó, pero ya no fue lo mismo.
Las conversaciones se volvieron cortas. Forzadas. El tintinear de los cubiertos sonaba demasiado alto. La madre permanecía en silencio, observando, con esa expresión suave y cansada que Valentina conocía bien. El hermano menor jugueteaba con el vaso, inquieto.
Cuando terminaron, Rogelio se levantó primero.
— Vamos. — El despacho era amplio, sobrio, cargado de madera oscura y estanterías repletas de libros y archivadores. Rogelio ocupó su lugar detrás del escritorio con la naturalidad de quien lleva años tomando decisiones difíciles desde ahí. Esperó a que todos se sentaran frente a él.
Abrió uno de los cajones.
Sacó un sobre grueso, color crema, perfectamente cerrado.
Lo dejó sobre el escritorio.
El gesto fue suficiente para tensar aún más el ambiente. — Lo que voy a decir ahora, — Comenzó. — no es una conversación fácil. Tampoco es algo que me agrade. Pero es necesario. — Soledad se cruzó de brazos de inmediato.
— Papá, si esto tiene que ver con negocios, habla con mis abogados. No conmigo. — Rogelio la miró.
— Tiene que ver con la familia. — Abrió el sobre. Sacó varios documentos. No los repartió. No hizo ademán de leerlos en voz alta. — Existe un contrato. — Dijo. — Un acuerdo que compromete a esta familia de una manera… directa. — Soledad soltó una risa incrédula.
— ¿Un contrato? ¿De qué estás hablando?
— De matrimonio. — El silencio fue absoluto.
— Ni lo sueñes. — Saltó Soledad, poniéndose de pie. — Ni cuentes conmigo. Tengo novio, papá. Llevo años con Marcos. Todo va bien. No me voy a casar con un desconocido. ¿En qué época vivimos? ¿Quién hace contratos de matrimonio hoy en día? — Rogelio no se inmutó.
Valentina, en cambio, se incorporó un poco en la silla. Su voz salió firme, clara.
— Soledad, siéntate.
— ¿Qué? — La miró, indignada. — ¿Tú estás escuchando lo que dice?
— Lo estoy. — Respondió Valentina sin subir el tono. — Y también estoy entendiendo que no es un capricho. — Soledad la señaló.
— ¿Ahora vas a defender esto?
— Voy a ser realista. — Replicó Valentina. — Hay cosas que simplemente se hacen. Y ya. — El padre la observó con atención.
— Esto es por el bien de la familia. — Continuó el. — Por el bien de todos. ¿De verdad crees que Marcos va a seguir viéndote igual si perdemos todo? ¿Que su familia va a seguir tratándote como una candidata ideal cuando estemos en la ruina? — Soledad se quedó muda por un segundo.
— Siempre me hablas como si estuviera en una burbuja. — Espetó. — Como si no supiera defenderme.
— No es eso. — Dijo Valentina. — Es que tú no estás viendo el alcance de esto. — Rogelio intervino entonces.
— El contrato ya está aquí. — Dijo, tocando los papeles. — Y tenemos menos de siete días para decidir quién va a cumplirlo. — El hermano menor dejó escapar una risa nerviosa.
— ¿Esto es una broma, no? — Rogelio giró la cabeza hacia él.
— Tú también podrías ser el candidato. — La risa se le murió en la cara.
— ¿Cómo que yo?
— Como lo oyes. — Respondió Rogelio. — En el contrato no se especifica si debe ser hombre o mujer. Solo alguien de esta familia. — Apoyó ambas manos sobre el escritorio. — Así que hablemos de esto. En serio. Sin gritos. Sin dramatismos inútiles. Porque no tenemos tiempo para perder. — La habitación quedó suspendida en una tensión espesa, densa, imposible de ignorar.