— Quiero leerlo. — Dijo Valentina de pronto.
La voz le salió firme, pero no autoritaria. Más bien precisa. Como cuando, en el atelier, pedía revisar un patrón antes de aprobarlo.
Su padre la miró un segundo. Luego empujó el sobre hacia ella.
— Hazlo. — Valentina tomó los documentos. Eran varios folios, perfectamente ordenados. Empezó por el primero. Leyó en silencio, pasando las páginas con calma, con esa concentración que siempre la caracterizaba cuando algo le importaba de verdad.
Al principio, nada parecía fuera de lugar.
Un acuerdo de alianza. Términos claros. Beneficios mutuos. Garantías económicas. Compromisos legales. Su padre no mentía: en ningún punto se especificaba que la persona entregada debiera ser mujer. Ni siquiera se hablaba de “hija”. Solo de un m*****o directo de la familia.
Valentina alzó la vista un segundo hacia su hermano.
Él parecía rígido, incómodo, con los hombros tensos.
Siguió leyendo y entonces lo vio.
La cláusula estaba ahí. Discreta. Escrita con un lenguaje frío, casi quirúrgico.
Duración del matrimonio: mínimo tres años, máximo cinco.
Plazo para formalización: siete días.
Frunció el ceño.
Siguió bajando.
Y entonces… se le heló el estómago.
Leyó dos veces. Tres.
— Papá… — Murmuró.
Valentino no respondió.
Valentina tragó saliva y leyó en voz alta, despacio, para que todos escucharan:
—“De la unión deberá existir al menos un hijo biológico. Dicho hijo quedará bajo la custodia y tutela del padre.”
El silencio fue brutal.
El hermano se levantó de golpe.
— ¿Qué? ¿Un hijo? ¿Están locos? —"Soledad abrió la boca, pero no dijo nada. Estaba pálida.
Valentina dejó los papeles sobre el escritorio con cuidado, como si pesaran toneladas.
— Tranquilo. — Le dijo a su hermano, girándose hacia él. — No es necesario que participes.
— ¿Cómo que no? — Espetó él. — Dijiste que cualquiera…
— Escúchame. — Lo cortó. — De esta unión debe salir un hijo. Y ese hijo se queda con su padre. ¿Tú entiendes lo que eso significa? — El chico negó con la cabeza, nervioso.
— No… no tiene sentido. — Rogelio intervino entonces, seco.
— Tiene todo el sentido. Ese niño no es un hijo. Es una garantía. — Valentina lo miró, incrédula.
— ¿Una herramienta? — Preguntó. — ¿Estás hablando de un bebé como si fuera una cláusula más?
— Lo es. — Respondió él sin rodeos. — Si el hijo nace antes del plazo máximo, el contrato se da por cumplido. Se acaba. Todos quedan libres.
— Eso es inhumano. — Dijo ella, sintiendo cómo la rabia le subía por el pecho. — No puedes pedirle eso a nadie.
— No lo estoy pidiendo. — Replicó su padre, golpeando el escritorio con la palma abierta. — Lo estoy explicando. — Valentina volvió a mirar los documentos. Algo más llamó su atención.
— Hay… dos versiones. — Murmuró.
Pasó las hojas.
— Español. Inglés… — Frunció el ceño. — Y ruso. — Levantó la mirada lentamente.
— Papá… ¿Estás haciendo negocios con rusos? — El silencio de Rogelio fue suficiente respuesta. — ¿Con quién estás metido? — Insistió ella. — ¿Qué clase de organización exige matrimonios y niños como garantía? — Soledad reaccionó entonces.
— Yo no voy a hacer esto. — Dijo. — No quiero casarme. No ahora. No así. Podemos pagar. Siempre hay una forma de pagar. — Valentina asintió, aferrándose a esa idea.
— Debe haber una cláusula de salida. — Rogelio se inclinó hacia adelante, los ojos encendidos.
— ¿Pagar? — Soltó una carcajada amarga. — ¿Con qué? ¿Con qué crees que se paga esto? — Golpeó el escritorio otra vez. — La única forma de pagar sería pegarme un tiro en el estómago y dejar que nos vean caer. Porque en el momento en que esto se haga público, no nos va a ayudar nadie. Nadie. — Las miró una por una. — Sin empresas. Sin cuentas. Sin amigos. Sin prestigio. Nadie le tiende la mano a una familia caída en desgracia. — Su voz bajó, cargada de algo más oscuro. — Valentina, no habría casa de moda. No habría desfiles. No habría sueños. Nada. Se acabó todo. — Soledad tragó saliva.
— ¿Y mamá? — Susurró. Rogelio apretó la mandíbula.
— Cuando su madre enfermó, — Dijo. — casi lo perdimos todo. ¿Creen que el dinero cayó del cielo? No. Hice alianzas. Pagué favores y ahora esos favores se cobran. — Respiró hondo. — La organización quiere un hijo. Quiere compromiso. Quiere sangre unida a sangre. — Las miró con dureza. — Así que díganme: ¿Van a hacer algo por esta familia… o todo lo tengo que cargar yo otra vez? — Valentina no respondió.
Simplemente se dejó caer en la silla.
Sin argumentos.
Con el contrato aún abierto frente a ella.
Esa noche quedó claro algo.
El hijo menor estaba fuera de todo.
Rogelio lo dijo sin rodeos, casi como una orden definitiva. No por compasión, sino porque el contrato —aunque ambiguo— tenía límites que incluso él entendía. Su hijo no sería moneda de cambio. Punto.
La madre, sentada en silencio hasta entonces, fue quien habló después.
No lo hizo como esposa del patriarca ni como empresaria retirada. Lo hizo como madre.
— Por favor… — Dijo con la voz cansada. — Calma. — Nadie la interrumpió. — Faltan siete días. — Continuó. — Siete días no son nada… pero tampoco lo son todo. Quizá podamos pensar en algo. Quizá ese hombre… no sea tan malo. — Valentina la miró.
— Mamá…
— Escúchame. — Pidió ella. — Hay matrimonios que empiezan así. Sin amor. Sin elección. Y aun así… no todos terminan mal. Tal vez no les dé una vida horrible. Tal vez… — Soledad soltó una risa seca.
— No. No hagas eso. — La madre se giró hacia ella.
— ¿Hacer qué?
— Romantizarlo. — espetó Soledad. — No intentes vendernos esto como un cuento torcido con final feliz. Nos están casando con un mafioso ruso de mierda. — Valentina cerró los ojos un segundo.
— Soledad…
— ¿Sabes cómo son los rusos? — Continuó ella, alterada. — Fríos. Violentos. Dominantes. ¿Y si es un viejo gordo de la vieja guardia? ¿Un narcisista arrogante que compra mujeres como si fueran relojes? — Miró a su padre, furiosa.
— ¡Me niego a casarme! Así que esto lo arreglas tú, Valentina. Yo no. — Y salió del despacho sin mirar atrás. — El portazo resonó más fuerte de lo que nadie quiso admitir. — Valentina permaneció de pie, inmóvil.
Luego se giró hacia su madre, se acercó y le tomó la mano.
— No te sientas culpable. — Le dijo con suavidad. — Nada de esto es tu culpa. Estamos contigo. Somos una familia. — La madre apretó los labios, conteniendo las lágrimas. — Lo arreglaremos. — Añadió Valentina, como si decirlo pudiera hacerlo real. — ¿Sí? — Después miró a su padre. — Hablemos luego. — Pidió. — Con la cabeza más fría. — No esperó respuesta.
Salió del despacho.
Su hermano la siguió casi corriendo, pero no dijeron nada. Esa conversación ya había terminado.
*
Siete días.
Valentina descubrió al día siguiente que siete días no eran nada.
Siguió trabajando.
Primer día.
Segundo.
Tercero.
El tercero casi colapsa.
Estaba en el atelier, rodeada de telas, bocetos, voces superpuestas. Todo seguía igual… y, al mismo tiempo, nada lo estaba.
No estaba ahí.
— Vale. — Dijo su mejor amiga, observándola con atención. — ¿Puedo saber qué diablos te pasa? — Valentina levantó la mirada.
— ¿Qué?
— No estás aquí. — Insistió. — Estás en otro planeta. ¿Es por la colección? ¿Por la semana de la moda? Podemos mover fechas, ajustar… — Valentina negó con la cabeza.
— Voy a casarme. — El silencio fue inmediato.
— ¿Qué?
— Me voy a casar. — Su amiga parpadeó.
— ¿Con quién? — Valentina abrió la boca. La cerró.
— No lo sé.
— ¿Cuándo?
— En días.
— ¿Dónde?
— No lo sé.
— ¿Quién es el hombre? — Valentina negó otra vez, con un nudo en la garganta.
— No lo conozco. — Su amiga se quedó helada.
— Vale… eso no tiene sentido.
— Lo sé.
— ¿Desde cuándo?
— Desde hace un par de días.
— ¿Y tú estás aquí… trabajando como si nada? — Valentina se pasó una mano por el rostro.
— Porque no hay forma de escapar. — La voz se le quebró. — Amiga… ¿Qué hago? — No hubo consejos. No hubo respuestas brillantes.
Solo un abrazo.
Uno largo, fuerte.
Porque incluso entre chicas de la alta sociedad —acostumbradas a compromisos, pactos, matrimonios convenientes— esto era distinto.
No había cenas previas.
No había preparación.
No había rostro al cual aferrarse.
Solo siete días y un hombre desconocido.