Tres Días.

1313 Palabras
3 Dias antes de la Boda. En Rusia, Gael seguía con su vida como si nada. Nada había cambiado. La organización funcionaba con precisión quirúrgica porque él así lo exigía. Brazo de hierro, mente fría. Cada engranaje sabía exactamente qué hacer y qué no. Entrenaba todos los días, sin excepción. El cuerpo era una herramienta más, y debía mantenerse afilada. Después hacía rondas por sus clubes, por sus depósitos, por los puntos de distribución. Revisaba mercancía, contratos, nombres, cifras y cuando llegaban armas, siempre estaba ahí. No delegaba eso. Le gustaba tenerlas en las manos. Sentir el peso. El equilibrio. El retroceso. Era casi un ritual. Probaba él mismo muchas de ellas, incluso cuando no hacía falta. No por desconfianza, sino por necesidad. Ver un arma, cargarla, dispararla… era un recordatorio constante de quién era y de dónde venía. De su pasado como sicario. De que, aunque ahora firmara contratos y moviera millones, su esencia no había cambiado. Muchos clientes, compradores o “amigos” lo sabían. Por eso le regalaban piezas únicas. Ediciones limitadas. Armas personalizadas, fabricadas solo para él. Algunas eran verdaderas obras de arte. Otras, simples monstruos diseñados para matar con eficiencia brutal. Tenía gustos caros. Relojes. Perfumes. Trajes impecables. Siempre estaba perfectamente arreglado, como si incluso la sangre —cuando aparecía— no tuviera permiso de tocarlo. Era guapo, sí, pero no de forma amable. Era una belleza peligrosa, afilada, que incomodaba más de lo que seducía. En su equipo había muchas mujeres. Muchísimas. También hombres, claro, pero dentro de su guarida —porque así se sentía— las mujeres ocupaban gran parte del espacio. Gael decía que ellas tenían mejor ojo para los detalles, para la precisión, para la delicadeza que ciertos trabajos exigían. Y, en su lógica torcida, había cosas que simplemente debían hacer las mujeres. Lo trataban como su jefe. Con respeto. Algunas, con devoción. Otras, con una cercanía que solo existía porque él lo permitía. Todo dependía de su humor ese día. De cómo se hubiera levantado. De qué tan cargada estuviera su paciencia. Aun así, había profesionalismo. Orden. Una línea clara que nadie debía cruzar sin consecuencias. En su casa —y en su organización— las reglas eran sagradas y quien las rompía, pagaba. Siempre. Nadie se iba sin castigo. Nadie quedaba impune. No importaba el rango, el tiempo, la lealtad pasada. Gael no creía en segundas oportunidades. Creía en el equilibrio: acción y consecuencia. Por eso era querido por algunos y profundamente odiado por muchos. Era cruel. Despiadado cuando hacía falta. No se detenía a medir daños si el mensaje debía ser claro. Podía parecer tranquilo, callado, incluso controlado. Pero sacarlo de sus casillas era como presionar un interruptor invisible y cuando la ira aparecía, no había marcha atrás. Era incontrolable. Sus socios, conocidos y aliados lo sabían. Por eso lo trataban con cuidado extremo. Como a un piano finísimo: una sola nota mal tocada y el sonido se volvía horrible. Irreparable. Gael Santoro no perdonaba errores y aún no tenía idea de que, a miles de kilómetros, una decisión ya estaba en marcha. Una que no necesitaba su aprobación… pero que terminaría chocando de frente con todo lo que él era. ** El despacho de Gael estaba en silencio cuando la puerta se abrió. Entraron tres personas: Mardok, su jefe de logística, y dos mujeres. Ágata, siempre impecable, con una tablet apretada contra el pecho, y Katia, más joven, más nerviosa, con una carpeta de documentos que parecía pesarle demasiado. — Buenos días. — Dijo Ágata, firme. — Orden del día. — Gael no levantó la vista de los papeles que revisaba. Hizo un gesto con la mano. Adelante. Ágata comenzó a hablar. Reuniones confirmadas. Envíos aprobados. Un retraso menor en un lote que ya estaba resuelto. Todo bajo control. Katia asentía, pasando páginas, marcando horarios. — Y… — Ágata dudó apenas un segundo. — el jet estará listo esta noche. — Ahí sí levantó la mirada. — ¿Esta noche? — Preguntó Gael, tranquilo, pero con ese tono que obligaba a afinar cada palabra. — Sí, señor. Salida directa a Barcelona. — Gael se recostó en la silla, entrelazando los dedos. — Bien. — Dijo. — Detalles. — Las miró una por una. — ¿Habrá boda? ¿Cuándo? ¿De qué magnitud estamos hablando? — Ágata respiró hondo. Katia tragó saliva. — No… no será una boda como tal. — Respondió Ágata. No habrá ceremonia, ni invitados, ni celebración. — Será un acuerdo firmado. — Intervino Katia rápido, como si quisiera acabar con eso cuanto antes. — Un funcionario autorizado. Firma del acta matrimonial y de ambas partes del contrato. Todo… muy metódico. — Gael arqueó una ceja. — ¿Un trámite? — Exactamente. — Asintió Ágata. — Como ir a una oficina pública y firmar documentos. Nada más. — Aunque, — Añadió Katia, titubeante. — si usted lo desea, podríamos organizar algo pequeño, rápido… una cena, algo que... — No. — La cortó Gael sin alzar la voz. — Así está bien. — Se levantó y caminó hacia la ventana. — No quiero formalidades innecesarias y no quiero pasar más tiempo del necesario fuera de Rusia. – Se giró. — ¿Es obligatorio ir dos días antes? — No, señor. — Respondió Mardok. Podrían viajar el mismo día. — Gael pensó un segundo. Solo uno. — Pero… — Dijo al final. — un poco de diversión no estaría mal. — Sonrió de lado. — Avisen a los contactos en Barcelona. Tal vez visite a un par de viejos amigos. — Volvió a su escritorio. — Salimos esta noche. Que el jet esté listo. — Miró a Ágata. — Quiero que todo sea perfecto. Sin contratiempos. No pienso perder tiempo. — Ágata asintió de inmediato. — ¿Conoces a mi prometida? — Preguntó él de pronto. — Aún no, señor. La familia no ha confirmado quién será. — Gael soltó una risa seca. — Eso va a ser un problema. — Katia intercambió una mirada rápida con Irina y dio un paso al frente. — Señor… como usted es el emisario, el encargado de cobrar la deuda… si hay inconvenientes, será usted quien deba hacerse cargo. — Gael la miró fijo. — Explícate. — Katia bajó la mirada. — Si todo sale bien, será… sencillo. El contrato está listo. Se firma, se cumple. — ¿Y si no? — Ágata tomó la palabra, con la voz más dura. — Si hay resistencia por parte de la otra familia… usted deberá resolverlo. — Gael no preguntó cómo. No hacía falta. — Entendido. — Dijo. La reunión terminó ahí. Uno por uno salieron del despacho, cerrando la puerta con cuidado. Gael quedó solo. A los pocos minutos, Ágata volvió a entrar en silencio, dejó una copa de whisky sobre el escritorio y se retiró sin decir nada. Gael tomó la copa. La observó un segundo antes de beber. Casarse. Soltó una carcajada baja, incrédula. — ¿En serio? — Tres días. Tres días más y estaría casado. Tres días para divertirse siendo soltero. Se apoyó en el escritorio, mirando su reflejo en el cristal de la ventana. — ¿Seré un esposo fiel… o infiel? — Murmuró, divertido. Se rió otra vez. — ¿Qué tipo de esposo voy a ser? — Negó con la cabeza. Nunca había pensado en casarse. Jamás. Y ahora… 31 años. Casado. — Mierda… — Bebió otro trago. ¿Hijos? Tampoco había pensado en eso. En Rusia, el matrimonio no era un juego. No se deshacía con facilidad. La esposa era la esposa. Con contrato o sin él. Hasta la muerte. Se iría de Rusia siendo un hombre soltero y volvería con un anillo en el dedo. Una unión que, le gustara o no, lo acompañaría el resto de su vida. Gael sonrió, lento, peligroso. — Bueno… — Susurró. — Veamos qué me depara el futuro.
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