La casa seguía viva, pero lejos de él. Gael no volvió a cruzarse con Valentina en todo el día. No por estrategia, sino por necesidad. Lo que ella despertaba —tensión, deseo, fricción— era justo lo que no podía permitirse antes de una pelea. El cuerpo necesitaba claridad. El músculo, obediencia. La cabeza, silencio. El gimnasio privado olía a metal, a caucho caliente, a sudor antiguo. Entrenó más duro que de costumbre. Mucho más. Golpes al saco. Rodillas. Series largas. Respiración controlada. Cada músculo trabajaba hasta arder. Cada movimiento tenía propósito. No era descarga; era preparación. Cuando terminó, estaba empapado. El pecho subía y bajaba con calma, como si no hubiera llevado el cuerpo al límite. La noche ya había caído cuando Abraham apareció en la puerta. — Marcial e

