Una invitada bien tratada.

1593 Palabras
A la mañana siguiente, Valentina baja temprano. Está acostumbrada a empezar el día así. Café, desayuno ligero, agenda mental. El comedor es acogedor. Luz natural, mesa larga de madera, vajilla elegante pero simple. El aroma a pan recién hecho le resulta casi hogareño. Se sienta. Espera. Mira alrededor. Gael no aparece. Las amas de llaves se mueven en silencio, hablando entre ellas en ruso. Valentina entiende apenas algunas palabras sueltas. Lo suficiente para saber que no hablan de ella, pero no lo suficiente para sentirse parte. Pide café en inglés. Responde en inglés. Todo ocurre en inglés y eso la cansa más de lo que quiere admitir. Pasan los minutos. Luego, el desayuno termina. Gael no baja. Más tarde lo sabrá, casi por casualidad: Gael no desayuna. Gael duerme hasta tarde. Gael empieza su día cuando el de los demás ya va por la mitad. Cerca del mediodía, alguien menciona que está en su despacho, tomando apenas su primer café. Valentina siente entonces algo nuevo instalarse en su pecho. No es miedo. No es rechazo. Es lejanía. Está en la casa de su esposo. Bajo su techo. Con su apellido y aun así… se siente como una invitada. Una invitada bien tratada. Respetada. Segura. Pero invitada al fin y esa sensación —extraña, contradictoria— la acompaña mientras bebe su café, preguntándose cuándo, y cómo, empezará realmente a ocupar el lugar que se supone que ya es suyo. Gael por su parte no suele ir a buscar a nadie. Pero esa tarde, antes de salir, lo hace. Son cerca de las cuatro. Está impecable, traje oscuro, abrigo largo sobre el brazo. Tiene que irse, pero no puede hacerlo sin antes hablar con ella. Con su esposa. No por protocolo. Por necesidad. Pregunta en voz baja qué habitación ocupa Valentina. Le indican el pasillo. Camina hasta la puerta, toca una sola vez y no espera respuesta. Abre. La habitación está en silencio… salvo por una voz femenina al teléfono. No es Valentina. La mujer camina descalza sobre la alfombra, despreocupada, con el móvil en la mano. Lleva poca ropa. Demasiada confianza. Se mueve como si ese espacio no le perteneciera a nadie más. Gael se detiene. No parpadea. No cambia el gesto. La observa con una calma casi clínica, recorriéndola de arriba abajo sin ningún interés visible. La mujer se gira y lo ve. Sonríe. No se cubre. No se disculpa. No se avergüenza. — Vaya… — Dice, divertida. — Así que aquí viven hombres guapos. — Se acerca un poco más, aún hablando por el teléfono, como si él fuera parte del decorado. Extiende la mano, con descaro, buscando tocarle el pecho. Gael da un paso atrás. Solo uno, pero es suficiente. La distancia queda clara. Tajante. — ¿Quién eres? — Pregunta, frío. La mujer abre la boca para responder… y en ese momento, la puerta vuelve a abrirse. Valentina entra. La escena se congela. Su amiga, medio desnuda, demasiado cerca de su esposo. Gael, erguido, inexpresivo, con esa presencia que llena cualquier espacio. El silencio pesa como una losa. Valentina no dice nada. Siente el golpe en el estómago. No sabe exactamente qué está viendo… pero lo que ve no le gusta. Su mente hace lo que hacen todas las mentes heridas: completa los huecos sola. Gael gira la cabeza. La mira por primera vez desde que entró. Como si todo lo anterior dejara de existir. — Tenemos que hablar. — Dice, sin alzar la voz. No explica. No justifica. No mira a la otra mujer. — Te espero afuera. — Y se va. — La puerta queda abierta. La amiga traga saliva. Valentina sigue inmóvil unos segundos más, con el pecho apretado, preguntándose si acaba de llegar tarde… o si acaba de presenciar algo que nunca terminó de empezar. Y eso —esa duda— es casi peor que una certeza. La amiga se le acerca sin bajar la voz, todavía con esa sonrisa que ya empieza a sobrar. — ¿Quién es ese? — Pregunta, curiosa, casi divertida. Valentina no la mira. No eleva el tono. — Vístete. — Dice. — Vístete, por favor. — No es una súplica. No es un reproche. Es una orden suave, pero firme. La amiga la observa un segundo más, capta el ambiente, entiende que no es el momento. Asiente, busca algo que ponerse y desaparece en el baño sin decir una palabra más. Valentina sale. Gael está en el pasillo, a unas dos puertas de distancia. De pie, tranquilo, revisando algo en su teléfono como si el mundo no acabara de tensarse detrás de él. Ella se planta frente a él. No invade su espacio, no baja la mirada. No lo enfrenta como esposa herida… sino como mujer que merece una explicación. — ¿Qué fue eso? — Pregunta. No hay acusación directa en su voz. Pero sí hay una línea clara: eso no fue normal. Gael alza la vista despacio. La observa como si la estuviera midiendo por primera vez desde que llegó a Rusia. — Te estaba buscando. — Responde. — Quería… que habláramos. — Hace una pausa mínima, casi imperceptible. — Ahora ya estás aquí, pero se me hace tarde. Tengo cosas que hacer. — Guarda el teléfono. — Hablaremos después. Ten buena tarde. — Y hace ademán de seguir caminando. Eso es lo que la detona. No grita. No lo acusa de nada concreto. Pero tampoco se queda callada. — Gael. — Dice, usando su nombre por primera vez sin rodeos. — Había una mujer medio desnuda en la habitación donde tú entraste. Y tú estabas ahí. Con ella. — Lo mira fijo. — No te estoy reclamando nada. Solo quiero entender… ¿Qué fue eso? — Él se detiene. No se gira del todo, solo lo suficiente para mirarla de reojo. — No fue nada. — Contesta. — Y no fue lo que estás pensando. — Su tono no es defensivo. Es seco. Casi cansado. — Yo no toco lo que no es mío. — La frase cae pesada entre los dos. — Y menos sin permiso. — La observa un segundo más, como si estuviera a punto de decir algo distinto… algo más personal. Pero no lo hace. — Después hablaremos. — Repite. — De verdad. — Y esta vez sí se va. Valentina se queda sola en el pasillo. Con más preguntas que antes. Con una imagen que no sabe cómo acomodar en su cabeza y con la certeza incómoda de que ese hombre, incluso cuando no hace nada, descoloca. Valentina no vuelve a la habitación de inmediato. Camina sin rumbo por el pasillo hasta uno de los balcones interiores que dan a la entrada principal. Abre el ventanal y el aire frío le golpea el rostro, pero no la saca de su cabeza. Abajo, las luces se encienden. Gael aparece primero. Se coloca el abrigo con ese gesto automático, masculino, seguro, como si el mundo entero fuera una extensión de su cuerpo. No mira alrededor. No duda. No se despide de nadie y entonces aparece ella. Ágata. Impecable. Oscura. Contenida. Ajustándose el cabello con un gesto mínimo, preciso, como si supiera que está siendo observada… o como si siempre asumiera que lo está. Valentina siente cómo algo se le tensa en el pecho. — Esa mujer… — Susurra, apenas, más para sí que para nadie. — Siempre esa mujer. — Ágata levanta la mirada y la ve. La ve en el balcón. La reconoce al instante. No sonríe. No frunce el ceño. Solo se acomoda el cabello con más cuidado y abre la puerta de la camioneta. Gael entra primero. Ella entra después. La puerta se cierra. El motor arranca y ahí… ahí Valentina pierde el control. No grita. No llora. Pero el golpe interno es brutal. Su esposo. Su hombre. El hombre con el que acaba de casarse. Siempre con otra mujer al lado. Siempre mujeres. Mujeres que saben moverse en su mundo. Mujeres que no preguntan. Mujeres que pertenecen a ese universo oscuro que ella apenas empieza a rozar. Valentina apoya las manos en la baranda. Aprieta los dedos. — ¿Por qué siempre hay mujeres? — Se dice, con rabia. — ¿Por qué tantas? — Entonces aparece algo nuevo. Algo que no le gusta reconocer. Celos. Celos feos, territoriales, primitivos. No de esposa enamorada… sino de mujer que no está dispuesta a ser desplazada. Ella no pidió ese matrimonio. Pero tampoco va a aceptar ser una sombra. Dentro de la camioneta, Gael no habla. Pero Ágata sí nota algo. — Tu esposa estaba en el balcón. — Dice, neutra. Gael no voltea. — Lo sé. — No parecía contenta. — Una pausa. Gael sonríe apenas. Nada amable. Nada visible desde fuera. — Mejor. — Ágata lo mira, sorprendida. — ¿Te divierte? — Él se reclina en el asiento. — Un poco. — Admite. — Una esposa que no pedí… pero que está despierta. Presente. Viva. — Cierra los ojos un segundo. — Eso es peligroso. — Y eso… le gusta. Arriba, Valentina sigue mirando el vacío que dejó la camioneta. Sin saberlo aún, ya cayó en el juego. Y lo peor de todo es que no quiere salir. Porque Gael —y esa energía brutal, masculina, dominante— es un vórtice. Y ella está a punto de perder el equilibrio. Y él… días después… cuando ate cabos, cuando entienda de dónde conoce ese cuerpo, ese trasero que miró demasiado en Barcelona, ese recuerdo que no pudo borrar… Va a descubrir que el deseo que lo persigue es su esposa.
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