Valentina los ve alejarse.
No se despiden de ella. No hay una mirada de cortesía. No hay explicación.
Gael camina delante, seguro, con ese paso que no pregunta si alguien lo sigue. Ágata va a su lado, un poco atrás, como quien sabe exactamente cuál es su lugar… y lo ocupa sin esfuerzo.
La puerta se cierra.
El sonido es seco. Definitivo y de pronto, la casa es demasiado grande.
Valentina se queda quieta unos segundos, como si moverse fuera aceptar algo que todavía no quiere nombrar. Luego camina sin rumbo claro, recorriendo pasillos amplios, fríos, llenos de una elegancia que no le pertenece.
Hasta que encuentra una sala pequeña, secundaria.
Un sofá cómodo. Una ventana. Un rincón que no parece vigilado.
Se sienta, respira.
— Esto es un contrato. — Se dice. — Nada más. — Lo repite como un mantra. Como si al decirlo muchas veces pudiera devolver las cosas a su lugar.
Un contrato.
Un acuerdo forzado.
Un trámite para saldar una deuda que no es suya.
Ese es el plan.
Mantenerse a raya. No involucrarse, no mirar demasiado. Cumplir con lo mínimo.
Buscar la manera de volver a Barcelona.
Recuperar su vida.
Eso era.
Pero nada está saliendo como ella pensó.
Porque su marido no es un viejo al que se pueda ignorar.
No es una figura gris, distante, fácil de deshumanizar.
Es guapo, alto, fuerte, firme y huele a hombre.
No a colonia cara —aunque también— sino a piel, a calor, a presencia. A algo que se queda en el aire incluso cuando ya no está. — Mierda… — Susurra. Eso lo complica todo.
Porque cuando Gael está cerca, su cuerpo reacciona antes que su cabeza. Porque hay una tensión incómoda en el estómago, una alerta distinta, una atracción que no pidió y que no sabe apagar y eso no debería pasar.
Ella debería verlo como lo que es:
su enemigo.
El hombre que representa la jaula.
El rostro de una decisión que no tomó.
El ejecutor de un destino impuesto.
Ese era el rol que le había asignado.
Pero el cuerpo no entiende de planes.
Ni de contratos. Ni de deberes y eso la enfurece consigo misma.
Cierra los ojos y repasa todo desde el inicio, como si necesitara asegurarse de que no está olvidando algo importante.
Soy hija antes que esposa.
Mi deber es con mi familia.
Este matrimonio es una transacción.
No hay amor, no hay futuro.
Se lo repite con firmeza.
Ella no vino a enamorarse.
Vino a sobrevivir, a cumplir, a salir.
Pero hay algo que no puede ignorar, por más que le pese.
Gael no la trata como un objeto.
Tampoco como una esposa.
La trata como una incógnita y eso la descoloca.
Porque no sabe si eso es mejor… o peor.
Piensa en Ágata.
En cómo se mueve por la casa, en cómo parece saberlo todo, en cómo camina a su lado sin necesidad de tocarlo.
Esa mujer no es decorativa.
No está ahí por error y Valentina entiende, con una claridad incómoda, que ese no es solo el mundo de Gael.
Es un mundo al que ella no pertenece. — Entonces, ¿Qué hago? — Se pregunta en voz baja.
Si se endurece, se rompe.
Si se ablanda, pierde.
Si se deja llevar por lo que siente como mujer, traiciona lo que debe como hija y sin embargo… ignorar lo que siente tampoco parece posible.
Porque hay algo en Gael que la atrae de una forma peligrosa.
Algo que no es ternura ni promesa.
Es reconocimiento físico.
Como si sus cuerpos hablaran un idioma que ella no sabía que conocía.
Valentina apoya la cabeza en el respaldo del sofá.
Quizás el error fue pensar que esto iba a ser simple. Quizás el error fue creer que podía atravesar un matrimonio sin sentir nada. O quizás… el verdadero peligro no es Gael.
Es ella misma y lo que podría llegar a querer si deja de resistirse.
Cuando Valentina volvió a la habitación, Brenda –su mejor amiga– estaba sentada en la cama, piernas cruzadas, descalza, revisando su celular como si nada.
Demasiado cómoda. Demasiado tranquila.
— Amiga… — Dijo sin levantar la vista. —
¿Tú sabías que tu marido está así de bueno o fue sorpresa? — Valentina cerró la puerta con calma. Demasiada calma.
— Brenda.
— No, no, espera. — Rió ella, ahora sí mirándola. — Es que en serio. Qué tipo tan alto. Tan… imponente. De esos que entran a un lugar y todo se calla. Todo un papasito. — Valentina dejó unas cosas sobre la silla.
— No empieces.
— ¿Empezar qué? — Alzó las cejas. — ¿A decir la verdad? Porque amiga… — Silbó. — Te premiaron con ese hombre. — Valentina se giró lentamente.
— Es mi esposo. — Lo dijo seco. No fuerte. Pero con peso. Brenda sonrió, divertida.
— Justamente. Por eso digo: qué bendición de contrato, ¿No? — Se recostó en la cama, cómoda. — Mira, no es por amor, no es por romance, no es Disney… pero si vas a estar aquí dos años —o lo que sea—, ¿Por qué hacer la guerra? — Valentina cruzó los brazos.
— ¿Y qué propones tú? ¿La paz mundial?
— La paz… — Repitió Brenda, pensativa. —
Pero versión adulta. — Se incorporó un poco. — O sea, llevar la fiesta en paz.
No mirarlo como enemigo. No vivir con cara de funeral. — Sonrió ladeado. — Porque, vamos… si yo tuviera que compartir techo con un hombre así, mínimo aprovecharía la vista. — Eso fue suficiente.
— Basta. — Dijo Valentina, ahora sí mirándola de frente. Brenda parpadeó.
— ¿Qué? ¿Dije algo malo? — Valentina respiró hondo. Capricornio puro. Control primero, explosión después… si hace falta.
— Puedes pensar lo que quieras. — Dijo.
— Pero no hablas así de mi marido.
— Vale… — Brenda alzó las manos. — Relájate. — Se levantó y se acercó, bajando el tono.
— No lo digo con mala intención.
Solo digo que… — Encogió los hombros.
— No estás enamorada, él tampoco. Esto es un acuerdo. — Valentina sostuvo su mirada.
— Eso no significa que no sea mío. — Silencio.
Brenda la observó un segundo más.
Luego sonrió, divertida.
— Uh. Ahí salió la verdadera tú. — Se acercó y la abrazó por los hombros, con confianza, con cariño.
— Tranquila. Nadie te lo va a quitar. Yo solo digo… — Susurró. — Que a veces, en vez de resistirse tanto, conviene mirar lo que tienes enfrente. — Valentina no devolvió el abrazo de inmediato. Pensó, sin querer, en él.
En su cuerpo, en su olor. en esa presencia que incomodaba porque atraía.
— No confundas las cosas. — Dijo al final. —
Yo sé perfectamente a qué vine.
— Claro que sí. — Respondió Brenda, suave.
La abrazó un poco más y mientras Valentina pensaba en cómo proteger lo que, contrato o no, ya sentía como suyo, Brenda sonrió apenas.
Porque ella también sabía perfectamente a qué había venido.
Y no pensaba irse con las manos vacías.
♤
Con Gael en el trabajo, todo es método.
Eficiente. Silencioso.
Implacablemente sereno.
Los hombres a su alrededor hablan cuando deben hablar. Ejecutan cuando se les ordena. Nadie improvisa. Nadie pregunta de más. Él revisa informes, escucha números, da indicaciones breves. Su mente está donde siempre ha estado: en el control.
Hasta que no.
— Ágata, manda a llamar a Enzo. — Ella alza la vista apenas.
— ¿Algún problema? — Gael no la mira. — Algo está fallando en la red. — Ágata frunce el ceño, porque la red no falla. Nunca. Pero no insiste.
— Solo llámalo. — Corta él. Ella se marcha.
La puerta se cierra y el despacho queda en silencio. Entonces, por primera vez en horas, Gael se recuesta levemente en la silla. No suspira. No se relaja. Solo deja que la imagen vuelva.
El rostro. Ese maldito rostro.
La mujer en la habitación de Valentina.
La misma que él había visto antes.
Barcelona. El club. La casa del after. La mañana y junto a ella… las caderas. Perfectas. Inconfundibles.
No, no puede ser tanta maldita coincidencia.
Aprieta la mandíbula.
Gael no cree en casualidades. Nunca lo ha hecho.
La puerta se abre.
Enzo entra sin ceremonias. Pelirrojo, ojos claros, aspecto despreocupado que engaña a los que no lo conocen. Es rápido. Brillante. Letal con un teclado.
— ¿Todo bien con la computadora? — Pregunta, sentándose sin que se lo indiquen.
— Sí. — Responde Gael. — Es otro asunto. Personal. — Enzo alza una ceja, interesado.
— Ah. Eso es nuevo. Soy todo oídos. — Gael se inclina hacia adelante. Apoya los antebrazos en el escritorio. Ahora sí lo mira.
— Quiero las imágenes de la casa donde estuve hace un par de días en Barcelona.
— ¿Seguridad interna?
— Todo. Cámaras exteriores, pasillos, habitaciones.
— ¿De qué momento?
— De la mañana. — Enzo teclea mentalmente.
— ¿Buscamos algo en específico? — Gael no duda ni un segundo.
— Sí. A mi esposa. — El silencio se espesa.
Enzo deja de sonreír.
— …Entendido. — Se pone de pie.
— Te las tengo en una hora.
— Quince minutos. — Corrige Gael. Enzo asiente y sale.
Gael se queda solo otra vez.
Se levanta. Camina hasta el ventanal. Moscú se extiende abajo, fría, exacta, obediente. Como él.
Valentina.
La habitación de invitados.
La amiga semidesnuda.
Ágata en la camioneta y esa sensación incómoda, imposible de ignorar.
Si está en lo correcto… si esa mujer sin rostro ahora tiene nombre, cuerpo y anillo…
Una sonrisa mínima, peligrosa, se dibuja en su boca.
Entonces no solo se casó por contrato.
Se casó con su pasado y eso…
eso sí que no estaba en el plan.
Al rato, mientras revisaba una mercancía en una de las bodegas, el celular vibró en su mano.
Gael se detuvo.
No era una llamada. Era un archivo.
Lo abrió sin prisa. El video que había pedido.
Las imágenes comenzaron a correr y, por un segundo —uno solo—, algo muy parecido a la incredulidad cruzó su rostro.
— Esto tiene que ser una maldita broma. — Su voz salió baja, casi divertida.
Ágata, que estaba a un par de metros revisando unas cajas, levantó la cabeza al instante.
— ¿Todo bien? — Preguntó, alerta.
Gael apagó la pantalla y guardó el teléfono en el bolsillo interno del abrigo con absoluta calma.
— Más que bien. — Ágata lo observó unos segundos más, buscando una grieta, una señal. No la encontró. Gael Santoro seguía siendo Gael Santoro: control absoluto, expresión impenetrable. Aun así, algo en el ambiente había cambiado.
El resto de la noche estuvo ahí… pero no del todo.
Firmaba.
Escuchaba.
Daba órdenes y al mismo tiempo, su mente estaba en otra parte.
Ella pidiéndole que fuera el primero.
Ella temblando, pero firme.
Ella pidiendo más, sin vergüenza, sin miedo.
Ella diciendo —con la voz rota y honesta— que no quería a nadie impuesto, que quería elegir y lo eligió a él.
Gael apretó la mandíbula apenas.
Barcelona.
La oscuridad.
El cuerpo sin rostro.
Las caderas que no había podido olvidar y ahora… Valentina.
— Maldito destino. — Pensó. — Maldita casualidad… y malditas caderas. — Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en sus labios.
Ella no lo recuerda.
No sabe.
No lo ha unido.
Él sí y eso lo cambia todo.
Porque ahora no solo tiene una esposa por contrato.
Tiene a la mujer que lo marcó sin saberlo.
La misma que duerme bajo su techo…
sin recordar que ya fue suya.