El despacho todavía estaba en penumbra cuando mandó a llamarla. No era temprano, pero tampoco cómodo. Gael no creía en las conversaciones importantes con el café recién servido ni con la cabeza a medio despertar. Prefería a la gente ya armada por dentro. Valentina entró erguida, el mentón alto, el paso firme. Vestida con sobriedad, como si la ropa fuera una armadura. No pidió permiso para sentarse. Tampoco se ofreció. Gael la observó unos segundos antes de hablar. No con la mirada del hombre que evalúa un contrato, sino con la del hombre que sabe. — Ayer me hablaste de respeto. — Dijo al fin, apoyando los antebrazos sobre el escritorio. — Hoy vamos a hablar de eso. — Valentina no bajó la mirada. — No te hablé. Lo exigí. — Una comisura de la boca de Gael se levantó apenas. — Bien. —

