Gael tomó aire y miró el reloj. — Es tarde. Te vas a la casa. — Valentina frunció el ceño, sorprendida. — ¿Cómo así? — Preguntó. — Podemos ir… o sea, estoy bien. Vamos juntos a la casa. — Salieron de la bodega. La camioneta ya estaba esperándola con el motor encendido. Gael abrió la puerta trasera con un gesto seco, indicándole que subiera. Valentina se quedó quieta. — ¿No vas a ir conmigo? — No. — Ella lo miró incrédula. — ¿Y esas mujeres que están ahí? — Dijo, señalando vagamente hacia el interior. — ¿Te vas a quedar? ¿Con ellas? — Había algo en su tono que rozaba el reclamo. Algo que no le correspondía. Gael giró de golpe. — Basta. — La palabra cayó pesada. — Deja de fingir que te importa. — Valentina se cruzó de brazos, como escudo. — Ahora no voy a ir contigo ni con ninguna t

