«Lo que no se dice se vuelve más intenso, porque no tiene dónde ir.»
—Creo que es todo —apagó la pantalla—. Lo que te he dicho es suficiente para la junta del viernes. Lo demás se verá conforme los niños vayan mostrando evolución. Si necesitas ajustar algo en la indumentaria del protocolo, solicítalo directamente con Olsson.
Me puse de pie y asentí tomando los expedientes.
—Bien. Muchas gracias.
Me acerqué a la puerta. La sala de cristal seguía siendo nuestra burbuja y el pasillo al otro lado era el mundo donde todo volvía a ser normal. Necesitaba llegar allí lo más rápido posible. Mi mano tocó el cristal y lo entreabría cuando su mano lo presionó cerrándola de golpe.
Volteé.
Estaba demasiado cerca. El espacio entre su pecho y el cristal era exactamente el ancho de mi cuerpo y ninguno de los dos lo había planeado. En cuanto Axel notó la distancia se alejó dos pasos con una deliberación que fue más reveladora que si se hubiera quedado. Me miró.
El silencio duró exactamente lo suficiente para que ambos supiéramos que algo acababa de ocurrir, algo que incomodaba, aceleraba el corazón y simplemente no debía ocurrir. Tragué saliva, pero oculté el gesto con rapidez.
—Supongo que lo sabes. Llamé a Ormond.
No pensé que jugarías sucio.
La frase estuvo en mis labios, pero la cambié en el último segundo.
—No pensé que llegarías a ese punto.
—No es jugar sucio. Es prever problemas mayores. Quise que uno de los dos fuera el coherente en esto. —Mantuvo las manos dentro de los bolsillos de su bata, esa postura característica de cuando elegía cada palabra con cuidado—. El pasado influye, pero decidí que ahora que ha sido imposible detenerlo y que esto es inevitable, lo más prudente era ser directo contigo. Puedo interactuar contigo sin inconvenientes, pero no confío en ti. Y creo que eso impacta demasiado en una relación de colegas, especialmente en un proyecto como este. Conozco tu tendencia a generar problemas y lo agresiva que puedes llegar a ser. Tomas todo personal. Puedes considerarlo egoísta, pero no puedo colocar a mi personal en esa posición. No pude evitar que estuvieras aquí, pero sí pondré en claro una cosa.
Se acercó medio paso. Solo medio paso, pero en ese espacio reducido fue suficiente.
—Mídete y estaremos bien.
Mis manos se cerraron en puños sobre los expedientes.
Mídete. Como si fuera una empleada nueva que acababa de llegar sin credenciales ni historia. Como si los últimos cinco meses de trabajo pacífico en esos asfixiantes pasillos no existieran y como si yo no fuera una mujer profesional a pesar de las circunstancias. ¿Qué había hecho yo para merecer ese mídete?
Se dio la vuelta como si con ello deseara sellar la conversación, pero algo en mí se negó a aceptarlo. Caminé hacia la mesa y dejé caer los expedientes con una contundencia que hizo que el sonido resonara en toda la sala de cristal. Él volteó.
No pensaba marcharme.
—¿Mídete? —repetí con una calma que por dentro era lava—. No soy yo quien debe medirse, Dahlgreen. Hablas como si yo le hubiera pedido a Ormond estar aquí y, como él mismo debió haberte dicho, no tuve nada que ver con esa decisión. Llevo aquí varios meses haciendo mi trabajo y en ningún momento he hecho algo que justifique lo que intentaste. Hablas como si fuera yo quien murmura en los pasillos. Puedes preguntarle a cualquier persona en este hospital, a una sola, si alguna vez en estos meses he pronunciado tu nombre en voz alta fuera de un contexto médico.
No respondió.
—No lo he hecho. Porque estoy haciendo mi trabajo y porque considero este ensayo tan importante como tú. No podría arruinarlo. —Di un paso hacia él—. Y si me conoces tanto como dices, no debiste hacer lo de Ormond. No debiste. Fuiste directamente contra mí sin haberme dado ninguna razón para ello.
Sus ojos no se apartaron de los míos. Había algo en ellos que no era la frialdad habitual de los pasillos. Era otra cosa. Algo más parecido a la honestidad incómoda de quien sabe que tiene parte de razón y parte de culpa al mismo tiempo. Dejó ver emoción y eso fue nuevo.
—Tus ambiciones a veces son más fuertes que tu coherencia.
—¿Mis ambiciones?
—Es solo cuestión de tiempo para que encuentres una manera de beneficiarte de esto y no te importará aplastar a quien esté debajo de ti para conseguirlo. —Su voz no subió ni un tono. Eso lo hacía más devastador que si hubiera gritado—. No quiero ser yo quien trate con esa mierda en mi hospital ni quien coloque a mis colegas en esa posición. Puedes culparme por intentar mantener la paz. No me importa. Es mejor mantener el veneno lejos.
Terminé soltando una risa.
Veneno. Acababa de compararme con una víbora.
—Me honras. —Mis pasos me llevaron a escaso medio metro de él—. Pero te diré una cosa para que puedas dormir tranquilo, Dahlgreen.
Lo miré directamente. Sus ojos bajaron un milisegundo imperceptible, como si buscara algo en mi expresión que le confirmara lo que había dicho. No confiaba en mí y en el fondo fui yo quien le dio razones para ello en el pasado.
—Nunca fue mi intención hacer la guerra aquí dentro. Ya que me conoces tanto, debes saber que, si hubiera querido incomodar a tu personal, llevaba meses para haberlo hecho. No lo hice porque no es mi objetivo. Reconozco que tienes razones para creer lo que crees, por el pasado, y es exactamente por eso que olvidaré lo de Ormond. Por eso, y porque nuestra interacción es necesaria. —Sostuve su mirada sin parpadear—. Puedes no confiar en mí como mujer. Esa confianza ya no es necesaria entre nosotros y los dos lo sabemos. Pero confía en mí como colega y sacaremos este proyecto adelante. Ahora debe ser el único objetivo. El ensayo genera suficiente estrés como para que nosotros añadamos más. No lo quiero. Por el bien de los niños y por el bien de todos.
Cuando pronuncié esa última línea, algo en su mirada cambió.
No fue notorio para cualquier observador externo, pero yo le conocía. Fue simplemente el momento en que la mandíbula se relajó levemente y los hombros bajaron medio centímetro de donde los había mantenido durante toda la conversación.
Pasó las manos por su sien y suspiró.
—No quiero una guerra contigo, Larsen. Este ensayo debe salir perfecto. Invertí demasiado para que un ambiente tenso lo comprometa. —Se tomó una pausa, como si lo que estaba por decir le pesara más de lo que deseaba aceptar—. Lo acepto. Hagamos el mejor trabajo por el bien de todos.
El mejor trabajo.
Tomé los expedientes de la mesa con la misma calma con que los había dejado caer y caminé hacia la puerta. Esta vez nadie la cerró.
Pero antes de cruzarla completamente, sin voltear, sin darle la oportunidad de ver mi expresión, me detuve.
—Axel.
Usé su nombre por primera vez desde que empezó esta conversación. Sin el doctor. Sin el apellido. Solo su nombre, como lo había pronunciado en ese sofá n***o, en esa noche, en otra vida que ahora no era más que un recuerdo y las migajas del hubiera. No pude voltear así que pronuncié mis palabras sujetando la manija de la puerta. Un nudo amenazaba con instalarse en mi garganta y no hablé hasta tener la garantía de que mi voz saldría firme y no quebrada como una capa delgada de hielo.
—Mi veneno te hizo daño en el pasado. Han pasado tres años y no deseo que te haga daño en el presente.
Crucé el umbral antes de que pudiera responder.
Y no miré atrás, aunque cada fibra de mi cuerpo me lo exigía. El sentimiento de deuda fue inevitable y cada vez que le escuchaba replicar y decirme que me conocía, la culpa se hacía más grande. Me descubrí midiéndome. Mi lengua se medía con él, con Olsson y con Holm, porque sabía que eran personas que le importaban. Inclusive con cada m*****o de aquel hospital. Era como si mis manos estuvieran cubiertas de espinas y todo lo que tuviera que ver con él fuera imposible de tocar sin hacerle daño, porque de alguna manera sentía que se lo debía.
Y es que definitivamente era así.
(…)
No pude concentrarme en los papeles ni en los datos, aunque por suerte los colegas fueron mucho más participativos en la segunda ronda y pude volver a casa sin contratiempos. No podía dejar de pensar en sus palabras y en cómo aquella comparativa había calado profundamente en mí. Jamás me molestó que alguien usara la lengua para atacarme, como Murrow hablando de que mi padre permanecía en la ruina. Si era sincera, eso no me importaba en absoluto. De hecho, me causaba satisfacción que fuera de esa forma. Pero cuando pensaba en el éxito, también tenía que echar en una balanza lo que perdí, y tal vez eso fue lo único que realmente me dolió perder en la vida.
Suspiré sintiendo cómo el vino raspaba mi garganta.
Fue allí donde mi mente viajó directamente a aquella llamada, a cómo mis dedos firmaron aquellos papeles que lo cambiaron todo. Sabía perfectamente lo que aquel hombre estaba buscando y no me importó usar mi compromiso, mi boda y mi amor por Axel para alimentar la ambición de alguien que claramente deseaba un beneficio económico. Yo solamente tenía en mente una cosa: terminar con Klaus con un golpe devastador del que no pudiera levantarse nunca más.
Mierda.
Intenté que mis pensamientos no me traicionaran. Axel no dijo mucho cuando se enteró, pero no tenía que decirlo. Sus ojos demostraron toda la decepción del mundo, como si fuera un hombre que llevaba años ganando la confianza de un lobo y al final terminara ahogado entre sus fauces en medio de sangre carmesí.
Supongo que el hecho de que esto fuera todo para mí no era tan importante como la amargura de tu alma. Fue mi culpa. Fue mi culpa ser tan iluso como para creer que conmigo serías distinta cuando te has movido así con todos.
Eso fue lo que dijo. Y fue simplemente devastador.
Tenía que pensar en cómo ocupar mi cabeza durante los meses que estaría aquí. No estaría mal encontrar algún amigo sueco interesante para ocupar mis pensamientos, porque no deseaba en absoluto que los rumores estúpidos tuvieran de qué alimentarse. No necesitaba estar observando a un hombre a la distancia mientras se paseaba de la mano con otra. Tal y como pensé desde que puse un pie en Suecia, estaba más que segura de que mi historia con Dahlgreen llegó a su fin tres años atrás.
No estaba esperando a nadie. Solo no quería nada formal.
Tuve varias parejas después de aquella ruptura, porque la vida no se resumía en una relación y, aunque fue cierto que los primeros meses fueron complicados, no fueron suficientes para hacerme pedazos. Sufrí. Probablemente sangré. Pero nada más. No pensaba ser como Holm, que después de tres años parecía no tener nada seguro si me corría con tanto ahínco. No disfrutaba de mi presencia y yo, en cambio, disfrutaba enormemente ser la espina en su costado.
La mujer no era idiota ni tampoco fea. Era hermosa, de largo cabello rubio y ojos claros. Jugaba una buena estética al lado de Dahlgreen y eso no podía negarse. Tendrían preciosos bebés rubios y de intensos ojos vivaces. Además, si tenían suerte, heredarían la inteligencia de su padre.
Alargué la mano para tomar una de las revistas que había sobre la mesita de centro y al hojearla un artículo de Charité apareció cuando di vuelta a la página.
Inversión millonaria.
Avance tecnológico.
Magnate médico.
Las tres palabras en el mismo jodido artículo, acompañadas del mismo nombre. Leí la suma de dinero y una de mis cejas se arqueó con una sonrisa de lado. Axel nunca hacía las cosas a medias. Si algo valía la pena, lo hacía hasta que no quedara nada más que dar. Según la nota, para poder albergar el SPINE había realizado una inversión abrumadora, dando el ejemplo a media comunidad médica de Europa. Su lema era sencillo: "No existe avance médico sin innovación."
Terminaba de leer aquella nota cuando mi teléfono comenzó a sonar. El número no estaba registrado y me sorprendió porque era sueco. Nadie tenía mi número nuevo excepto la abuela, y ella no estaba en Suecia. Sonó varias veces. Estaba dispuesta a dejarlo perder, pero algo dentro de mí lo impidió y antes de que se cortara, respondí.
—¿Doctora Larsen? Soy Adeline Berg. ¿Me recuerda?
Berg.
Berg.
Berg.
Me quedé en silencio y entonces la mujer completó:
—De Svenska.
Con esas dos palabras recordé el nombre de aquella famosa revista especializada en sociales que alguna vez se encargó de cubrir mi compromiso en toda la prensa danesa y sueca. Respondí aún con el ceño fruncido.
—Buenas tardes, señora Berg. ¿A qué debo el honor?
La mujer era insistente en algunas ocasiones así que lo mejor era llevarla al grano con rapidez.
—He escuchado que está en Suecia y me gustaría hablar con usted. Hay una nota en particular que saldrá pronto y que, bueno, creo que le interesaría mucho conocerla antes que nadie, especialmente por sus circunstancias actuales. Se la mandaré a su correo personal. Creo tenerlo todavía y, tal vez después, podemos cruzar una llamada.
—Por supuesto.
Pensé que se trataría de moda sueca o cualquier otro tema poco relevante. Respondí con monosílabos y casi al momento un correo entró a mi bandeja. Fue tan poco urgente que, antes de abrirlo, decidí rellenar mi copa. Volví a la comodidad del sofá y por plena curiosidad lo abrí.
Casi me atraganto con el vino.
La Cenicienta con la zapatilla equivocada.
Era una nota de prensa próxima a publicarse en la imponente revista social. Una nota creada con la precisión de quien sabe exactamente dónde duele más. La leí con rapidez, resaltando datos que no pensé que fueran reales. Familia de clase baja. Padre con salario miserable. Escuela pública de baja categoría. Hermano sin actividad laboral. Ante los ojos de Suecia: una mujer que no tenía nada que aportar a un apellido como Dahlgreen.
¿Qué demonios era eso?