FLASHBACK
—¿No piensas ir a la cama? ¿O querías quedarte conmigo a trabajar? —pregunté mientras rodeaba el escritorio y enredaba mis delgados brazos cerca de su cuello. Su fragancia me hizo cerrar los ojos y disfrutar de ese aroma tan atrayente que me enloquecía. Sus manos abandonaron el expediente y tomaron las mías antes de llevar el dorso a sus labios. Fue cuidadoso. Se aseguró de que yo le diera espacio para girar el mullido sillón y quedar frente a mí. Sonrió, justo antes de tomarme de la cintura para llevarme a su regazo. Esos largos dedos tomaron la tela de seda de mi camisón mientras mis rodillas se posaban sobre sus piernas.
Me encantaba sentirme pequeña cuando hacía eso.
—¿Vas a enfadarte conmigo?
—Llegaste hace tres horas, tomaste un baño y te encerraste aquí. A veces pienso que no me extrañaste —comenté, haciendo que una risa divertida y ligeramente ronca escapara de sus labios. Clavó esa mirada azulada en mí y negó con la cabeza.
—Tú también estabas ocupada. Tengo una opinión importante que brindar mañana y es complicada. Creo que ya la tengo, pero siempre debo estar seguro. Que la gente le dé valor a mi palabra aumenta la responsabilidad con la que mis opiniones salen de mi boca. Tendrás que disculparme por ello.
Allí estaba esa expresión siempre responsable que adoraba.
No había nada más sensual que un hombre que sabía de lo que hablaba y Axel lo representaba a la perfección. Acaricié su cabello rubio y asentí, para después formular la pregunta que importaba:
—¿Cuánto tiempo te tomará estar seguro?
—No lo sé. Tal vez dos horas más.
—Bien, entonces puedo esperar dos horas más.
Mis ojos lo provocaron mientras mis dedos rozaron casi de forma efímera sus labios. Sonreí cuando mi nariz rozó la suya y entonces, cuando me sentí atraída como por un imán, deposité un beso en la comisura de su boca, porque si lo hacía sobre ella no podría esperar dos horas. Axel lo tomó como una provocación directa, especialmente cuando susurré:
—Le dejaré terminar, doctor.
Rompí el tenso contacto visual y descendí de forma lenta de su regazo, pero entonces sus manos se negaron a soltarme y me atrajeron de nuevo, esta vez directamente hacia sus labios, que no tardaron en demostrar que, en efecto, me había extrañado. Bastó sentir su lengua en mi boca para que todo lo demás dejara de existir. Terminé sobre su regazo nuevamente, saboreando cada centímetro de esos carnosos labios rosados. Su enorme mano subió por mi muslo hasta perderse en mi cadera, que apretó y empujó contra su entrepierna.
Casi pude escucharlo contener un gruñido cuando el roce lo cautivó. Sus dedos se enterraron en mi piel y poco a poco todo fue tornándose más urgente. Mi respiración se agitó y la ropa comenzó a molestarme como una segunda piel que necesitaba remover a toda costa. Sus labios abandonaron los míos y se movieron hacia mi cuello mientras mis dedos buscaban la parte baja de su camiseta. Cuando mis uñas rojas la sujetaron, ambos comprendimos que no había vuelta atrás.
Alargó la mano y, de forma abrupta, cerró el expediente antes de ponerse de pie sin soltarme un segundo. En medio de un nuevo beso cargado de deseo, logró susurrar:
—Justificar mi resolución tendrá que esperar un poco, Sun.
—Creo que la necesitas…
Sonrió de forma traviesa.
—Ahora te necesito más a ti.
Luego me empujó suavemente hacia el amplio sofá n***o de mi departamento y se sacó la camiseta, revelando ese pecho fornido y esa piel blanca perfecta. Tenía algunas pecas cubriendo sus hombros y espalda, además de unos hombros marcados al igual que esos notorios pectorales que trabajaba a diario. El tono de su piel hacía sencillo que mis uñas dejaran líneas cuando se posaban de forma intensa sobre ella.
Su cuerpo me cubrió como una cálida sombra que pesaba el doble que yo, pero que disfrutaba sentir en esa batalla carnal sobre quién dominaba a quién, porque Axel Dahlgreen era el hombre más educado y amable que había conocido, pero no tenía reparos en convertirse en un amante voraz cuando la excitación dominaba cada músculo de su cuerpo. Tomó mis labios y metió la mano dentro del camisón de seda. Me estremecí cuando fue directo a comprobar si sus besos ya habían surtido efecto.
Estaba húmeda, húmeda y ansiosa.
Gemí cuando comenzó a acariciarme de forma lenta y entonces su incipiente barba me provocó cuando rozó mi mejilla. Mi sonrisa se borró de inmediato cuando sus caricias se hicieron más descaradas sobre mi clítoris.
—Axel…
—¿Me extrañaste?
Había estado fuera al menos tres semanas.
—¿Tú qué crees?
—Yo creo que eres demasiado orgullosa para aceptarlo.
—¿Y qué? ¿Harás que lo haga?
Sonrió y entonces escuché el rasgado de mi ropa interior entre sus dedos. Con un movimiento ágil bajó las mangas delgadas del camisón y reveló mis pechos. Mis manos buscaron soporte y lo encontraron encajando los dedos en la tela del sofá cuando llevó su boca a uno de mis pezones. Gemí de satisfacción mientras con una lentitud casi dolorosa me humedecía sobre sus dedos. No descansó hasta que su rostro estuvo entre mis muslos, los cuales besó antes de poner su húmeda lengua sobre ese punto tan receptivo de mi cuerpo.
Mi lacio cabello se extendía por todo el brazo del sofá.
Qué sensación tan jodidamente deliciosa.
Esa mata de cabello rubio se perdió entre mis muslos buscando brindarme un placer que ya conocía y que siempre disfruté de él. No tenía problemas en hacer ruido ni en exponer cuánto disfrutaba. Era un amante que no dejaba nada que desear. Chupó, lamió y estimuló hasta que mi cuerpo no pudo más y se sacudió en medio de un orgasmo intenso que me dejó temblando.
Los vellos del cuerpo se me erizaron, pero en vez de agotarme, el deseo se profundizó aún más. Me levanté y el camisón que todavía cubría parte de mi cuerpo terminó cayendo al suelo. Mis uñas se posaron sobre su hombro y él me llevó sobre su regazo. Besé sus labios mientras mis pechos rozaban ese cálido pectoral. No habíamos llegado a la cama, pero no importaba cuando se trataba de él.
Esa mirada azulada ardía de excitación.
—Quiero estar dentro de ti —pidió contra mis labios sin dejar de devorarme con esos preciosos ojos. Mis manos buscaron su cierre ansiosas de cumplir aquella petición porque yo también lo deseaba con la misma intensidad. Liberé su erección y aquello fue una prominente victoria cuando toda su longitud quedó a la vista.
Mierda.
Mi mano la acarició de la punta hasta la base y la sensación de tenerla entre los dedos no pudo excitarme más. Larga, gruesa, con ese tono cálido que iba a la par de toda su masculina estampa. Las venas que la decoraban completaron el cóctel de deseo y fue inevitable que la punta rozara mis pliegues húmedos cuando la coloqué justo allí. Lo escuché jadear, estremecerse de solo imaginar lo que vendría.
Lo deseaba tanto como él.
Mis ojos fueron hacia su cartera en el suelo. Necesitaba un preservativo, ahora. Estaba por bajarme cuando sus manos se clavaron en mi cintura.
—¿Qué haces? —preguntó, y yo señalé la cartera con la barbilla.
—¿No quieres que lo hagamos así?
—Yo nunca he sido el problema —comenté, sabiendo que era él quien siempre se preveía al respecto. Habíamos tenido sexo muchas veces, pero nunca sin protección, por decisión de ambos. En ese punto no tenía problemas con sentirlo de esa manera. De hecho, lo añoraba.
—Entonces… —susurró con voz entrecortada antes de dejar que sus manos en mi cintura me ayudaran a hacerlo resbalar por completo en mi interior.
Me aferré a sus hombros mientras lo sentía llenarme por completo, despacio. Dios. Su boca emitió un sonido de gozo puro cuando me sintió rodearlo, sonido que silencié con un beso profundo. Mi cuerpo se acomodó a él sin dificultad, aunque con lo excitada que estaba eso no fue realmente un problema.
Ese hombre me volvía loca.
FIN DEL FLASHBACK
La expresión que guardaba ahora era similar a la que tenía ese día mirando sus expedientes. No me dolía recordar esos pasajes, especialmente porque fueron lo más fogoso de aquella relación que ardió y al final terminó por apagarse. Olsson caminaba en compañía de Holm cuando aquel pasillo se volvió demasiado estrecho y terminó por encerrarnos entre dos frentes.
—Buenas tardes, doctora Larsen.
—Doctor Olsson. Holm.
Elin sonrió ligeramente ante mi saludo. No pensaba quedarme a conversar, así que intenté pasar entre ellos, pero su voz detuvo mis pasos.
—¿Tiene algún comentario sobre la reunión social?
—Ninguno. Recibí mi invitación.
—Perfecto, entonces.
La mujer iba a continuar su camino, pero yo repliqué.
—¿Por qué? ¿Tienes algún comentario al respecto?
Negó.
—No, ninguno. El proyecto está por comenzar y, una vez que los pacientes estén en sus habitaciones, sería irrespetuoso llevar a cabo esta guerra. Mantendremos las cosas con profesionalismo y siguiendo su rumbo. Lo que pasó en el pasillo no debe repetirse.
Vaya. Ahora hablaba con formalidad.
—Me alegra que tengas la ética presente. Es justo lo que decía.
—Hablaba también por las amenazas.
—Holm —chasqueé la lengua—. Yo no amenazo. Yo advierto. Así que no te preocupes. Mientras no intenten jugar conmigo, todo estará bien. No me gustan las guerras sucias porque suelo tener afinidad para jugar el doble de sucio, y eso no le agrada a nadie.
—Doctora Larsen.
Volteé cuando una enfermera pronunció mi apellido.
Detuve mi conversación con Holm y me centré en la mujer.
—¿Sí?
—El doctor Dahlgreen solicita su presencia para revisar juntos las resonancias magnéticas de los tres menores que participarán en el ensayo, antes de que continúe con su revisión.
Sonreí.
—Iré enseguida —le respondí a la enfermera antes de dirigirme a Holm—. Bueno, me despido. El deber me llama. Nos vemos en la reunión social, señorita Holm. No se estrese demasiado. Estoy segura de que sabrá diferenciar el champagne del vino blanco. Linda tarde.
La enfermera se aclaró la garganta discretamente y eso fue suficiente para que una risa se instalara en mis labios. Elin Holm había sonreído primero cuando pensó que aquel lunes sería mi último día allí. Ahora era yo quien lo hacía de último, disfrutando ese gesto amargo que ella intentó ocultar con un asentimiento.
Al final la amargura no venía de mí.
¿A qué le tenía tanto miedo Elin Holm?
Con esa pregunta instalada en algún lugar entre mi curiosidad y mi orgullo, seguí a la enfermera, quien mantuvo una expresión seria durante todo el camino. Probablemente mis palabras a Holm no le habían sentado en gracia. No era la primera vez y no sería la última.
Mis uñas rojas se posaron sobre la puerta de cristal antes de empujarla.
Axel se mantenía de espaldas, concentrado en las resonancias con esa postura característica que reconocería en cualquier parte: los hombros ligeramente inclinados hacia la pantalla, las manos entrelazadas sobre la barbilla, el peso del cuerpo distribuido con una quietud que en otro hombre parecería indiferencia y en él era concentración absoluta. Los médicos que minutos antes lo acompañaban se habían esfumado, dejando solamente nuestras dos presencias danzando en aquella burbuja de cristal.
—Muchas gracias, Krista —dijo hacia la enfermera sin levantar la mirada, antes de que la mujer se marchara cerrando la puerta con suavidad.
El silencio que quedó tenía un peso específico.
Fue justo cuando pronunció mi nombre que esa mirada azulada se elevó para cruzarse con la mía. No había calidez en ella, pero tampoco la hostilidad de los pasillos. Era otra cosa. La mirada de un médico que tiene un problema que resolver y que buscaba mantener el profesionalismo sobre todas las cosas. Eso, curiosamente, era más fácil de tolerar que cualquier otra versión de sus ojos.
—Seremos breves, doctora Larsen. Antes de que continúe analizando los expedientes me gustaría que revisáramos un caso en particular.
Su mano señaló las pantallas.
—¿Marek Zarembski?
—Su situación avanza más rápido que la de los demás. —Tomó el control y las imágenes en la pantalla cambiaron mostrando dos resonancias en paralelo—. Resonancia de hace dos meses y resonancia actual. Comparándolo con sus dos compañeros de ensayo, el tumor creció un ochenta por ciento más. Si el tratamiento no lo frena en las primeras semanas, en menos de un mes podríamos estar ante una decisión quirúrgica que no podemos postergar.
Me acerqué a la pantalla. Marek tenía cuatro años.
—Eso detendría su inducción. Tendría que pausar las dosis en el peor momento del ciclo.
No estaba de acuerdo y no pensaba ocultarlo.
—Es necesario que estés alerta desde el primer día. El escenario no es bueno para Marek y no podemos comprometer la médula. Mantenlo en observación estricta y reporta hasta los menores cambios a SIOPEN en la bitácora. Yo lo expondré en la junta científica del viernes.
—Si frenamos la inducción en un momento dado el tumor podría diseminarse antes de que los medicamentos hayan tenido tiempo de actuar. El carboplatino necesita al menos dos ciclos para mostrar respuesta real y si lo interrumpimos…
—Si no detienes la inducción en el momento correcto, ese niño podría no volver a caminar. —Su tono no fue cruel, pero si directo Fue simplemente contundente, con esa claridad quirúrgica que no dejaba espacio para la ambigüedad—. No discutamos algo que todavía no tenemos que decidir. Cuando lleguemos a ese punto, lo decidiremos juntos con los datos sobre la mesa. Por ahora, observación y reporte.
Juntos. Esa palabra salió de su boca con la misma naturalidad que cualquier término médico y tanto yo como él, decidimos ignorarla.
Observé el expediente abierto frente a mí. Para frenar el amargo sabor de boca tomé uno de los dulces que había sobre la mesa sin pensar demasiado en ello. Eran de regaliz. Hice las anotaciones pertinentes en silencio, pero la pluma decidió dejar de escribir a mitad de una línea. La sacudí levemente. Nada.
Él me tendió la suya sin que yo se lo pidiera, sin levantar la vista de la pantalla, como si hubiera estado esperando ese momento con la misma naturalidad con que se anticipaba a todo en su vida. Mis dedos rozaron ligeramente los suyos al tomarla.
Una corriente me recorrió el cuerpo entero.
Si él lo sintió, no lo demostró. Siguió con los ojos en las imágenes y yo seguí con los ojos en el expediente y ambos continuamos siendo dos médicos revisando un caso clínico que tarde o temprano podria convertirse en la peor pesadilla para un dulce e inocente niño.
Entonces su mano fue hacia los dulces sobre la mesa.
Automáticamente sujeté su muñeca.
Fue un movimiento sin pensamiento, sin decisión previa. Fue simplemente el reflejo de alguien que conoce a otra persona de una manera que no se elige y que el tiempo no borra.
Una corriente diferente a la anterior me recorrió cuando el contacto se registró en mis dedos. Su muñeca entre mis manos. Su pulso bajo mi piel. Si él sintió lo mismo, tampoco lo demostró esta vez, aunque por un milisegundo imperceptible sus ojos dejaron la pantalla.
Solté su muñeca con la misma calma con que la había sujetado, como si nada de eso hubiera ocurrido.
—No puedes comerlos. Tienen regaliz.
Regresé la atención al expediente como si esa fuera la parte más importante de lo que acababa de pasar, cuando en realidad no pude ver las líneas escritas por el vacío que se instaló en mi estómago.
Axel era alérgico al regaliz.
No era información médica. No estaba en ningún expediente. No era el tipo de dato que se guarda sobre un colega o un conocido y eso me carcomió por dentro. Era el tipo de dato que se guarda sobre alguien a quien amaste y que no debería relucir ahora.
El silencio que siguió fue diferente al de antes. Más pesado. Más honesto. Más doloroso.
Axel no tomó los dulces.