«Nada es más inestable que aquello que parece estar perfectamente bajo control.»
Estaba molesta. Muy molesta.
Una cosa era que lo dijera y otra muy diferente que se atreviera a intentarlo. Mis ojos recorrieron por decimoquinta ocasión el historial de llamadas recordando las palabras de Ormond. Axel Dahlgreen no estaba jugando en absoluto y yo, aunque toda la paz que llevaba conmigo era casi abrumadora, disfrutaba mucho de jugar. El teléfono golpeó mi rodilla ligeramente mientras apretaba la barbilla con los dedos. Debía controlarme o esta semana terminaría conmigo. La reunión del equipo investigador fue un éxito y, si revisaba mi agenda, las cosas no eran mucho menores los próximos días. Los pasillos de aquel lujoso y cuidado hospital no tardarían en llenarse de médicos recién llegados y, según los comentarios, sería la propia Elin Holm quien se encargaría de recibirlos.
Ese fue el comentario que escuché cuando me dirigí al auto luego de aquel amargo momento.
Claro que tenía que recibirlos. Pronto sería la señora Dahlgreen y esa sería una pequeña responsabilidad comparada con las que se le vendrían encima en cuanto esa delicada sortija surtiera el efecto que tanto tiempo llevaba esperando. Yo realmente deseaba que todo saliera bien, no solo por el proyecto sino por el compromiso que un evento de esta magnitud significaba para todos. Jugué con mis anillos mientras un humeante café me aguardaba en aquella preciosa cafetería dentro del hospital. Tenía un hermoso dibujo hecho con la espuma, elegante y llamativo.
Bloqueé el teléfono.
Cada vez que veía la llamada de Ormond en el historial, algo en mí se encendía y solo podía repetirme que debía calmarme. Estaba allí en son de paz y, aunque si me atacaban pensaba defenderme, esto todavía no se salía de mis manos. Lancé una advertencia, pero de allí a tomar represalias el abismo era muy largo. No deseaba jugar con algo tan delicado como este proyecto y sabía que Axel, quien me conocía, no dudaría en tomar en cuenta mis amenazas. El rojo de mis mejillas descendió mientras me recordaba el porqué estaba allí.
No has venido a esto.
Era una oración que debía repetirme mientras leía lo que se esperaba de este ensayo. Podían decir que era el ser más ambicioso y caprichoso del mundo, pero me costaba jugar con las vidas de quienes no lo merecían y más me valía tomar mi labor con responsabilidad. Si estaba allí era para demostrarme que la vida continuó después de él, y por supuesto que así fue. Ocupé mis años en seguir preparándome, en leer más, acudir a más cumbres médicas y, por supuesto, en enterrar el pasado. Tomé el café y dejé que lo dulce del contenido resbalara por mi garganta. Eso haría de mi mañana una circunstancia mucho más llevadera.
El plan era sencillo.
Debía prepararme para la revisión de todos los expedientes y la recepción de los tres primeros pacientes durante los próximos días. En una hora debía verme con Maja, Dioni y Britta para asegurar que las habitaciones estuvieran bajo el rigor que el protocolo demandaba. A través del cristal transparente, al levantar la mirada, divisé ese cuerpo menudo y ese brillante cabello rubio sujeto en una coleta alta. Holm. Sonrió con esa clase de sonrisas que iluminan los ojos y entonces observé a Axel devolverle la sonrisa mientras la mujer parecía alargarle la mano para comentarle algo con entusiasmo.
Di un nuevo sorbo al café y volví la vista a los expedientes. Lo que tenía al frente era mucho más importante.
Además, esas escenas debían ocurrir seguido.
El café, antes dulce y delicioso, se volvió un poco amargo.
Mis ojos se perdían en las hojas que debía tener más que analizadas para la reunión de dentro de un rato, cuando una presencia terminó por tomar asiento a mi costado. Mi mirada fue lenta pero concisa en esa dirección y entonces una sonrisa de lo más inquietante me saludó con marcada hostilidad.
Vaya mierda.
—¿Murrow?
—La misma, Larsen. ¿Cuántos años han pasado? ¿Cinco?
—Cinco —comenté sin mostrar su entusiasmo, porque Beka Murrow y yo no fuimos ni seríamos amigas jamás. Nos topamos en la especialidad y luego, para mala suerte de ambas, terminamos en el mismo programa de residencia. Su historia era particular. Su madre inglesa se había casado con un chaebol coreano y ella terminó con un padrastro que cumplía sus caprichos. Las escuelas de élite en Corea siempre abrían sus puertas a quien pudiera pagarlas y al nuevo padre de Beka fue precisamente lo que le sobraba.
—Sabía que iba a encontrarte aquí. Tu nombre aparece en mis expedientes y en el correo de Ormond. Estoy en el equipo de Finlandia, así que estaremos trabajando en conjunto. El vuelo fue corto, pero el recibimiento de Elin Holm ayer fue intachable —resaltó, provocando que yo asintiera y restara importancia al comentario. Si le daba la mínima muestra de que me importaba, no pararía—. ¿No es raro?
—¿Qué quieres decir?
—Mira…
Su comentario captó mi atención y mis ojos fueron hacia el punto que señalaba con la barbilla. Elin Holm guiaba a un grupo de recién llegados por el hospital con una sonrisa que iluminaba los pasillos, demasiado contrario a mi rostro serio que rara vez formulaba algo distinto a una sonrisa engreída.
—Holm tiene mucho trabajo al parecer.
—¿No te duele no estar en su lugar?
Mis ojos la hicieron pedazos por dentro, pero en el exterior lo único que obtuvo fue una ligera sonrisa divertida y una corta negativa de indiferencia mientras cambiaba de página en el expediente.
—No. Nunca lo he pensado. No hay razones ni tiempo.
—Oh, vamos, Larsen. Todo el mundo sabe cómo eres. Se ha sabido desde que estábamos en la universidad y en la residencia. Dahlgreen era la clase de hombre que alguien como tú buscaría. Nunca aspirabas a algo pequeño, siempre a lo más grande, y mira: tu lugar ahora lo ocupa una chica becada de una universidad sueca que en definitiva fue mucho más inteligente que tú. Él tiene dinero, apellido, renombre, inteligencia e influencia. Sangre para un tiburón.
¿Acababa de compararme con un pez?
Una risa divertida escapó de mis labios.
—Dahlgreen es Dahlgreen, Beka, pero yo sigo siendo Sun-Hee Larsen y no tengo razones para sentir que un hombre eleva mi estatus. Comprendo que lo pienses, ya que una afable limpiadora de yates terminó casada con un chaebol y dejó de comer sardinas enlatadas en su departamento de seiscientas libras al mes ubicado en un barrio londinense de dudosa reputación.
Su sonrisa se borró cuando saqué el comentario de su madre, uno que solía rondar los pasillos de forma cruel durante nuestros años estudiantiles. Ella había notado mi guardia baja y es que, probablemente, mis actitudes en el proyecto hablaban de alguna vulnerabilidad. Sin embargo, seguía teniendo uñas muy largas y una lengua que se reprimía poco cuando se me provocaba.
Iba a llegar a un límite y me sentía cerca.
Sonrió, pero fue claro que mi comentario la molestó.
—La gente no cambia. Sigues siendo la misma.
—Y tú también. Sigues soltando demasiado la lengua. No somos amigas, Beka, nunca lo fuimos, y debiste haberte limitado a saludarme a la distancia. ¿Quieres molestarme o hacerte la inteligente conmigo?
Pensé que bajaría la guardia, pero en vez de eso se inclinó y buscó un juego peligroso que por dentro comenzó a roerme lentamente. Esos ojos grises hicieron contacto visual conmigo.
—No, solo me preguntaba a qué has venido aquí. No creo que tus obras altruistas sean tan genuinas cuando ya se sabe lo que hiciste con los tuyos. Tus hermanos son tus empleados y tu padre vive con lo mínimo después de que lo dejaras sin nada. La única que se salvó fue tu hermana porque se casó bien. ¿Qué altruismo puede tener alguien como tú, Sun? Tu padre no se ha quedado callado y expone sus comentarios en tu contra con la prensa cada vez que puede. Mi madre pudo haber tenido sus humildes comienzos, como dices, pero al menos no lleva en la espalda una carga tan pesada como tu maldita fama.
—No creo que esa fama sea del todo cierta.
—¿Piensas que miento?
—O mientes o eres estúpida —espeté, haciéndola callar—. Si dices que tengo fama de desgraciada deberías cuidar tu lengua y limitarte a participar en el Meeting, porque a eso es a lo que has venido, Murrow. No diviertas más mi mañana. Me harás llorar si insistes en que papá vive debajo de un puente sin para las tres comidas diarias. Si es así, ¿qué diablos me importa eso a mí?
No lo negaba. Papá estaba en la ruina si se consideraba la enorme fortuna que yo mantenía entre mis manos. Quedaban unos cuantos miles después de que una de mis jugadas lo obligara a vender su última fracción de acciones, acciones que al final terminaron siendo adquiridas por mí en una treta que no me generaba el menor remordimiento. Erik estaba en la misma posición, como perros que buscaban alcanzar mis migajas.
Mi comentario pareció erizarle la piel.
—Creo que se entiende por qué el destino no permitió que Dahlgreen se quedara contigo. Un hombre como él era demasiado inteligente para terminar con alguien así. Ibas a llenarlo de amargura y los hombres buenos no merecen esa carga. Elin Holm es hermosa, pero sobre todo buena, y creo que hacen linda pareja. Al final el destino lo rescató de las garras de alguien que seguramente ansiaba hacer más jugosa su fortuna.
Se levantó de la mesa.
—Que tengas un buen día, Murrow.
No respondió. Simplemente tomó su bolso y lo acomodó en su hombro mientras una sonrisa divertida se instalaba en mi rostro. ¿Qué demonios se creía? Yo nunca lo había negado. Axel tenía todo lo que podría parecerme atractivo en un hombre y que su fortuna fuera a la par de la mía me parecía algo satisfactorio. No podía tener una relación con un estúpido y él no lo era.
Si fuera pobre, por supuesto que jamás le habría mirado. Solo las idiotas se alimentaban únicamente de amor y yo no era una de ellas.
Con una sonrisa divertida ante el absurdo intento de Beka de herirme, llevé la taza a mis labios. "Los colegas." Eso quería decir que hablaban de mí y seguirían hablando por mucho tiempo más. No me molestaba que dijeran que dejé a mi padre sin fortuna porque fue precisamente lo que hice. El mundo hablaba de perdón. Yo me vengué de forma directa y lo volvería a hacer diez mil veces más.
¿Que papá tenía poco dinero? Por supuesto. ¿Que lo engañé para dejarlo en la ruina? Fue imbécil. ¿Que hice lo mismo con mis hermanos? Eran bastardos. ¿Que no quise dividir la fortuna? Era mi dinero.
La lista seguía y las respuestas eran las mismas.
No me molestaba que se dijeran verdades, pero sí me molestaría que se dijeran mentiras. No pensaba hacerme la santa. Disfrutaba que la gente temiera mis acciones porque así no se metían en ellas. No me metía con nadie si ellos no se metían conmigo primero.
Ojo por ojo y diente por diente.
Al menos esa desgraciada se iría de regreso en cuanto el evento terminara. Tomé mis cosas y me dispuse a cumplir con mi labor de esa semana. Britta era efectiva en su trabajo: las habitaciones estaban exactamente como el protocolo requería, así que no hubo queja alguna durante la revisión. Con una jefa de enfermeras así el trabajo sería mucho más llevadero.
Los siguientes días corrieron con rapidez. Los pasillos seguían llenándose de rostros nuevos y, por supuesto, de nervios. El Kick-Off Meeting estaría dividido en dos sesiones, la científica y la social, siendo la primera la más cargada de tensión. Mi martes y miércoles fueron relativamente tranquilos a pesar de toparme con aquella presencia desagradable en el café, pero el jueves estuvo tan cargado de actividades que apenas tuve tiempo de revisar el teléfono.
Maja y Dioni mantenían los expedientes abiertos revisando cada detalle de los tres pacientes que estaban próximos a ingresar el lunes siguiente, cuando todo lo del Meeting concluyera. Mis ojos no podían dejar de recorrer los tres nombres.
Eirik Vassdal.
Marek Zarembski.
Aila Kinnunen.
—Marek tiene apenas cuatro años —comentó Maja con una expresión casi apagada. Demasiado joven para enfrentar algo así. Aila tenía seis y Eirik también. El más pequeño era aquel niño cuyos registros mostraban una delgadez preocupante, un factor de riesgo real considerando la agresividad de los medicamentos del protocolo.
—No hay cambios significativos —opinó Dioni desviando la atención del comentario de Maja—. Los tres pacientes siguen siendo candidatos y únicamente tenemos que esperar la valoración del doctor Dahlgreen al respecto. Todo está listo para iniciar la primera fase, salvo que él tenga otros comentarios.
—El riesgo de tener que retrasar la Fase 1 es latente, Larsen —asentí en dirección de Maja—. Si Dahlgreen considera que alguno de los niños requiere cirugía previa al inicio de la quimioterapia, eso podría atrasarnos y crear cierta tensión en el seguimiento del protocolo.
—Si es necesario escucharemos su opinión y comunicaremos los cambios a SIOPEN. La seguridad de los niños en este proceso es la prioridad —respondí—. El neuroblastoma avanza rápido y la vida de cada uno de ellos está siempre por encima de cualquier protocolo. Confío en el criterio del doctor para esto.
El neuroblastoma espinal no era complicado de entender en términos generales: era un tumor que nacía cerca o dentro de la columna vertebral y que al crecer presionaba la médula espinal (el cable maestro del sistema nervioso que transmite señales entre el cerebro y el resto del cuerpo, controlando el movimiento, la sensibilidad y funciones vitales). Si el tumor comprimía esa estructura, los niños podían perder la sensibilidad en las piernas, el control de la vejiga o, en los peores casos, la capacidad de caminar. La consultoría de Axel era infalible en estos escenarios: su labor sería siempre proteger la médula y, de ser requerido, intervenir quirúrgicamente para liberar la presión antes de que el daño se volviera irreversible.
El ensayo SPINE-NBL1 consistiría en tres fases.
Inducción.
Consolidación.
Mantenimiento.
Todo distribuido en un período de cinco meses donde muchas cosas podían ocurrir y donde el proceso sería sumamente exigente para quienes tuvieran que vivirlo. Las complicaciones serían el pan de cada día y, sobre todo, el sufrimiento, de aquellos postrados en las camas mientras soportaban los efectos secundarios de los medicamentos agresivos que este protocolo establecía. Era un riesgo alto para obtener algo valioso.
La vida.
Leer esas líneas siempre me regresaba al pasado y era justamente allí donde recordaba cosas que prefería no recordar. La enfermedad no era culpa de nadie, pero haber sido dejada allí, sola, sufriendo los estragos de las agresivas drogas mientras suplicaba por un abrazo pudo ser uno de los puntos de quiebre más dolorosos de mi vida. Podía escuchar las voces de los médicos a mi alrededor diciendo que era demasiado pequeña para recordarlo, pero hasta la fecha, más de treinta años después, lo recordaba y lo revivía cada vez que veía a un niño llorar porque no tenía cabello o porque las náuseas y el dolor eran demasiado para su débil cuerpo.
Me afectaba. Siempre me afectó. Pero con los años aprendí a manejarlo. Los padres podían quebrar; yo debía permanecer como un roble y, en caso de que el desenlace fuera trágico, tendría el valor para exponerlo con toda la claridad y la ética que mi trabajo ameritaba.
Tomé un corto descanso luego de la larga sesión de revisión y, mientras caminaba por los pasillos buscando darle descanso a mi espalda, divisé a varios metros la presencia de Axel en aquella enorme oficina de cristal. Su bata era inmaculadamente blanca y mantenía las manos sobre la barbilla mientras analizaba una resonancia magnética en la enorme pantalla que pendía de la pared. Tenía al menos dos médicos más detrás de él y, en cuanto pareció terminar su análisis, giró con toda la confianza del mundo y comenzó a exponer sus comentarios. Era el hombre más seguro de su área que había conocido. Tenía una gracia particular para explicar y hacer que todo se entendiera a la perfección.
Fue inevitable observarlo.
Fue inevitable perderme en sus gestos.
Una sonrisa apareció en mis labios. Se obsesionaba fácil.