CAPITULO 2| EL ENCUENTRO

4772 Palabras
«Estaba temblando.» Mis manos terminaron dentro de los bolsillos de mi abrigo. No quería que se notara, pero era inevitable si no hacía algo para impedirlo. El hospital de miles de metros cuadrados terminó convirtiéndose en una burbuja asfixiante. Mis debilidades fueron efímeras, pero presentes. No pensaba quedarme allí parada mientras mis ojos se perdían en esa tormenta azulada que alguna vez me consumió por dentro. Tragué saliva al sentir esa sensación, esa maldita sensación que tanto tiempo deseé evitar. Basta. Bajé la mirada, notando la tarjeta que permanecía en el suelo y, cuando me disponía a recogerla, unos dedos masculinos se adelantaron y, por breves segundos, las yemas hicieron contacto con mi piel. Mierda. Pude ver la cercanía de sus zapatos. La tarjeta terminó en mis manos y decidí guardarla en mi bolsillo. Era suficiente. Era hora de marcharme. Mis tacones dieron un par de pasos confiados, buscando alejarse de la manera más natural posible, mientras recordaba sus últimas palabras cuando se despidió. «La próxima vez que nos veamos, seamos desconocidos, Larsen.» Eso era justo lo que éramos ahora. Desconocidos que debían ignorarse sin importar la longitud de los malditos pasillos. Sentí que estaba cumpliendo mi cometido hasta que su voz detuvo por completo mi andar. Maldita sea. —Ha pasado mucho tiempo, doctora Larsen. Sus palabras resonaron en mi cabeza. Claro que había pasado mucho tiempo: más de tres años y días que llevaba contando uno a uno como la mayor de las tragedias, como un evento que me marcó pero que, contra todo pronóstico y a pesar de mi carácter, no podía dejar atrás. Me dolió saber que el tiempo había corrido mucho más lento para mí que para él. Cerré los ojos por breves segundos, mantuve la compostura y decidí tolerar el dolor que verlo y escucharlo me provocaba. Incluso al cerrar los ojos pude ver el anillo en su dedo: imagen que se enterró como el más agresivo puñal en lo más profundo de mi corazón. Lo toleré. Tenía que tolerarlo. Verlo de esta manera era uno de mis mayores miedos y, como todo en la vida, ocurrió sin que estuviera mentalmente preparada para ello. Jamás, ni siquiera por una vez, los sentimientos me habían dominado, y no comenzarían a hacerlo ahora. Tomé esos breves segundos para estabilizarme y, cubriendo mis emociones con mi característica soberbia, sonreí de manera convincente antes de darme la vuelta. —Los años han sido breves y muy buenos —reconocí, aunque sabía que mi boca jamás había soltado una mentira tan grande. Era incómodo tener esta conversación, incómodo porque en el pasado quedaron tantas cosas por decir que todavía dolían y, a pesar de eso, en el presente existía una muralla que nos impedía retomar el tema. Estaba muerto. Lo que nos unió murió con el amor que nos decíamos tener. —Es bueno escuchar eso. Mantuvo las manos dentro de los bolsillos de su gabardina. Su mirada fría acompañaba esas palabras tensas que pareció soltar más por educación que por deseo. Era suficiente. No teníamos que obligarnos a esto. Una leve sonrisa acompañó mi asentimiento y un simple gesto por mi parte buscó sellar ese incómodo reencuentro que no me dejaría dormir al menos por una semana. Estaba por darme la vuelta, dejando claro que no había nada más que decir, cuando con la misma frialdad continuó. —El ensayo clínico del neuroblastoma es un hecho. Es un proyecto ambicioso, médica y monetariamente hablando, por el que llevamos esperando mucho tiempo. Cuando el ensayo termine, daremos los créditos pertinentes a tu familia y, probablemente, si así se decide, alguna fase podrá desarrollarse en Dinamarca. Todo te será compartido y estará a disposición según los acuerdos. Conforme hablaba, mi ceño se frunció. ¿Qué estaba diciendo? Un gesto de completa incredulidad apareció en mi rostro y entonces caí en cuenta de que daba por sentado que volvería a Dinamarca y declinaría la oferta de participar, probablemente porque, en este punto, era inevitable que yo no sospechara que él estaría involucrado. —Creo que estoy un poco confundida —reconocí con diversión. —Sabes que jamás reservaría información médica por beneficios personales… —Y tú sabes que jamás detendría mi avance profesional por mezclar mi vida personal —repliqué con una firmeza bastante más agresiva que nuestros medidos inicios. Le mostré mi pasaporte coreano—. Agradezco mucho tu disposición, pero no será necesario. Yo misma estaré involucrada en el proyecto y seguiré los lineamientos de SIOPEN. Justamente regresé por mis documentos; necesito extender mi estancia y cumplir ciertos trámites migratorios para poder trabajar aquí. No lo esperaba. Aunque no lo demostró abiertamente, la forma en que me miró indicó que la noticia no le había sentado nada bien. Esa mirada azulada dijo mucho más de lo que sus labios decidieron exponer, probablemente para mantener la prudencia y la elegancia que siempre le caracterizaron. Le conocía muy bien y sus limitados pero elocuentes gestos revelaron una verdad innegable: no me quería en Suecia. Darme cuenta de eso sirvió únicamente para encenderme la sangre, una que solía hervir con facilidad cuando algo me irritaba. Mi expresión, antes apacible, terminó cambiando. Di un par de pasos en su dirección y los nervios iniciales fueron reemplazados por una firmeza que desbordó tensión. Estábamos en medio de aquel pasillo donde cualquiera podía ver nuestra conversación, pero no me importó. Era mejor aclarar todo desde el principio. —No necesito saludos cordiales ni tampoco buenos días por educación. No lo dije yo, lo dijiste tú: ha pasado mucho tiempo como para estar escapando el uno del otro. Ambos sabíamos que era inevitable. Tarde o temprano tendríamos que vernos y el momento ha llegado. Yo no tengo problemas. El tiempo no se ha detenido para mí y tampoco lo ha hecho para ti —bajé la mirada hacia su anillo y luego hice contacto visual con esa mirada profunda—, por lo que se puede ver. Me quedaré aquí, formaré parte del ensayo clínico y en cuanto termine volveré a Dinamarca como cualquiera de los otros participantes. No tengo ataduras más que laborales con este hospital. Mi espacio, mi trabajo y mi tiempo serán como los de los demás. No tiene que usar formalidades frías conmigo. No son necesarias. Buenas tardes, doctor. Esta vez no dejé que ninguno de sus gestos o palabras me detuviera, ni busqué una sonrisa falsa. No estuve a salvo hasta que el pasaporte impactó sobre el asiento del copiloto. Llevé las manos a mi cabello y apoyé la espalda en el mullido asiento mientras cubría mis ojos con las palmas. Sentía que me asfixiaba. Mis ojos ardieron de manera inevitable. —Maldito. Mil veces maldito. Mi mano se convirtió en un puño mientras recordaba la insana corriente que recorrió mi cuerpo cuando sus dedos hicieron contacto con los míos. No quería verme. Claro que no. Dolió como la última vez y, aunque la soberbia siempre ayudaba, no lograba ocultar mis emociones ni de mí misma. La forma en que me miró me recordó a ese maldito día donde todo terminó. Estaba demasiado enredada con Klaus y toda esa basura que siempre formulaba para ensuciar mi camino. Queriendo sonar tan dura y fría como era capaz, terminé por decir cosas que no sentía —por Dios que no sentía— con tal de que mi padre se diera cuenta de hasta dónde era capaz de llegar para verlo en la ruina. No tenía idea de que mis palabras serían las que asesinarían nuestro futuro de una manera tan cruel y despiadada. Encendí el auto y me dispuse a ir a casa. No podía quedarme más tiempo en ese estacionamiento asfixiante, porque si lo hacía, pensaba en sus ojos cargados de desdén y en el anillo que decoraba su dedo. No estuve tranquila hasta que lancé las llaves sobre la encimera de la cocina y dejé caer mi cuerpo en el sofá. Mis manos acunaron mi rostro mientras negaba. Mierda. Necesitaba descansar. Ya había pasado. No podía cambiarse. ¿Qué más podía esperar? ¿Que me sonriera y me saludara con normalidad? Eso habría sido diez veces más incómodo que esto. Al menos la forma en que lo hizo reflejó la verdadera realidad de sus sentimientos. No hubo hipocresías. Luchaba por sacar de mi cabeza esos ojos azules cuando el teléfono vibró. ¿Dónde demonios estaba? Me puse de pie a regañadientes y fui a buscarlo. Pensé que era una llamada, pero resultó ser una ola de mensajes de Freja. Abrí una fotografía y entonces una fecha apareció ante mis ojos. Iba a casarse dentro de cinco meses, justamente cuando terminara el ensayo clínico. Ni siquiera leí los mensajes y apagué el teléfono. Había sido demasiado por hoy. Tomé asiento buscando estabilizar mis pensamientos. Tenía que ocurrir algún día. Elin Holm no podía ser una prometida eterna. Era hora de que se convirtiera en la señora Dahlgreen, por supuesto. Abrí el pasaporte entre mis manos y comencé a observar los sellos. Uno de ellos llamó mi atención. SCHENGEN-GVA. Ginebra. Tenía fecha de hacía poco más de tres años. Un lindo anillo había resbalado en mi dedo en ese punto de la historia y, realmente, fui feliz. Ese hombre me gustaba demasiado, le quería, y juntos construimos una historia que, si bien no comenzó de una forma común, sí se afianzó como pocas. Axel tenía muchas virtudes que yo valoraba en demasía. Inteligente. Decidido. Líder innato. Virtudes que me hicieron desear una familia a su lado y, aunque los inicios fueron poco sinceros —por mutuo acuerdo—, la verdad fue que las emociones y la atracción nacieron por sí mismas. Ambos necesitamos algo del otro. Todavía recordaba mi gesto de sorpresa cuando el Dahlgreen equivocado llegó a la boda de mi odiosa hermana Fiona, y eso cambió mi vida. Solo deseaba una cosa: quitarle esa estúpida sonrisa a mi padre cuando su querida hija menor se casara con un magnate farmacéutico. Él quería que la boda fuera cubierta por todos los medios daneses y lo logró, pero no contaba con que yo encontraría un rumor mucho más llamativo que el costoso vestido que vistió mi querida hermana el día de sus nupcias. Solo fue necesario juntar a una pareja de apellidos poderosos para que la prensa estallara, comentarios que hicieron ver la boda de mi hermana como el menor de los acontecimientos. El tío de Axel, Beorn Dahlgreen, era un importante político sueco que aspiraba al cargo de primer ministro, pero a diferencia de su sobrino tenía un historial de actos nada admirables que ocultaba con facilidad. El último, que involucraba a una amante, amenazó su campaña política, situación que llevó a su hijo Elof a buscar la manera de desviar la atención de su padre a cualquier costo. Amigos en común y una llamada fueron suficientes para establecer un plan bastante travieso. Elof Dahlgreen me acompañaría a la boda de mi hermana como pareja y, a cambio, la atención de la prensa se iría en dirección de ese chisme fresco, cubriendo las nupcias de la presuntuosa Fiona y el escándalo del infiel posible ministro. El apellido Dahlgreen mezclándose con una Larsen generaba cierta expectación en toda la prensa y aquel plan pudo haber sido perfecto de no ser porque Elof tenía un severo problema con la bebida y quedó demasiado ebrio como para cumplir con nuestro trato. El destino pareció decidir por nosotros: Axel terminó asistiendo a la fiesta en su lugar. No vi problemas al respecto; era mucho mejor que el propio Elof. Tenía sus propios intereses: cubrir el rumor de su tío, dejar la boda de Fiona en segundo término y, de mi parte, obtener los contactos necesarios para el permiso de construcción de un hospital oncológico en Dinamarca. Obtuvimos lo que buscábamos en ese momento, y algo más, pues los sentimientos fingidos por interés terminaron tornándose tan reales como los beneficios. Al final, todo terminó abruptamente. El hospital —proyecto que era su sueño de vida— quedó aprobado, pero no pasó de allí. Cuando se marchó de mi vida, también fue contundente con todo lo demás. No quería que ni siquiera los negocios nos unieran. Luego volvió aquí, a Suecia, donde se enfocó en sus asuntos y, un año y medio después de nuestra ruptura, comenzó una relación con Elin Holm. Actualmente llevaban casi dos años juntos, una promesa de bodas sellada con un anillo y, ahora para variar, también con fecha. Al final la mentira se volvió verdad, pero él no lo creía así. No importaba. Ya nada de eso importaba. Recordaba la forma en que hice a un lado mi orgullo para reconocer mis errores y ni siquiera eso funcionó. Le pedí que me diera una oportunidad de explicarlo; había razones para explicarlo todo, pero él nunca volvió. Un nudo se formó en mi garganta al recordar lo que escribí en ese último mensaje. «Si me amas como alguna vez me dijiste, dame una última oportunidad de explicarme. Si no vienes, sabré que realmente no quieres verme de nuevo y seremos extraños como has dicho. Extraños, sin importar nada. —Sun-Hee.» Había tardado semanas viendo aquel mensaje en mi teléfono, uno que ni siquiera fue abierto y que, hasta el último momento en que aquella maldita chatarra estuvo en mis manos, fue ignorado. Dolió. Maldita sea, dolió mucho. Escribí ese mensaje sabiendo que jamás podríamos ser extraños y que, aunque me encargara de sacarlo de mi cabeza, siempre tendría una razón para verlo. Una razón que ya no estaba y que también me fue arrebatada. El teléfono comenzó a sonar y entonces recordé algo importante. ¡Maldita sea! La cita migratoria se fue directo a la mierda. No importaba; sacaría otra para un momento más cómodo. Lo que menos deseaba era atender preguntas y revisar papeles. Solo quería dormir la amarga situación. Claro que deseaba que me marchara, pero en esta ocasión, y luego de tantos años, no pensaba darle el gusto. La vida debía continuar y SIOPEN nos daba la oportunidad de establecerlo ante el mundo. Nos enamoramos. Fuimos prometidos. Terminamos. Nos olvidamos. Como adultos debíamos responsabilizarnos de nuestros actos y esta era la única manera. La tensión del pasado no podía seguir viva en el presente. Era una prueba que teníamos que enfrentar. Teníamos una profesión, vivíamos en países vecinos y compartíamos las mismas amistades. Algún día tendríamos que coincidir. Era bueno que fuera ahora. Si dominábamos una situación tan cercana, podríamos dominarlo todo y, tal vez, era lo que necesitaba para dar por cerrado este capítulo. Encontrarme con Axel Dahlgreen en los pasillos era inevitable, pero había algo demasiado claro: tenía respeto por sus decisiones, por la nueva vida que planeaba llevar con la mujer que eligió, a pesar de que me lastimaba como la primera vez que lo supe. Esperaba que fuera feliz. Esperaba que tuviera una linda familia y yo quería, con todo mi corazón, poder hacer lo mismo algún día. Cinco meses. Solo necesitaba cinco meses. Luego todo terminaría y podría seguir con mi vida. (…) Lo tenía. Östermalm. Un hermoso departamento en uno de los barrios más exclusivos de Estocolmo. Las llaves terminaron en mis manos cuando el asesor de bienes raíces confirmó que todo estaba listo. Esa fue una victoria que me impedía marcharme. Además, tenía un correo del abogado migratorio donde indicaba que todo estaba en orden para comenzar con el trámite de extensión de mi estancia. Todo habría sido más sencillo si mantuviera mi documentación danesa, pero las leyes coreanas eran estrictas con la doble nacionalidad, así que fue mucho más viable ser legalmente coreana. El pasaporte era sólido y Dinamarca mi hogar, aunque los documentos dijeran lo contrario. Tenía un padre danés, abuelos daneses y un idioma perfecto y sin acento. Era tanto danesa como coreana y no importaba lo que dijera la ley. Tenía algunas semanas para resolver los asuntos antes de enfrascarse de lleno en el ensayo. Debía despedir a Matt y esperar que todo siguiera fluyendo bien en Estados Unidos para él. Esa tarde, luego de firmar el contrato del departamento, decidí visitar a Matt. Era un poco tarde, pero el pequeño había estado demasiado entretenido con actividades hospitalarias y no quise interrumpir su comida. Su tierna voz fue acompañada de historias sobre sus compañeros de estancia, que abarcaban desde postres deliciosos hasta travesuras que hicieron que sus pequeños ojos se entrecerrasen entre risas. Le escuché con atención. Ya no tenía ni un solo catéter en la mano y los moretones estaban por desaparecer. —¿Volverá a su país también? —Me quedaré un poco más aquí. —¿De verdad? —preguntó curioso. —Sí, tal vez unos meses —respondí mientras escuchaba el sonido de la puerta y una enfermera entraba con unas pastillas a la habitación. Alguien debía tomar su medicina. —¿Entonces cuándo me visitará en Estados Unidos? —Espero poder tener un espacio para hacerlo. Hay mucho trabajo por delante. Además, tú también estarás ocupado. No te preocupes. Tendrás noticias mías pronto, Matt. —¿Y estará lejos de su familia? Mi familia. A la única que extrañaba era a la abuela. Fuera de ella, no existía nadie que me hiciera desear volver a Dinamarca pronto. Asentí con una leve sonrisa. La enfermera le tendió los medicamentos, inclinó la cabeza en un saludo frío en mi dirección y se marchó. Realmente no esperaba amabilidad de nadie, pero desde mi llegada había notado cierta incomodidad generalizada. No me importaba. No me moriría por no caerle bien a todos. Jamás me detuve a pensar en los pensamientos ajenos; siempre me importó más lo que yo pensara de mí misma que cualquier comentario externo. El medicamento pareció adormecer a Matt y, luego de aquella conversación, salí de la habitación para dejarlo descansar. Estaba llegando al pasillo cuando mis tacones se detuvieron al presenciar un cuchicheo incómodo que se desarrollaba al otro lado de la pared. Reconocí de inmediato la voz de la enfermera. —Lo escuché. Se lo dijo al niño. No se irá. —¿De verdad? —preguntaba otra con tono de sorpresa y molestia—. No puedo creerlo. Ya me hacía ruido que estuviera aquí para ayudar a alguien. Todo este tiempo le ha estado diciendo que se iría junto con él y ahora que el doctor Dahlgreen ha regresado junto con la señorita Holm de Alemania, parece que decidió quedarse. —Solo quiere molestar. —Ya lo sé. La señorita Holm es sumamente amable, nada que ver con ella. Y aunque es claro que el doctor la ama, es posible que la doctora Larsen intente algo. Dicen que es mala y debe serlo. Dejó a sus hermanos en la ruina. Trabajan para ella como esclavos en el hospital de su familia e inclusive su padre enfrenta el mismo destino. Es soberbia. Saluda solo a quienes le conviene y no parece interesada en hacer amistades. Cerré los ojos y contuve el gesto de molestia. Vaya manera de perder el tiempo. ¿Con que era todo eso? Supuse que todo el mundo pensaba lo mismo de mí y yo no tenía interés en negarlo. Que creyeran lo que desearan respecto a papá y sus bastardos, porque si tenía que echar en una balanza mi pasado y su crueldad, que trabajaran en el hospital de la familia podía considerarse un favor de mi parte, porque no merecían nada. Claro que la amable señorita Holm estaba de regreso. Axel debió llevarla consigo a Alemania durante esa larga estancia. Tarde o temprano la afable Holm terminaría cruzándose frente a mí y no me quedaría más que responder a cualquier cordialidad. Me limitaría a ello. No era que la elocuente y agradable residente me preocupara demasiado. Los rumores en los pasillos no se detendrían, pero mientras fueran susurrados por enfermeras, serían desestimados en cuanto supieran las razones de mi estancia en Suecia. No me tomé la molestia de esperar a que se marcharan para continuar mi camino. —¡Doctora Larsen! El color abandonó sus mejillas. —Los medicamentos están en esta tablilla —se la tendí y la mujer la recibió casi temblando—. Es sumamente importante no mezclar las dosis establecidas y respetar los tiempos indicados. Siga las instrucciones al pie de la letra. No se entretenga usando la lengua. Mis dedos se abrieron y se cerraron como una boca parlanchina que la hizo ponerse roja al instante. Continué mi camino. Qué manera de odiar a la gente que hablaba a las espaldas. Eran hipócritas y, a mi parecer, valían poco. Entré al ascensor. Era tarde y había poca gente en los pisos superiores. No había ambiente más incómodo que los solitarios pasillos durante las frías madrugadas. Matt había sido acreedor a un tratamiento experimental con buena tasa de éxito. No vino de mi mano, sino de SIOPEN. Entró al final del ensayo, que ya había concluido, y los resultados fueron buenos. Eso me ponía enormemente feliz. Decidí pasar por un café en una de las cafeterías más conocidas del hospital, ubicada en el quinto piso. Con las manos tibias por la deliciosa bebida, presioné el botón del estacionamiento. Las puertas se abrieron y una sonrisa apareció en mis labios cuando los ojos claros de Elin Holm parecieron ver un espectro en lugar de una mujer de ojos rasgados. Cualquiera diría que acababa de ver al diablo. No tenía nada contra ella. Era bonita e inteligente y pronto también rica gracias a su marido, pero blanda, y le tenía pena. Muchos la comparaban con la Cenicienta: la Cenicienta sueca, porque terminó siendo una princesa viniendo de un barrio pobre y una universidad becada. Quién diría que ahora estaría casada con un magnate médico. Mi abuela me dijo una vez que la suerte era como la muerte. Tenía razón, y Elin Holm era la prueba viviente de ello. —Buenas noches, señorita Holm. Mi saludo fue directo y amable. Presioné el botón del piso y noté que ella se dirigía exactamente al mismo lugar. Le di la espalda y me negué por completo a entablar conversación a menos que ella, demostrando la amabilidad que todo el mundo le alababa, respondiera a mi saludo. Tenía un nuevo corte de cabello: rubio hasta arriba de los hombros, que le quedaba bien. Ahora vestía abrigos de piel. Interesante y muy agradable cambio. —Buenas noches, doctora Larsen —dijo, tomándome por sorpresa y haciendo que mi sonrisa traviesa se hiciera más grande. Si hubiera tenido que apostar, habría dicho que no me respondería. Pero Holm, aunque callada, podía ser osada, mucho más ahora que el dinero y la posición debían haberle inyectado confianza. Pudo haberlo dejado allí, como un saludo cortés, pero mis aseveraciones cobraron mucho sentido cuando preguntó—: Me sorprende verla aquí. Escuché que estaba próxima a volver a Dinamarca en cuanto el niño americano regresara con su hermana a Washington. —Esos eran los planes, pero como ya debe estar enterada, SIOPEN aprobó el ensayo clínico del neuroblastoma y será aquí. He sido asignada al equipo médico de Estocolmo y tengo que quedarme los meses que dure el ensayo. Son pocos los oncólogos elegidos y, como podrá entender, desechar la oportunidad no está en mis planes. Cinco meses no es nada de tiempo. Pude ver a través del espejo que mi respuesta no le agradó. Estaba muy incómoda: cambiaba el peso de un pie a otro y apretaba el bolso más de la cuenta. —El tiempo suele ser más lento cuando hay incomodidad. Mierda. Fruncí el ceño y me di la vuelta para encararla. —¿Incomodidad? ¿A qué se refiere, Holm? ¿Al pasado? —No nos andemos con rodeos… —¿Rodeos? Yo nunca me ando con rodeos; de hecho, una de las razones por las que la gente me considera agresiva es porque me encanta ser directa. Han pasado tres años y tengo un trabajo que hacer. ¿Qué incomodidad puede existir cuando ha pasado tanto tiempo y ustedes están por casarse? Por cierto, no había tenido la oportunidad y no quiero ser descortés: la felicito por su boda. Quien persevera, siempre alcanza. Observé su anillo. Ella no pareció recibir mi felicitación con agradecimiento; de hecho, la vi tragar saliva. Estaba por darme la vuelta y a punto de maldecir porque el ascensor era desesperantemente lento, cuando su nueva confianza salió a relucir. —Han pasado tres años, pero es incómodo y lo seguirá siendo siempre. Lo más correcto debió ser declinar esa invitación o pedir un cambio. Por respeto a usted, por respeto a él, por respeto a mí. —¿Respeto? Somos colegas, compartimos profesión y tenemos metas en común. Estoy aquí para hacer mi trabajo. No veo razones por las cuales esto pueda ser incómodo. Su vida personal y la suya no me interesan. Entraré a este hospital, haré mi trabajo, aprenderé lo que deba aprender y me marcharé, así durante cinco meses. Pero no veo razones para tener que explicarlo, y mucho menos a ti. No me gusta ser yo quien te lo diga, pero si te sientes incómoda, es tu problema, no el mío. —La puerta del ascensor se abrió—. Linda noche, Holm. Chasqueé la lengua mientras soltaba una maldición en voz baja. Mi auto respondió al acercarme con las llaves. A lo lejos pude ver cómo ella hacía lo mismo con su vehículo. Mis ojos se clavaron en su figura unos segundos con incredulidad. ¿Por qué yo tenía que sacrificar mi lugar allí por ellos? Sonaba ilógico. Podía tener un conflicto al respecto, pero me lo tragaba y lo dejaba en segundo plano, porque se trataba de mi crecimiento profesional. No iba a perder esta oportunidad porque una residente se sentía incómoda con la ex prometida de su futuro esposo. Me metí al auto. No dudaba de que los rumores de las enfermeras ya hubieran llegado a sus oídos y que probablemente algunos médicos murmuraran lo mismo. ¿Quitarle el prometido a Holm? Claro que no. No estaba en mis objetivos y, mientras eso no afectara mi relación con los colegas —la parte que realmente importaba—, todo estaría bien. Tal vez la gente con más criterio vería lo poco educado que era hablar basura de los demás en los pasillos. Sabía que no todas las enfermeras eran iguales y, aunque tenía mis razones para detestarlas, valoraba el trabajo que hacían y reconocía su calidad humana y laboral. El auto de Holm fue el primero en abandonar el estacionamiento, mientras mis dedos repiqueteaban con ligera inquietud sobre el volante n***o. ¿Por qué le molestaba tanto mi presencia? Entendía la emoción, pero no era para tanto. Axel debía amarla profundamente para haberle puesto un anillo en el dedo. ¿Entonces por qué tenía tantos problemas con que yo estuviera aquí? Debía aprender a confiar en lo que tenía. —Holm… Pobre insegura. —Es que también debes pensarlo —exclamó Freja por el manos libres, luego de que mi necesidad de narrarle los acontecimientos a alguien terminara en una videollamada. Coloqué el teléfono en la base y emprendí la marcha a casa—. Yo lo entiendo. —Yo no lo entiendo. Si hubiera sido hace tres meses sería entendible, pero han pasado tres años. Están comprometidos. Parece ansiosa de que no me quede aquí. Maldita sea. Sus sentimientos no me interesan. ¿Sabes qué sí me interesa? El ensayo. —El maldito ensayo. Llevas años esperando por él, tanto que no te importa ver a Axel todos los días de la mano de su insegura prometida —musitó, ganándose una mirada torva de mi parte—. ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así, Larsen? Negué y suspiré. —No es que no me importe. Me importa. —Sun… —dijo casi como súplica. —Siempre has sido mi amiga, Freja, y me conoces bien. Me duele verlo y siempre me dolerá, pero no puedo huir de eso eternamente. Me quedaré aquí, haré mi trabajo y cuando termine volveré a Dinamarca y continuaré con mi vida. Creo que cometí el error de quedarme dentro de una fosa durante demasiado tiempo. Esta es mi manera de reconocer que todo ha terminado. Le dije algo a Holm hoy. La felicité… —¿Sinceramente? No, no fue sinceramente, ¿cierto? —Fue sinceramente. Axel es un buen hombre, Freja. No quiero que tenga un matrimonio infeliz y si Holm puede darle eso, entonces me alegra por él. Esa fue una verdad. Una verdad que dolía.
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