CAPITULO 3| SEPARAR DOS MUNDOS

5000 Palabras
«La fuerza también se encuentra en volver a intentar.» Una sonrisa se dibujó en mis labios cuando el juguete favorito de Matt terminó en mis manos. Era un precioso auto tallado a mano en madera. Tenía muchos más, y definitivamente mucho más elaborados y costosos, pero por alguna razón ese pequeño auto de madera siempre fue el elegido. Antes de marcharse le pregunté si deseaba llevarlo consigo, pero negó con la cabeza. En sus propias palabras, deseaba que ese objeto en apariencia insignificante funcionara para alegrar el día de cualquier otro niño que, por una mala jugada del destino, terminara en aquella habitación. Habían pasado al menos tres días desde su marcha y fue inevitable no entrar a su habitación. Agradecí que siguiera vacía, no porque fuera egoísta, sino porque eso significaba que nadie estaba sufriendo allí dentro con las agujas interminables y los medicamentos que terminaban por agotar cualquier energía. Tenía una caja sobre la camilla con las pocas pertenencias que mantenía en mi oficina. Ya no me pertenecía ese espacio, pues mi trabajo con Matt había terminado y ahora debía comenzar este nuevo proyecto. Estaba demasiado ocupada como para pensar con claridad en lo que se venía encima de mí. Tomé el auto y lo dejé en su lugar antes de salir del hospital. Logré completar la mudanza en tiempo récord y concluir los trámites legales. Mis días se resumieron en una monotonía mezclada con rutina que funcionó bien para que mi cabeza no se anticipara demasiado. Necesitaba poner mi mejor cara a esto porque llevaba tiempo esperando. Despertaba, desayunaba, iba al gimnasio, tomaba una ducha, leía un poco y luego usaba la tarde para complementar las compras de lo que hacía falta en el nuevo departamento. Mi gusto era exquisito y era buena eligiendo lo que mejor sentaba a mi estilo, no solo en ropa sino también en la decoración que me rodeaba. Era sobria y fría, pero leal a mí. El guardarropa estaba lleno. Había deshecho las maletas dando por terminada esa lucha entre irme y quedarme. La decisión estaba tomada y nuevas prendas pendían de los ganchos de madera en el enorme vestidor. Cinco meses era casi medio año y estaba segura de que con todos los trámites finales podía llevarme entre seis y siete meses en salir de Suecia. No tenía ni la más mínima intención de parecer una oveja a la que le abrían el corral por la mañana para salir a pastar. Iba a tomarme mi tiempo y a marcharme cuando todo estuviera hecho. Con ese pensamiento en mente, entendí que nadie más podía controlar mi presión, más que yo misma. Me molestaba mucho. Esta situación pondría a prueba mis nervios, pero estaba lista. Nadie había dicho que dar vuelta a una página tan gloriosa como dolorosa era sencillo y yo, con toda la frialdad que arrastraba conmigo debido a las experiencias pasadas, lamentablemente seguía siendo humana. Coloqué un hermoso vestido rojo dentro del armario y fue allí donde una pequeña caja de madera terminó cayendo al suelo. Mierda. Unos centímetros más a la izquierda y casi me rompe la cabeza. Me acuclillé para recogerla y justo cuando estaba por abrirla, recordé qué había dentro. Era una hermosa caja labrada con incrustaciones de brillantes piedras azules. Diamantes. Negué con la cabeza y decidí guardarla en la profundidad de uno de los cajones. Allí estaría de lo más segura. Suspiré al ver que la cama ya estaba vacía de prendas. Únicamente sobre el sofá descansaba la caja con algunas de las pertenencias que traje del hospital. Tendría una nueva oficina en otro piso, pero llevaría cosas nuevas y, claramente, lo menos posible. Habría sido sencillo pagarle a alguien para que acomodara todo, pero era exigente y ese lugar no era mi hogar, donde los empleados ya conocían mis gustos y la forma en que deseaba que todo estuviera distribuido. No me quedaba más remedio que hacerlo yo misma. No me importaba, especialmente cuando me ayudaba a mantenerme ocupada. Miré el teléfono. Era viernes por la noche. Tenía dos opciones: quedarme a alimentar la mente con toda la información que requería para el trabajo que se aproximaba, o salir a despejarme considerando que aquel libro de casi dos mil páginas que había comenzado disponía de apenas doscientas antes de llegar al final. No era que fuera pequeño; la realidad era que me había enganchado de una manera tan determinada que lo que debía tomarme un mes me tomó menos de una semana. Suspiré mirando la enorme enciclopedia. Definitivamente necesitaba un descanso. Decidida a olvidarme de la lectura médica al menos por ese fin de semana, me di un baño. Las noches de otoño en Estocolmo eran hermosas, aunque un poco frías. Sin pensarlo demasiado tomé las llaves del auto y conduje hacia el barrio de Norrmalm. Allí encontraría buen vino, tranquilidad y una noche apacible con buena música clásica que me ayudara a relajarme. No era la primera vez que acudía a aquel lounge llamado Vinterhaus. Lo había descubierto apenas al llegar, buscando lugares con buenas reseñas. No tuve que conducir demasiado. Estacioné el auto y, luego de colocarme correctamente la gabardina para protegerme del frío nocturno, hice que mis tacones resonaran en el elegante suelo de piedra. Decidí estacionarme a unos doscientos metros, porque siempre me era agradable apreciar la belleza y la elegancia de Estocolmo. Era una ciudad realmente hermosa, que guardaba vida en todos los momentos del día pero que, especialmente de noche, poseía un aura distinta y más intensa. El guardia de la entrada pareció reconocerme con rapidez y me permitió pasar sin mayor protocolo. Asentí agradeciendo el gesto. No era de sonreír demasiado y, aunque solía estar de buen humor la mayoría del tiempo, quien no me conocía podía pensar lo contrario. No me agradaban las sonrisas vacías, pero tenía una enorme facilidad para soltar alguna burlona e hipócrita si la ocasión lo ameritaba. En los negocios muchas veces era indispensable. —Muchas gracias —respondí al mesero cuando colocó frente a mí una deliciosa copa del mejor vino francés. El aroma me golpeó de inmediato. No fue únicamente lo que trajo para mí: una pequeña bandeja de quesos que lucía de lo más apetecible y que combinaba demasiado bien con mi copa. Sonreí, gozosa. Abandonar el departamento fue una buena elección al final. La música, el vino y el aperitivo alegraron mi noche. Tomé el teléfono para revisar mis correos aprovechando que la barra era casi exclusivamente para mí. Había una pareja conversando a una distancia prudente y un chico disfrutando un buen whisky. Mi bandeja de entrada estaba repleta, pero un correo en particular llamó mi atención. La fase inicial comenzaba el lunes con una reunión de equipo y para el viernes siguiente estaba programado el Kick-Off Meeting, donde estarían presentes todos los médicos involucrados para discutir los protocolos. Axel debía estar demasiado ocupado siendo el anfitrión y, posiblemente, Holm también metería las manos en la organización como apoyo. Suspiré. Bien. Grandiosas noticias. Di un trago al vino leyendo los nombres de los involucrados. Maja Lindqvist sería mi oncóloga secundaria, sueca. Dioni Ferretti era el neurólogo pediatra, italiano. Luego venían otros nombres que decidí dejar para el día siguiente. El correo lo leería con más calma. El encabezado era claro: "Core Team." Era un mensaje directo de la coordinación. Pasé la vista sobre los equipos internacionales con una mezcla de curiosidad e ironía. ¿Por qué demonios no fui elegida para estar en Italia? Cualquier otro lugar habría sido infinitamente más sencillo que Suecia. Quise golpear la copa con molestia, pero entendí de inmediato que no tenía derecho a enfadarme. Fui yo quien eligió quedarse, así que los arrepentimientos al respecto no tenían cabida. Me quedé en silencio. Madurez, le llamaban. —Quiero un trago del mejor whisky, a las rocas. Maldita sea. Sentí una presencia acomodarse a mi lado y me contuve para que la maldición no escapara de mis labios en voz alta. Mis ojos rasgados fueron directamente hacia Oskar, que acababa de sentarse con una despreocupación que resultaba casi ofensiva. Con una sonrisa de lo más descarada que borró de inmediato, intentó fingir que no se había percatado de quién era su vecina en la barra. —¡Dios mío! Vaya particular sorpresa, Larsen. Luché por no rodar los ojos. —No creí que te gustara conducir demasiado —comenté, ignorando el saludo que ninguno de los dos había brindado. Me refería a ello porque su hogar estaba al otro lado de la ciudad. Debía conducir al menos una hora para llegar hasta aquí y, de todos los que pude haberme encontrado en ese apartado lugar, era él a quien menos esperé ver sentado a mi lado. De manera casi inmediata caí en cuenta de la posibilidad. Discretamente desvié la mirada a mi alrededor esperando no encontrar aquel rostro que me intranquilizaba en demasía. No. No podía tener tan mala suerte. Claro que Axel no vendría aquí. —No es que me guste, pero aquí la atención es de primera. —Demasiado esfuerzo para una simple copa, ¿no? —Lo mismo digo. Una sonrisa divertida apareció en mis labios. —Pareces estar mucho más filoso que en ocasiones anteriores, Olsson. En mi caso, es viernes por la noche y estoy intentando pasar un rato ameno después de una larga semana. El hombre dio un trago a su copa y sonrió. —Supongo que también tomando valor para la que sigue. Negué con la cabeza con toda seguridad. —Estoy muy emocionada con este proyecto. Llevo mucho tiempo esperando que se lleve a cabo. Lo abordaré con toda la determinación que merece, esperando que los resultados sean buenos y, sobre todo, beneficiosos para quienes los necesitan. Es lo que más importa ahora. Oskar asintió. —Esperaste demasiado como para dejarlo ir por tu mala suerte, ¿no? —preguntó buscando mi mirada, que no aparté de él antes de reír divertida. Tenía una expresión casi trágica y yo era experta en darle la vuelta a lo que los demás podían opinar de mí. —¿Por qué tienes esa cara, Oskar? Es trabajo. ¿A qué mala suerte te refieres? Estaré en la sede del ensayo y en uno de los hospitales mejor preparados para ello. No veo razones para llamar a eso mala suerte. —Si tú lo dices. No creo que sea así para todos. —No me preocupo por ello. Soy consciente de que muchos podrían decir que soy egoísta, pero siempre antepondré mis intereses a lo que piensen los demás. ¿No crees que sea así para todos? ¿Y por qué demonios deberían interesarme sus opiniones? —cuestioné con un tono más afilado de lo esperado—. No tengas dudas cuando te digo que únicamente estoy aquí por trabajo. Tenía todos los papeles listos para volver a Dinamarca, pero ya está. Recibi un correo y haremos el mejor trabajo posible. No me interesan las opiniones de las enfermeras… —No solamente son las de ellas. —¿Lo dices por mí o por el ambiente del hospital? —Lo digo por todos, Sun —respondió—. Lo digo por Axel, por Elin, por las enfermeras y por el buen ambiente que hay. La señorita Holm lleva años trabajando en nuestro hospital, es conocida por todos. No me gustaría que las cosas se complicaran para ti, que los rumores te consumieran, porque eres una excelente médica y me preocupa cómo puedas sentirte. Jugué con la copa. Se preocupaba más por Elin que por mí, y eso no me dolía porque entendía que esa mujer llevaba años en el ambiente del hospital y era querida por todos. De hecho, si lo pensaba con claridad, todo el mundo siempre deseó que el escenario del presente se hubiera dado en el pasado. La intrusa ante los ojos de todos siempre fui yo. —No te preocupes por cómo me voy a sentir. Supongo que ya conoces los comentarios de las enfermeras en todo el maldito piso. Me preocupa más que seas tú quien saca a relucir los miedos de Axel en esta conversación y busca darle una mano. ¿Es así? Dejó la copa sobre la barra y negó de inmediato. —Axel no ha dicho nada, Larsen. Es una preocupación innata. —Pues deberías quitártela de encima y relajarte. Una sonrisa apareció en sus labios. —¿Crees que soy yo quien debe relajarse? —Eres el único estresado aquí. —Entonces es cierto… Fruncí el ceño. ¿De qué estaba hablando? —¿Qué quieres decir? —Escuché una vez que eres una mujer que no siente. Llevas varios meses en este hospital y no me has dado indicios de que realmente te importe poner un pie donde alguna vez tuviste un futuro casi escrito. Ya que dices que no estás estresada, he de suponer que la situación no representa mayor problema para ti. —Han pasado tres años. ¿Por qué debería ser un problema? Si quieres pensar que soy un cubo de hielo, piénsalo. Probablemente sea verdad, pero no soy alguien que se entretenga presumiendo eso. Hago mi trabajo, porque es lo único que me importa y lo único que Suecia puede ofrecerme. Los comentarios de una enfermera en los pasillos no cambiarán lo que soy —determiné sin el mayor problema, pero de inmediato un pensamiento apareció en mi cabeza—. Sin embargo, si esos rumores se extienden y afectan el ambiente del proyecto, entonces tendremos un problema. —Vaya, dijiste que no te importaba. —Me importa mi trabajo y el comité internacional. Tengo una larga relación con SIOPEN debido a los nexos de mi familia. No soy una simple médica que salió de la nada. Tengo un apellido y una reputación que mantener. No pesa lo mismo el juicio de quien mueve imperios que el murmullo de quien apenas ocupa un rincón del mundo. Soltó una risa amarga. —Ahí está la soberbia que todo el mundo decía que tenías. —No lo niego, la tengo, pero sabes que en el fondo tengo razón. ¿Por qué me interesarían las opiniones de un par de enfermeras? No es que haga de menos su labor, porque conozco cómo funciona la estructura hospitalaria. Sin ellas no somos nada. Sin embargo, si tienen tiempo para hablar de mi vida, significa que no son del todo buenos prospectos. A pesar de ello, claro que me importará más la opinión de quienes puedan aportarme algo. Siendo muy sincera contigo, no he dado razones para que se comente lo que se comenta y eso me irrita, pero lo ignoraré como lo he ignorado todos estos meses. Una cosa eran comentarios que no salían del círculo del hospital sueco y otra muy diferente que esa información trascendiera y me afectara en todas partes, porque SIOPEN y los médicos involucrados en el proyecto no tenían conocimiento de ciertos dramas personales y yo no deseaba que eso se mezclara en absoluto. Los rumores debieron circular luego de la ruptura del compromiso, que fue mediática, pero al final una buena cantidad de dinero provocó que todo el mundo ajeno a nosotros creyera que terminamos de la manera correcta. La prensa siempre servía para eso y yo no deseaba que Axel perdiera las conexiones que nuestra unión le brindó de manera indirecta. Podía ser egoísta con todo el mundo, menos con él. Oskar continuó con su whisky. —¿Estás aquí solo? Quería zanjar el tema de una vez y él tampoco añadió nada. Era muy inteligente y entendió mi punto. Hasta el momento esos rumores estaban encapsulados y yo deseaba con toda el alma que esa cápsula no se rompiera. Mis uñas jugaron con la copa. —Estoy esperando a unos amigos. —¿Cómo está tu hijo? —Ha crecido mucho —comentó con una sonrisa, haciendo que yo asintiese. La primera vez que lo conocí, ese pequeño de intenso cabello rojizo era un bebé de un par de meses. Ahora debía caminar y tener unas mejillas de lo más regordetas. Era un bebé precioso. La esposa de Oskar era irlandesa y su hijo conservó esos genes de la mejor manera—. Ahora es un torbellino. —Me alegra mucho escuchar eso. —¿Qué hay de ti, Larsen? Una risa escapó de mis labios. —Llevas meses en el hospital y ahora quieres hablar conmigo de manera natural. Vaya, eso es sumamente extraño, Olsson, pero para que tengas claro que no tengo problemas contigo, podemos hacerlo si es lo que buscas. —Pensé que te irías en pocos meses y ahora resulta que tendré que verte casi medio año más —exclamó—. Creo que lo mejor será que vayamos cortando el hielo. En su momento conocí a Sun-Hee Larsen, prometida de mi mejor amigo, pero creo que ahora estaría bien conocer a la doctora Larsen por el bien del ambiente hospitalario. Era muy elocuente. —No tengo problemas con ello, siempre y cuando no pretendas invitarme a estas reuniones los viernes. Puedo llevar bien la interacción amable contigo una vez al mes. Pedir más es avaricia —solté, provocando que el hombre riera. —Te juro que no pediré más. —Perfecto. Siendo así, he estado trabajando en varios proyectos y terminé aceptando el compromiso de ayudar al niño americano. Ha mejorado mucho, así que ahora puedo estar más tranquila. El ensayo en el que participó fue todo un éxito y veremos cómo le va en las siguientes etapas. Estos cinco meses estaré dedicada únicamente al SPINE y luego volveré a Dinamarca. Tengo cosas nuevas que aplicar en el hospital. —Parece funcionar muy bien sin ti. —Hay gente de confianza allí y, siendo sincera, siempre me ha gustado más el campo que la dirección —confesé, dejando ver al menos un poco de mi verdadero sentir—. Veo que a ti te ha ido muy bien y que Axel confía en ti, lo que significa que eres un hombre muy capaz. No tengo quejas de este período de estancia. Todo se ve bien. Suspiró. —Es agotador, pero me gusta mucho la parte directiva. Axel se está moviendo constantemente y sabes que su familia no está involucrada en esto. Su tío es más de política que de medicina, así que me siento muy contento de ser un apoyo para él. Ha estado trabajando en inversión tecnológica y hay mucho dinero de por medio; esperamos crecer mucho en los próximos años. Este ensayo es algo que él también ha estado esperando. Si todo sale bien, es un anexo a la reputación del apellido y del imperio médico que ha construido. Lo cuida demasiado, porque ha sido su vida. Jamás ha antepuesto una cirugía a una reunión con la junta directiva. Una sonrisa casi se dibujó en mis labios, pero la contuve. —Axel no dejará de operar, Oskar. Lo ama. Es su vida y tiene un talento innato para ello. No hay nada más sincero en él que la sonrisa que dibuja en sus labios cuando, al terminar una cirugía, sus pacientes tienen sus reflejos y funciones intactos. El dinero vino de la mano de su pasión, no su pasión de la mano al dinero. Terminé mi copa. Había sido demasiada conversación y mucho más con alguien a quien debería considerar aliado enemigo. Alargué la mano para mostrar la tarjeta de crédito al mesero y este de inmediato entendió. Mi cartera y las llaves del auto quedaron sobre la barra. Oskar pidió otra copa y miró el reloj. —Demasiado temprano para marcharte, Larsen. —Tengo cosas que hacer mañana. Solo vine por esto —levanté la copa vacía— y por buena música unos momentos. Me he mudado recientemente así que debo terminar con ese asunto. Termina una buena ronda de copas, Olsson. Siempre caen bien el fin de semana. El sonido de la terminal aceptando la tarjeta debió marcar el final de aquella conversación. Guardé la cartera y tomé el bolso, dispuesta a marcharme, pero justo cuando estaba por descender del asiento, Oskar hizo lo mismo. Pensé que se levantaba para despedirse, pero entonces al girar, me vi perdida en una mirada azulada y en un aroma que podría reconocer en cualquier parte. Mierda. —¡Dahlgreen! —exclamó Oskar con genuina sorpresa—. Dijiste que estabas demasiado ocupado para venir. Di por hecho que no te unirías a esta pequeña noche de copas, mi estimado amigo. Sus ojos estaban fijos en mí. Ninguno de los dos creyó posible encontrarse aquella noche y el ambiente pareció estallar a nuestro alrededor, o al menos así lo sentí. Esos labios carnosos y de un rosa tentador terminaron por responderle a Olsson. —Acabo de volver y me pareció una grosería rechazar la invitación. —Ya veo, ya veo. Me topé a la doctora Larsen de la nada mientras esperaba por los demás —explicó Oskar, como si se sintiera con el compromiso de hacerlo. Era innecesario, porque claramente no tenía razones para haberme invitado a tomar una copa sin más un viernes por la noche. Antes de quedarme atrapada en un frente incómodo, decidí actuar con completa naturalidad. —Buenas noches, doctor Dahlgreen. Yo ya estaba por despedirme. Espero que disfruten de su noche. Ha sido bueno conversar un poco con el doctor Olsson —volteé en dirección de Oskar—. Hasta luego. Rompí el contacto visual en lo que pareció una acción de lo más sencilla y natural, pero cuando pasé a su lado lo estrecho del espacio me obligó a rozar su brazo ligeramente. Joder. Mi piel se erizó por completo. Por suerte tenía una copa de vino encima que justificaba cualquier color en mis mejillas. Olía a su fragancia de siempre y, como siempre, vestía con ese estilo elegante que lo hacía ver sumamente atractivo. Ese cabello rubio un poco más largo de lo habitual le daba un toque más sensual que nunca había observado en su estilo y es que le sentaba de maravilla. El aire pareció volverse menos denso cuando estuve en el exterior. Tomé aire. Ya estaba. Me molestaba que me afectara, pero nada que no pudiera controlarse. No podía ser una idiota porque, si bien disfrutaba de engañar a todo el mundo, para controlarme a mí misma debía ser brutalmente sincera. Me quedé de pie en aquella acera observando la fresca noche sueca, antes de que unas gotas traicioneras comenzaran a caer sobre mi gabardina. Eran diminutas, así que caminé con lentitud hasta el auto, disfrutando esa fresca brisa. Cuando llegué a la puerta, afirmé las uñas sobre el techo frío y tomé aire. Todavía podía sentir el aroma de su perfume en mi nariz. Maldita sea. Abrí la puerta, pero entonces el seguro no cedió. Lo intenté de nuevo, pero la respuesta fue la misma. Fue inevitable revisar el bolso y las llaves brillaron por su ausencia. Maldije para mis adentros y me pasé las manos por la sien. —Jenjang. —Maldita sea en coreano, para ser exacta. Solté un bufido y, contra mis deseos, terminé regresando. ¿Qué más daba? No podía tomar un Uber y volver al departamento solamente porque el aire allí dentro era inexistente. Puse mi cara más relajada, confiando en los años de práctica, y pregunté al mesero por mis llaves. Estaba segura de haberlas dejado sobre la barra cuando saqué la tarjeta. —Unas llaves de Audi. —No, señorita, una disculpa. No había nada sobre la barra. —Es imposible —exclamé, segura de haberlas visto por última vez al sacarlas del bolso. La negativa del mesero fue consistente y no hubo manera de refutarla. El pobre hombre estaba seguro y maniobrabla su coctelera mientras me miraba con un gesto de disculpa. Me di la vuelta derrotada, sabiendo que el único que podría darme otra respuesta sería Olsson. No podía buscarlo entre las mesas e invadir la privacidad de su conversación con Dahlgreen y fue entonces donde la idea de tomar un Uber y regresar mañana con la copia de las llaves se volvió tentadora como nunca. Esa era la opción más maravillosa en mi situación. Volví a cruzar la puerta mientras husmeaba en las aplicaciones del teléfono. Nunca había tenido que usar Uber salvo cuando llegué al país por primera vez. Ahora debía hacerlo de nuevo y confiaba en recordar bien la dirección. Solicité el vehículo y levanté la mirada justo cuando mis pies tocaron la acera. Entonces una presencia a la distancia levantó unas brillantes llaves doradas entre sus largos y cuidados dedos. Maldita sea. —La Sun-Hee que recuerdo no era tan descuidada. Pronunció mi nombre y algo en mi pecho se tensó sin permiso. —Con demasiadas cosas en la cabeza uno suele perder el ritmo —respondí antes de alargar la mano para tomar mis llaves, pero entonces cerró el puño y las escondió en su enorme mano. Al menos salían dos de las mías. La diferencia de altura y de complexión siempre había sido algo muy distintivo entre nosotros. —¿Serías tan amable de devolverme mis llaves? —Solicita tu cambio a Italia, Larsen. Una risa divertida escapó de mis labios a pesar de todo. ¿Estaba bromeando? —Dame mis llaves, Dahlgreen. No tenía tiempo para esto. —Hablemos. —¿Hablemos? ¿De qué quieres hablar? Si deseas conversar sobre el ensayo, podemos hacerlo en el hospital con testigos y en el horario que corresponde. Todo lo que tenga que ver con el proyecto debe ser discutido por el equipo investigador, no en un lounge un viernes por la noche con una copa de vino encima. —El equipo investigador no debe saber estos pormenores. —¿De verdad? ¡No me digas! ¿Y por qué no? —No quiero que tu permanencia aquí sea un nuevo capricho personal. Pensé que estos días te servirían para rectificar y tomarías la ruta más eficiente, que es buscar un cambio con alguno de los colegas. El equipo italiano te sentaría demasiado bien si deseas… —Si no deseas que esté en tu hospital, usa esos largos dedos para escribirle un correo a Ormond y exponerle por qué no deseas que sea la oncóloga en jefe de este proyecto. Yo no tengo problemas, especialmente después de completar todo el papeleo migratorio. No gastes saliva, Dahlgreen. Yo no pienso volver a Dinamarca hasta que esto termine, por el bien de mi carrera. Si tú quieres hacerlo, hazlo, y que se diga que eres tú quien no puede separar lo personal de lo profesional. Esperé que me diera las llaves, pero se negó. —Olvídalo. Tomaré un Uber. Pasé a su lado, pero entonces sujetó mi mano. Sus largos dedos rodearon mi muñeca y yo levanté la mirada, haciendo contacto visual con él. ¿Qué era lo que buscaba? Claramente me deseaba lejos, pero después de tantos meses el dolor de la ruptura no debería ser el problema. Eso alimentó mis pensamientos sobre el desdén que me guardaba, pero decidí tragarme esa punzada en el pecho. Mis ojos fueron a nuestras manos, ahora unidas en un agarre firme. Si alguien me hubiera dicho que volvería a sentir su tacto, no lo habría creído. Una sonrisa divertida que por dentro fue un grito lastimero apareció en mis labios, cubierta por todo mi autocontrol. —No se trata de separar dos mundos, sino de lo que es mejor para todos, Larsen —aseguró con una mordacidad que convirtió sus ojos azules en algo más agresivo que un verdugo. No dejé que se notara que ese sentimiento negativo me afectaba—. No tengo problemas en cruzarme contigo por los pasillos, porque si me importara significaría que todavía siento algo por ti. Nada más lejano a la realidad. Los caprichos se esfuman de la misma manera rápida en que llegan, y eso fuimos: un capricho que por terquedad fue más lejos de lo que debió. Sin embargo, pienso en los demás, en el respeto hacia la mujer que amo y también en ti, porque somos colegas. Como responsable de este proyecto debo pensar en todos. —¿Y has decidido que yo soy la variable que lo afecta? —Una vez me dijiste que debemos ser egoístas con otros si eso asegura nuestro bienestar, y no veo como un problema sacrificar tu orgullo. De hecho, te estoy dando la oportunidad de que seas tú quien lo haga y no yo. Así perderás menos. Antepondré la comodidad de todos a mi profesionalismo si es que piensas reclamarme eso. Mis manos se convirtieron en puños. Quería abofetearlo. Terminé por soltarme de su agarre, pero en ningún momento borré la sonrisa incrédula de mi rostro. No quería darle la satisfacción de dejarle ver que acababa de enterrarme dos puñales en el pecho y tenía mi sangre esparcida por el suelo. —Bien. Agradezco que me dejaras elegir, pero ya que tomas la responsabilidad, escribe tú el correo. Yo no veo problemas en mi estancia y, por lo tanto, si es mi decisión, voy a quedarme en Suecia. Siempre pensando en todos, doctor. Qué amable. Linda noche. Comencé a caminar, pero entonces su voz me detuvo. —¡Sun-Hee! Escuché sus pasos hasta que estuvo frente a mí. Tomó mi mano, dejando que sus dedos rozaran los míos, y colocó las llaves sobre mi palma. El contacto duró apenas un segundo, pero lo sentí en cada nervio. —No olvides tus llaves. Buenas noches. En cuanto me dio la espalda, apreté las llaves en un puño y me detuve un instante, deleitándome con la imagen de su espalda alejándose entre las sombras de la noche sueca. —Maldito Dahlgreen. Maldito. Si quería que me fuera, que él mismo se encargara de correrme.
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