Salvador
El café está amargo y demasiado caliente; me quema la garganta. No hace nada por contrarrestar el pozo de celos en mi estómago. Es una sensación a la que no tengo derecho, y mucho menos razones para sentir, y detesto las cosas que no tienen propósito.
Pero detesto aún más las cosas que no puedo controlar.
La nieve de ayer no cuajó, pero queda una capa ligera sobre los árboles en Central Park. Joshua y yo pasamos una hora en el parque más temprano, con una parada obligatoria en Larry’s. En nuestra casa, nunca hace demasiado frío para un helado. Y durante todo ese tiempo estuve debatiendo si era sensato llamar a Mayela.
¿Habrá ido al Salón Dorado anoche?
Aprieto la taza de café. ¿Y qué podría hacer yo al respecto si sí fue? Moví un favor para conseguirle una invitación personal, y no era para que se pusiera íntima con algún banquero engreído de Wall Street. No. Yo planeaba estar allí.
Joshua se suponía que dormiría en casa de su madrina. Pero a uno de sus hijos le dio mononucleosis, así que se canceló la pijamada. Y con Linda programada, yo ya les había dado el fin de semana libre tanto a mi ama de llaves como a la niñera. Así que no quedaba nadie más que yo.
—¿Papá?
Trago el amargor. En su lugar, tuve una noche con mi hijo: pedimos pizza y jugamos cartas, y fue genial.
—¿Sí?
Joshua brinca pasando junto al piano de cola y viene a pararse a mi lado, junto a las ventanas. Ese piano había sido de mi hermana. A Joshua no le gustan sus clases semanales, pero aún no lo dejo dejarlo. A Jenny tampoco le gustaban a su edad.
—¿A que no adivinas? —pregunta.
—¿Qué?
—Marianne va a hacer lasaña esta noche.
Sonrío y le revuelvo el cabello.
—¿Se lo pediste con amabilidad?
—Ni tuve que pedirlo.
Da un pequeño baile con su pants estampado con ballenas, regalo de su abuela.
—Me lo ofreció. Creo que sabe que mañana tengo un examen.
—Tu horario está en el refrigerador, así que lo sabe. Y te va a ir muy bien, campeón.
—Ya lo sé —dice demasiado rápido—. Hemos practicado mucho.
—Claro que sí. ¿Quieres repasarlo otra vez?
—No.
—Está bien. Entonces lo hacemos una última vez después de cenar.
Lo sigo a su habitación y miro el enorme mapa del mundo sobre su cama. Fue un regalo de cumpleaños mío. Juntos, rascamos los lugares que ya visitamos y marcamos los que aún están en la lista.
Entre mi hermana y yo, Jenny era la viajera. La que aceptó encantada un año de intercambio en Sídney, la que se fue de mochilera por el sudeste asiático cinco meses contra los deseos de nuestros padres. Yo tenía la cabeza metida en los números y la escuela, y luego en los negocios. Sin tiempo para viajes ni frivolidades.
Eso cambió. Para cuando Joshua cumpla dieciocho, habrá visto el mundo, si de mí depende, incluidos los lugares que su madre amaba.
—¿Has hablado con Danielle desde la feria de Acción de Gracias? —le pregunto.
—Sí —dice, sentándose con las piernas cruzadas junto a su último set de Lego.
Ya está en construcciones más complejas y cada una trae miles de piezas.
—¿Y?
—Le pareció genial que tuviéramos la feria para nosotros solos. Me preguntó si era tu feria —dice, riéndose—. Le dije que no.
—Me alegra que lo hayan pasado bien.
Se recuesta sobre la alfombra, mirando al techo.
—El otro día dijo que yo era una de sus personas favoritas de la clase.
—¿Ah, sí? Joshua, eso es increíble.
—Sí —dice, levantando una pierna—. Pero también dijo que María era de sus favoritas. Y Turner y Dexter.
Me tapo la boca para ocultar la sonrisa.
—Ajá.
—Así que no soy el único.
Cierra los ojos con fuerza.
—Papá, no podemos hablar de esto ahorita. Tengo que prepararme para mi examen.
—Está bien, está bien. Solo tenía curiosidad.
—Siempre tienes curiosidad —me acusa, y ahora sí me río.
Eso mismo le he dicho durante años, justo después de que me dispara una ristra de quince preguntas cada vez más imposibles.
—Te dejo en paz.
—Gracias —dice—. Hablamos en la cena.
Es tan “adolescente” esa frase que sigo riéndome cuando vuelvo a la sala. El aroma de la lasaña de Marianne se cuela desde la cocina: carne, tomate y queso.
Meto la mano al bolsillo. Mi teléfono. Mis cavilaciones. Sin Joshua para distraerme, mi mente vuelve a Maye y a la punzada de anoche. Sé que solo hay una manera de apagar los celos que me hierven por dentro.
No debería, por supuesto. Podría escribir un libro sobre todas las razones por las que interactuar con Mayela Umaña no va a terminar bien. No solo es una trainee, sino una ambiciosa, hambrienta de futuro, con la mirada puesta en forjar su propia carrera. Y yo ya no soy el hombre joven que era antes del accidente de Jenny y Michael, cuando las relaciones eran fáciles y divertidas.
Y aun así, los celos siguen ardiendo.
Cuando Joshua ya está dormido, marco el número, ya familiar.
Ella contesta después de cuatro tonos eternos.
—Hola.
—Maye.
—No tengo más información sobre el topo del Departamento de Estrategia —me informa.
Suelto el aire, divertido a pesar de mí.
—No, no esperaba que tuvieras.
—Bien, entonces…
La pregunta queda colgando en el silencio áspero: ¿para qué llama, señor Almeida?
—¿Cómo estás?
—Bien —dice—. He tenido un fin de semana relajado.
Se me tensan los dientes con esa palabra: relajado.
—¿Nos vemos en la charcutería de la calle?
—¿Perdón?
—Resulta que esos sándwiches sí eran de los mejores de la ciudad. Se me antoja uno.
—¿Por qué?
—Tengo hambre —digo.
No la tengo.
—Señor Almeida…
—Ven, Maye.
—Acabo de llegar a casa y he estado fuera todo el día.
No es un no, pero tampoco es un sí.
—Entonces debes tener hambre. Si mal no recuerdo, el pastrami es tu favorito.
Suspira.
—Llego en cinco.
Ese sí diminuto, renuente, calma las llamas en mi estómago. Necesito mirarla a los ojos cuando le pregunte por ayer. Cuando le explique por qué no pude ir. Tomo mi abrigo del perchero y asomo la cabeza a la cocina, donde Marianne está preparando el desayuno de mañana.
—Voy a salir un par de horas, solo aquí cerca.
—De acuerdo, señor.
—Si Joshua se despierta o necesita algo, llámame.
—Así lo haré.
La charcutería está igual de brutalmente iluminada con neón que hace una semana. Debo haber pasado mil veces por enfrente sin prestarle atención, estando a solo dos cuadras de mi apartamento.
Ella dijo que le quedaba “a la vuelta”.
Así que no basta con que Maye se infiltre en el club que yo frecuento. Ni siquiera basta con que empiece a trabajar en mi empresa. Además vive a diez minutos a pie de mi casa y, por si fuera poco, parece que ahora ocupa espacio en mi mente sin pagar renta.
Lo que significa que estoy prácticamente condenado.