Salvador
Llego primero, así que me recargo en la pared del edificio y vigilo las calles alrededor. No pasa mucho hasta que la veo. Lleva un abrigo beige ceñido a su figura curvilínea, el cabello oscuro levantándose con el viento. Labios rojos y ojos afilados que se entornan al verme.
—Viniste —digo.
—Insististe —responde.
Empujo la puerta de la charcutería, casi vacía.
—Después de ti.
Ella no pide nada más que una soda, sonriéndole al chico detrás del mostrador. Él le devuelve la sonrisa, embobado.
La expresión se le borra cuando me toca ordenar.
—Café, si tienen. n***o.
—Enseguida.
Maye conduce hasta la misma mesa de antes, junto a la ventana y el remolino de copos en el aire. La observo quitarse los guantes negros de cuero, manos delgadas, dedos largos cerrándose alrededor de la lata. Esa imagen me trae otras a la mente, recuerdos en los que me convendría no detenerme. Como su mano sobre mí.
—¿Por qué me llamaste?
—Quería verte —digo.
Es verdad.
Maye mira por la ventana.
—No te vi ayer.
Así que sí fue al Salón Dorado.
Fue y me buscó.
—No pude ir.
¿Podrá oír el arrepentimiento ardiendo en mi voz?
—Me lo imaginé, sí.
Me recuesto en la silla de plástico, con una mano sobre la de al lado.
—Pero tú sí fuiste.
—Después de todo el esfuerzo que hiciste para conseguirme mi propia invitación, ¿cómo iba a rechazarla?
Mis labios se curvan.
—No fue tanto esfuerzo.
Baja la mirada a la lata frente a ella, y la pregunta se me escapa, imprudente e inevitable.
—¿Conociste a alguien?
—Conocí a varios “alguien” —murmura.
Los celos me aprietan por dentro, exprimiéndome hasta darme náuseas.
—¿Varios “alguien”, rectita?
Sus ojos parpadean hacia mí, abriéndose al captar la mirada en los míos.
—Ay, no así, tonto. Hablé con algunas personas. Sobre todo con el barman.
—Hablaste con algunas personas.
—Sí.
Cruza los brazos.
—¿Estás preguntándote si pasó algo más? ¿Si me acosté con alguien?
La miro de frente.
—Sabes que sí.
—Y tú deberías saber que no debes preguntar eso. Lo que pasa en el Salón Dorado se queda ahí. Tú me lo enseñaste.
—Lo sé.
Me cuesta hablar con los dientes apretados, pero lo logro.
—También sé que no tengo derecho a preguntar.
—Ninguno —dice—. Si te preocupaba tanto, debiste presentarte.
—Surgió algo.
—Sí, eso dijiste.
Apoya las manos en la mesa y se inclina hacia mí.
—Como acabas de demostrar esta noche, tienes mi número. Pudiste mandarme un mensaje en cualquier momento antes de la fiesta para avisarme que no ibas a ir.
No se me había ocurrido. No soy de escribir mensajes, y además nosotros nunca nos hemos texteado. Pero ahí está ella, molesta porque no le avisé.
Lo que significa que me esperó.
Se sentó en ese club y me esperó. Demonios, hasta tuvo que hablar con el barman. La idea de que una mujer me haya esperado…
—No te acostaste con nadie —digo, ya seguro de que tengo razón.
Maye pone los ojos en blanco, pero sigo.
—Lo siento. Tienes razón, y debí avisarte.
Sus palmas caen planas sobre la mesa, la soda intacta entre ellas.
—Lo habría agradecido, sí.
—Nunca quise dejarte esperando. Si acaso, pasé la noche imaginando todo lo que estabas haciendo y poniéndome más miserable a cada minuto.
Ella resopla, mirando mi mano en la mesa de plástico. Está a centímetros de la suya.
—Eso suena a un desperdicio de energía.
—Lo fue.
—¿Por qué no fuiste?
Admito algo que debe sonar remoto para ella, joven y sin ataduras. A años luz de su vida.
—Mi hijo iba a dormir fuera, pero se canceló. No hubo tiempo de conseguir niñera.
Los ojos de Maye se suavizan.
—Ah. Entiendo.
—Molestísimo, eso sí.
—Habrá más fiestas —murmura.
Y ese reconocimiento me tensa el cuerpo. Lo que le haría. Lo que dejaría que me hiciera. Mi mirada se va al labial rojo oscuro.
—¿Qué hiciste hoy?
Ella vuelve la vista a la ventana, a la nieve girando afuera.
—Estuve recorriendo la ciudad con un amigo.
Y justo cuando pensé que ya estaba más allá de los celos, regresan con fuerza, como un visitante indeseado. Hace años que no sentía algo así.
—¿A dónde fueron?
—Primero al Met, y luego cenamos en un lugar en Tribeca. Había fila. Al parecer es muy popular.
—¿Medusa?
—Ese mismo, sí.
De perfil, su rostro es impresionante. Una nariz ligeramente respingada, como si juzgara todo a su alrededor, pero con labios carnosos que se abren rápido a una sonrisa o una risa si apruebas la prueba.
—Me alegra que estés haciendo amigos en la ciudad.
Me mira de nuevo. Ya no hay enojo; sus ojos marrones están suaves.
—En realidad, creo que pudo haber sido una cita.
¿Esta mujer intenta matarme? Mi ceño se profundiza sin pensarlo. Claro que está saliendo con alguien. Es un maldito veinte en una escala del diez.
—¿Ah, sí? —pregunto, manteniendo la voz casual.
Que el mundo admire mi actuación.
—¿Cómo te fue?
—No estoy segura de que quisiera que fuera una cita en primer lugar.
Niega con la cabeza y mira sus manos.
—Estaba un poco enojada contigo, y estaba pensando en lo que dijiste de que me dan miedo los hombres. Las cosas que no puedo controlar. Así que dije que sí cuando me lo pidió.
Se me abren un poco los ojos. No creo que lo note, pero su honestidad es impactante… y tan hermosa como ella.
—¿Querías ponerte a prueba?
—Supongo que sí. Además, no conozco a nadie en Nueva York y quiero hacer amigos.
—Me conoces a mí —digo.
Su ceja levantada me hace sonreír, y alzo una mano.
—Está bien, está bien. Supongo que yo no cuento, ¿no?
—No mucho —admite—. Sin ofender, pero no me veo llamándote si se rompe la calefacción y el encargado no contesta.
—Podrías, ¿sabes? Estoy a unas cuantas cuadras.
La mirada que me lanza deja claro que cree que soy ridículo.
—Vivo en una caja de zapatos.
—¿Y? Eso debería hacer las reparaciones más fáciles, no más difíciles —digo.
Ella niega con la cabeza, como si yo estuviera pasando por alto algo obvio. Apoyo los brazos en la mesa.
—Podemos ser amigos, Maye.
—Eres mi jefe. Bueno, técnicamente el jefe de mi jefe.
—Claro. Somos amigos fuera de la oficina. Creí que eso era obvio.
Su sonrisa se ensancha.
—Amigos.
—Amigos —confirmo—. Así que si necesitas que alguien te enseñe Nueva York o te lleve al Met, puedes pedírmelo. Además, podría saltarte la fila en Medusa.
Las palabras salen de mis labios, improbables, pese a que no tengo tiempo libre y el poco que tengo se lo doy a mi hijo.
—¿Esto es porque mencioné que tuve una cita hoy?
—No tiene nada que ver.
—Claro.
Se ríe, sacudiendo la cabeza y haciendo que sus mechones oscuros vuelen, enredados por la nieve y el viento.
—Si no te conociera mejor, diría que estás celoso, Salvador.
—Jamás caería tan bajo —digo—. Esa emoción está por debajo de mí.
—Ah, por supuesto que lo está. ¿Demasiado común?
—Demasiado.
Una sonrisa juega sobre los labios que recuerdo haber besado demasiado bien.
—Ahora que somos “amigos” no oficiales, hay un montón de cosas que quiero saber de ti —dice.
Gimo, mirando las luces de neón en el techo.
—Ya me estoy arrepintiendo.
—Empezaré suave, no te preocupes. Es que me resultas fascinante.
La sinceridad en su voz es inesperada, filtrándose por mis grietas.
—Dime por qué vas al Salón Dorado.
—Ya te lo dije.
—Siento que no fue toda la verdad.
Vuelvo la mirada hacia ella, hacia esos ojos que brillan con humor y cercanía, y me sorprendo considerando responder. Incluso si no me deja en la mejor luz.
Una sombra se detiene junto a nuestra mesa y me frena.
—Perdón, chicos, pero cerramos en unos minutos.
—Oh —dice Maye, frunciendo el ceño, como si le decepcionara no poder hablar más conmigo.
No podemos permitir eso.
—Gracias por avisarnos —le digo al empleado—. Nos vamos antes.
—Que tengan buena noche.
—Igualmente —dice Maye.
Cuando se va, estiro la mano y levanto la lata de soda de Maye. Está llena.
—Ni siquiera le diste un sorbo.
—Me distraje.
Levanto mi vaso de café para llevar, también lleno.
—Yo también.
Ella entiende al instante.
—Sería una pena tirarlos.
—Sería un desperdicio, la verdad. Y estoy comprometido con eliminar todas las formas de desperdicio.
Su sonrisa se amplía.
—Eres famoso por tu compromiso con la eficiencia.
—Así que esto no puede quedarse así.
Echo la silla hacia atrás, tomo mi café y le paso sus guantes a Maye.
—Enséñame tu caja de zapatos y nos lo tomamos de camino.
Su respiración se corta, pese al brillo de emoción en sus ojos.
—¿Que te muestre dónde vivo?
—Si un día voy a arreglar tu calefacción, tendré que saber dónde está, ¿no?
Abro la puerta y una ráfaga helada entra de golpe.
—Después de ti, Mayela.