Salvador
El café está frío y sabe como el fondo de una prensa francesa que jamás se ha limpiado, pero me lo bebo como si la endeble excusa de terminar nuestras bebidas fuera real. Los copos de nieve se enredan en el cabello oscuro de Maye.
—Esto no se siente real —dice—. Nosotros dos, caminando hacia mi departamento-caja de zapatos.
Maldita sea, por ser ambiciosa e inteligente, además de sincera y tímida. Puedo con una cosa u otra, ¿pero ambas? Es más de lo que un hombre debería tener que enfrentar.
—Somos amigos, y esto es algo amistoso. ¿Cómo encontraste el lugar?
Da un sorbo a su refresco.
—La dueña del departamento vive unos pisos más abajo. Antes, creo, lo usaban para las niñeras internas y después para la empleada doméstica, cuando aún tenían una. Ahora está sola: el esposo murió y los hijos se fueron. Una amiga mía de Wharton vivió ahí mientras hacía la licenciatura en Columbia.
Asiento.
—¿Ella te puso en contacto con la arrendadora?
Maye asiente, sonriendo con calidez.
—Geraldine es encantadora. No confía con facilidad, ¿sabes?, así que el hecho de que alguien que le caía bien respondiera por mí ayudó. Luego nos conocimos y decidió que yo también le caía bien.
—Pareces la candidata perfecta para impresionar a mujeres mayores, rectita —digo—. ¿Confío en que no sabe nada del Salón Dorado?
—Dios, no. Y ni se te ocurra mencionar nada de eso mientras estemos adentro.
—¿Crees que te espía?
—Probablemente no, pero no estoy dispuesta a correr riesgos.
Nos detenemos frente a un edificio de piedra gris, igual a cualquier otro residencial del Upper West Side. Maye saluda al portero. Él devuelve el saludo, pero me lanza una mirada que conozco bien: la de “eres nuevo para mí”, aderezada con un “ten cuidado”.
Así que Maye también logró encantarlo a él, además del tipo de la charcutería y sus compañeros trainees en Montviva. No me sorprende, considerando que aquí estoy, subiendo a su departamento con un café frío en la mano que, aparentemente, necesito terminar.
—Vivo en el último piso —dice, deteniéndose junto a los elevadores—. Tengo una sola ventana, pero no da a nada. Bueno, si no cuentas algunos techos, una pared sólida de ladrillo y unos cuantos lugares donde se posan las palomas.
—Cuentan —digo—. El ladrillo es… interesante de ver.
—Mentiroso —dice, entrando detrás de mí al elevador y presionando el botón superior.
Junta las manos frente a ella y, mientras observo, se pone rígida. Su mirada se fija en los números del panel que van cambiando.
Ah. El miedo a las alturas.
—No voy a juzgar dónde vives —digo, arqueando una ceja—. Si eso es lo que te preocupa.
Su mirada no se mueve, pero sonríe.
—Claro que no. Tu departamento da a Central Park, ¿no? Recuerdo que lo mencionaste por teléfono.
—Así es —admito—. Pero ¿qué es Central Park comparado con una pared de ladrillo? Solo unos árboles. Nada que no haya visto antes.
Eso le arranca una risa.
—A diferencia del ladrillo.
—Ya sabes lo que dicen: cuando has visto un árbol, los has visto todos —digo, hablando para distraerla mientras el elevador asciende a paso de tortuga—. Pero los ladrillos… hay infinitos matices. Colores. Texturas. Tamaños.
Rompe su duelo con el panel del elevador para mirarme divertida.
—¿Esto es algún tipo de fetiche, Salvador?
Mi sonrisa se ladea.
—Oh, si quieres hablar de…
El elevador gime y se detiene de golpe. Las luces parpadean una, dos veces, antes de rendirse. Nos traga una oscuridad absoluta.
Maye no grita, pero el jadeo que sale de ella está cargado de tal terror que me muevo hacia ella por puro instinto.
—Está bien —digo—. Estamos bien.
—Esto no puede estar pasando.
Su voz tiembla por el esfuerzo de mantenerse en control. Mi mano se cierra alrededor de su brazo; el abrigo es suave bajo mis dedos.
—Respira, Maye. Respira. Todo va a estar bien.
Da respiraciones profundas y entrecortadas. Coloco mis manos en sus hombros y presiono hacia adentro, como si pudiera anclarla solo con el contacto.
—¿Estás respirando?
—Sí —susurra—. Salvador, creo que me va a dar un ataque de pánico. En cualquier segundo, un cable podría romperse y caeríamos en picada hasta…
—No —digo con firmeza—. Eso no va a pasar. ¿Sabes qué sí va a pasar?
—¿Qué? —respira.
—Vamos a sentarnos aquí mismo y vamos a llamar a mantenimiento y a tu portero. Lo arreglarán en un momento.
Busco la pared de acero y luego, con cuidado, nos llevo a ambos al suelo. Ella me sigue con un movimiento fluido.
Entonces hago algo que sé que no debería, pero estamos solos y, por lo superficial de su respiración, se está resquebrajando. Así que la atraigo a mis brazos.
—Respira, Maye. Hondo hacia adentro, hondo hacia afuera.
Tiembla, pero hace lo que digo, siguiendo mis respiraciones exageradas. Aprieto un brazo alrededor de sus hombros y su cabello me hace cosquillas en la nariz.
—Vamos a estar bien —digo—. El elevador se ve nuevo. Seguro ya se activó una alerta automática.
El panel del elevador no está iluminado. Presionar el botón de alarma probablemente no serviría de nada. ¿Un apagón? Las manos de Maye se aferran al cierre de mi abrigo.
—¿Sabes el número del portero?
Niega con la cabeza, pero tras unas respiraciones más, habla:
—Creo que está en mi teléfono.
—Yo llamo.
—Está bien. Dame un minuto.
La sostengo, alisando mis manos por sus brazos, hasta que logra sacar el teléfono y me lo pasa. Hay una notificación esperando. Un mensaje.
Luke: La pasé muy bien hoy, Fred. Ojalá me dejes enseñarte la ciudad el próximo fin de semana también.
Descarto el mensaje molesto —no es el momento, Salvador—, aunque el nombre se me queda grabado. Busco en sus contactos hasta encontrar “Portero Tom” y llamo. Pongo el altavoz.
—Habla Tom —dice una voz—. ¿En qué puedo ayudar?
—Habla Salvador Almeida y Mayela Umaña. Entramos al edificio hace unos minutos y ahora estamos en el elevador. Se detuvo más o menos a la altura del piso trece. Las luces están apagadas y el panel no responde.
—Mierda —dice Tom, y pese a lo poco profesional, no puedo menos que estar de acuerdo—. Llamo a un técnico de inmediato. No se preocupen. Esto ya ha pasado antes.
Entonces debió haberse arreglado antes, pienso.
—Esperaremos. Por favor, manténganos informados de cualquier novedad.
—Por supuesto, señor. Los sacaremos de ahí en nada.
Una breve pausa.
—¿Está todo bien con la señorita Umaña?
Maye levanta la cabeza de mi hombro y se aclara la garganta.
—Estoy bien, Tom.
—Bien. Perfecto. Entonces manténganse tranquilos —dice, y cuelga.
Una risa sin aliento y asustada brota de Maye. No puedo ver su rostro, pero no lo necesito para entenderla.
—Manténganse tranquilos —resuella.
Deslizo mi brazo hacia abajo y rodeo su cintura, perceptible incluso a través del abrigo.
—Ya oíste al hombre. Ven aquí.
Se acerca más.
—¿No crees que vayamos a morir?
—No —digo—. Ni un poco. Volvamos a respirar, cariño.
Respiramos al unísono diez veces largas y lentas, mi mano moviéndose por su espalda baja todo el tiempo, en caricias pausadas.
—Está bien —susurra—. Estoy mejor.
—Bien —murmuro.
—Me estoy concentrando en ti y no en la caída de treinta metros bajo nosotros.
Mi mano roza la punta de su cabello; los mechones gruesos me hacen cosquillas en la piel.
—Entonces concéntrate en mí.
Se aclara la garganta.
—¿Puedes hablar un rato?
—Claro —digo, modulando la voz para calmar—. Dijiste antes que querías conocerme. Hay muchas cosas que podría contarte.
Su silencio me indica que siga, y lo hago, mi mano subiendo para alisar su cabello. Es como seda bajo mi palma.
—Nací y crecí en este barrio. A unas cuantas cuadras, de hecho. No hay otro lugar donde quisiera vivir de forma permanente. Nueva York es mi hogar.
—A pesar de las palomas y los turistas —susurra.
—A pesar de ellos —coincido—. Quizá sea todo el ladrillo de esta ciudad lo que me atrae.
Resopla con humor; una pequeña victoria. Estiro las piernas frente a mí y aprieto mis brazos a su alrededor.
—Mi sabor favorito de helado es mango.
—¿Mango?
—Sí. Sorbete de mango, en realidad.
—Eso es inusual.
—Bueno, así lo veo: les dejo toda la masa de galleta y la menta con chocolate a los demás. Todos ganan.
Busco algo más.
—Me preguntaste por qué asisto al Salón Dorado, aunque ya te había respondido.
—La respuesta real —murmura.
—Exacto. La respuesta real.
Suspiro, apoyo la cabeza en la pared de acero y me abro.
—En la última década me he acostumbrado a cierto tipo de mujer que se me acerca. La que espera bolsos de diseñador en cumpleaños, San Valentín y Navidad, y se estremece al oír la palabra “prenupcial”.
No es que haya salido con muchas, no con Joshua y mi trabajo. No había ninguna a la que considerara convertir en madrastra, y aún menos que disfrutaran realmente el papel. Para ellas, Joshua sería una consecuencia desafortunada de estar conmigo —y con mi dinero—, no una razón para quedarse.
Pero Joshua nunca ha sido una consecuencia desafortunada. Puede que no haya llegado a mí de manera natural, pero por sobre mi cadáver permitirá que se sienta una carga.