Salvador Cuatro meses después La maldita máscara me roza la piel, recordándome por qué casi nunca la he usado. En su lugar, la guardo en el bolsillo interior de mi chaqueta. El incienso flota denso en el aire; el aroma a cítricos y manzanilla es familiar pero no desagradable. Observo los cuerpos que se contonean en el almacén que la Habitación Dorada eligió para esta ocasión. Mujeres en lencería sirven bebidas en vasos altos mientras un hombre las sigue vestido únicamente con una gorra de policía y pantalones cortos. Veo cómo uno de los banqueros más importantes de la ciudad invita a una modelo a sentarse en su regazo. Ella acepta, sonriendo con falsa modestia. Mi mirada continúa más allá del espectáculo, hasta que encuentro a la única mujer por la que estoy aquí. Está apoyad

