Sigo el sonido de los zapatos de David por todo el pasillo de la última planta, intentando igualarle el paso. ¿Por qué tiene que caminar tan rápido? Puedo notar que, cada vez que paso por un pasillo, me gano la mirada de más de uno. Ellos, a su vez, no apartan la vista de mi hasta que desaparezco de su campo de visión.
¿A caso a esto Kelly se refería? ¿Que al pasar todos me miran?
—David... —intento no llamarlo muy alto para no llamar más la atención.
—No me interesa —él abre la puerta de su oficina, de golpe, sobresaltando a la chica que se encuentra en su oficina. Es Sally, su segunda asistente, una chica de pelo y ojos marrones chocolate. Ella se encuentra dejando unos documentos en el escritorio del señor Miller—. Había una reunión muy importante a la que debiste acompañarme, pero por estar perdiendo el tiempo, tuve que llevar a Sally conmigo.
La mencionada se queda pasando mirada entre David y yo, queriendo saber qué hacer a continuación.
—Señor Miller...
—Ya puedes retirarte.
Mientras ella camina a la puerta para irse, David aprovecha para perderse en una de las puertas que hay en su oficina. Al haber terminado de salir Sally, me dirijo hasta la puerta y le coloco el seguro.
—David, deja de esconderte, gallina.
Él sale de la puerta en la que se había perdido con anterioridad, pero ahora no lleva la chaqueta de su traje.
—Sigo siendo tu jefe.
—Tenemos un trato —le recuerdo.
—Técnicamente aún no has cumplido tu parte, así que...
Sin previo aviso lo tomo por la manga de su camisa, haciendo que quede de cara a mí.
—Fue mi culpa, David.
A pesar de que David era más alto que yo -no tanto, pero si lo bastante como para intimidarme-, su cara queda muy cerca de la mía. Con nuestras narices casi rozando y su respiración chocando contra mis labios, se me hace algo difícil concentrarme en lo serio del asunto.
—¿Por qué lo proteges tanto?
—Es mi compañero de piso... Además, hizo algo muy lindo por mi hoy... —sonrío victoriosa, viendo como los ojos de David se oscurecen de lo que pienso y son celos.
—¿Y que hizo?
—¿Celoso, Miller? —no obtengo una respuesta de su parte—. No te pongas así, David —murmuro mientras le enredo los dedos en su cabello, despeinándolo. Sus ojos se posan en mis labios por un par de segundos, para después ir descendiendo hasta mi escote no tan pronunciado. De repente él aparta la vista.
—Tienes trabajo pendiente —dice después de pasar saliva.
—Uh, cierto —acerco su cara a la mía, provocándolo—. Debería volver...
—A ti te encanta provocar —siento sus manos en mi espalda baja, atrayéndome hacia él—. ¿Quieres saber cuál es la única razón por la cual aún no te he saltado encima?
Me lo pienso un rato.
—¿Porque tienes alguien que...? —mi voz se corta de golpe cuando siento que David entierra su cara en mi cuello, trazando una línea desde mi clavícula hasta mi oreja, con su nariz.
—Porque esta noche voy a tenerte —el castaño muerde el lóbulo de mi oreja por un par de segundos, causando que una corriente de excitación cruce por todo mi cuerpo, hasta mi parte más íntima—, y no van a ser pocas las veces que te haga gritar mi nombre.
Tiro de su pelo una vez más, pero en esta ocasión su nariz y la mía chocan, y nuestras respiraciones, tan solo un poco alteradas, se unen.
—Eres muy engreído.
—No, Bela. Te pongo, y eso es suficiente.
—Ni siquiera sabes dónde me gusta que me toquen —me burlo de su seguridad, apartándome de él. Ya son suficientes las ganas que le tengo, no necesito ponerme a prueba más—. Ahora tengo que irme.
En vez de dejarme ir, David me atrae de nuevo hacia él, pero ahora va acercándome poco a poco hacia su escritorio.
—Ahora que lo mencionas, ¿Por qué no dejas que antes de irte haga una pequeña prueba? —dice mientras me coloca encima de su escritorio, luego de haber movido todo lo que había en él a un lado—. Para ello necesitaré que abras las piernas —dice mientras se arrodilla ante mí y posiciona sus manos en mis rodillas.
Aflojo las piernas lo suficiente como para que él pueda abrirlas tanto como quiera. Una vez me tiene como me desea, me atrevo a preguntar: —¿Qué vas a hacerme?
David roza las yemas de sus dedos con la tela negra de mis bragas. El roce es superficial, pero es suficiente para hacerme desear de repente estar desnuda ante él.
—Quería que lo fueras descubriendo poco a poco, pero si quieres saber... —él aparta la tela, haciendo que al instante sienta la brisa fría rozándome el monte venus.
Trago grueso. No es que no hubiera hecho esto antes, es que con quien lo hice lo conocía mucho. O al menos eso creí en ese momento.
—Bela —él atrae mi atención hacia él—. Si quieres que pare, solo dilo.
Asiento. David pone dos de sus dedos en la parte más alta de mi pubis. Un cosquilleo muy familiar se extiende por toda mi v****a, causando que una pequeña ola de satisfacción me choque.
—¿Quieres saber qué fue lo que pensé la primera vez que te vi? —dice mientras empieza a bajar y a bajar, hasta que llega a mis labios mayores. Los toquetea un rato, entonces sigue bajando. Respiro profundamente un par de veces, tratando de no perder el control tan pronto, entonces soy capaz de encontrar mi voz.
—¿Tengo opción?
—Entraste por la puerta principal con la elegancia de una diosa, pero con la confianza de algo inalcanzable —al parecer mi ropa interior le molesta, porque me la quita con delicadeza, bajándola por mis piernas—. Y la ropa que llevabas, joder. Me pase todo el día pensando en ti.
Recuerdo ese día. Estaba muy nerviosa por el trabajo, pero recordé que mi padre me había enseñado que nunca debes bajar la cabeza, o si no sabrán que no eres inmune a sus ofensas. Así que levanté la cabeza, e intenté dar lo mejor de mí.
Los dos dedos con que David me estaba toqueteando anteriormente se detienen encima de mis labios menores, entonces empieza a rozarlos contra mi entrada, causándome un placentero cosquilleo, que por más que me guste, no es suficiente. Al parecer para David tampoco, porque de repente los entra dentro de mí, de golpe. Ahogo un gemido, tapándome la boca.
David sonríe con perversidad, entonces habla: —Quítate la mano de la boca. Quiero oírte suplicar que no pare.
Hago lo imposible por no hacerle caso, pero voy perdiendo terreno cuando empiezo a sentir como David entra y saca sus dedos con lentitud de mi interior, empapándolos con mis fluidos y poco a poco creando una fricción enloquecedora.
—Estás tan mojada —susurra por lo bajo.
Arqueo la espalda inconscientemente, dejándome llevar por el placer que me están proporcionando los dedos de David. Muerdo mi labio con fuerza al sentir que otro dedo suyo se abre paso por mi ajustada v****a. Abro mis ojos y llevo mi mirada a la de David. Sus ojos, cada vez más oscuros por la excitación, no se apartaban de mí.
Vuelvo a cerrar mis ojos, solo queriendo concentrarme en que hay tres de sus dedos masturbándome, cada vez más rápido. Empiezo a sentir la sensación tan satisfactoria del clímax antes de asaltarme, por lo que echo mi cabeza hacia atrás, tratando con todas mis fuerzas de que no se me salga ningún gemido en voz alta que le pueda avisar a alguien lo que está pasando aquí.
—¿Se siente bien? ¿Te gusta así?
Intento asentir, pero mi cabeza está dando vueltas,
—Gímelo, Bela. Necesito oírlo.
El clímax llega a mí, nublándome la mente y haciendo que gima con fuerza: —¡Ah, David! Si.
Y antes de que pueda detenerme, el nombre de David ya ha abandonado mi boca en un grito. Cuando ya tengo la mente despejada, recuerdo lo que ha pasado hace solo unos segundos, provocando que mis mejillas enrojezcan de vergüenza. David se pone de pie y saca sus dedos de mí.
—¿Estás bien?
Giro la cara al lado contrario de la suya.
¿Cómo se me ha ocurrido hacer esto?
Él toma mi barbilla con su mano derecha, obligándome a mirarlo.
—Si no estabas segura, por qué no me dijiste.
—No es eso... Es que... —trago con fuerza—. Estamos en tu oficina.
—¿Es eso?
—Si —respondo, obvia—. Es una oficina, David. En las oficinas se trabaja, no se... —miro la mano en la que aún tiene mis fluidos en sus dedos—, masturba a sus secretarias.
—No eres mi secretaria —comenta mientras sacaba un pañuelo de uno de sus cajones para limpiarse los dedos—. Eres mi asistente personal.
—Es lo mismo —murmuro mientras me bajo de su escritorio.
Me ajusto la falda para que mi trasero no quede al aire, como hace solo unos minutos. Miro hacia abajo al sentir algo rozándome el tobillo. Aún mi tanga yace en el suelo. Aparto la vista de la pieza solo para evitar no sentirme tan avergonzada.
¿En qué me he metido?
Una mano me toma por la cintura. Miro su rostro. David parece preocupado.
—Te dije que, si querías que pare, solo me dijeras.
—Lo sé, solo...
—Si te sentías incómoda...
—No estoy incómoda por eso. Mejor dicho, no estoy incómoda —respiro hondo—. Solo es que nunca había hecho esto de... Dejarme tocar por mi jefe...
—Pero...
—Pero... —seguí—. Me resulta... —él espera, ansioso mi respuesta—. Extrañamente excitante.
Una sonrisa misteriosa se extiende por su boca.
—Ya no puedo esperar a que sea de noche, señorita Santaro.