Abro los ojos pesadamente, y veo cómo la luz se cuela a través de las cortinas.
¡Es de día!
Me levanto de un salto de la cama, pero siento como si un cuchillo se enterrara en mi frente, atravesando por completo mi cabeza. El dolor es fuerte, así que me vuelvo a tirar en la cama. De a poco, empiezo a recordar todo lo que pasó ayer en la tarde.
La madre de Daniel…
El anillo…
El doctor Graber estuvo aquí…
Me tengo que ir de aquí, de mi hogar.
Empiezo a incorporarme suavemente, para aguantar el dolor de cabeza horrible e ir a buscar a Susanna. El reloj marca las 11 de la mañana.
— ¿Suuu? —pregunto lastimeramente saliendo de mi habitación.
En cuanto me ve, se apresura a abrazarme.
— ¿Te sientes mejor?
— Me duele muchísimo la cabeza. Y me tengo que ir a la Compañía, es tarde. ¿Por qué no me despertaste?
— El Doctor dijo que hoy harías reposo. Tienes que dormir.
— Pero hay que arreglar unas cosas...
— El tipo que te trajo ayer se va a hacer cargo, para que descanses.
¡Ay que vergüenza! David me trajo, ahora lo recuerdo.
— Anda a la ducha. Yo te prepararé algo de desayuno para que tomes tus medicamentos. El doctor dijo que pasaría por aquí a medio día.
Me giro de vuelta a mi habitación, mirando cada detalle y memorizando cada rincón...
En un rato me podré a buscar departamentos.
***
— Victoria, hoy y mañana quiero que duermas. Vas a empezar con medicamentos más fuertes. Ayer fue difícil y se vienen las fiestas, no quiero que pase lo mismo de ayer. Serán sólo un mes, máximo dos. ¿Te parece?
— Si me quedo aquí mirando el techo voy a pensar más y será peor —replico cruzándome de brazos. No quiero quedarme aquí sin tener algo que hacer.
Suspira, mirándome con reprobación.
— Está bien. Llama para que te traigan lo que sea necesario, pero trabajarás desde aquí. No te vas a mover de este departamento hoy ni mañana.
— ¿Y por qué? —pregunto alzando una ceja.
— Te dije que los medicamentos son fuertes —responde con un aire molesto y reprobatorio—. Estarás un poco mareada, quizás te sientas mal y con sueño. Si quieres trabajar, lo harás desde aquí. Es mejor que estés en tu casa, así podrás recostarte si es demasiado el malestar.
Así es exactamente como me siento, pero de verdad quería ir a arreglar el desastre de Lucas antes que muera colgado por papá.
— ¿Y si no lo hago? —insisto.
— Le diré a tu padre para que te encierre aquí...
Nop, esto no es negociable. Sólo quería mantenerme ocupada y salir de aquí.
— Ok, doctor, llamaré para que me traigan mis cosas —respondo resignada.
***
El doctor tenía razón. Tomé el medicamento nuevo hace un rato y me siento pésimo. Eli me ha mandado por correo electrónico páginas de algunos departamentos y pude revisarlos desde mi celular. Hice cita para verlos el fin de semana con la corredora de propiedades. Le pedí que me mandara mi laptop y todo lo que dejé sin revisar para trabajar desde aquí.
Son las cuatro de la tarde. Su fue a comprar no sé qué cosa que dijo faltaba en la despensa, mientras espero con Hermes acostada en el sillón que lleguen mis cosas. Tengo sueño y me siento mal.
Mientras trato de dormir otro poco con Hermes, que tiene su cabecita apoyada en mí, suena el timbre. Deben ser mis cosas.
Así que, como puedo, me levanto. Abro la puerta y veo a ese desagradable ser con mis cosas.
Gracias Eli, ¿no podías mandar a alguien más?
— ¿Cómo te sientes? —pregunta David.
— Mejor, gracias —contesto seca, quitándole mis cosas de la mano.
— Te ves espantosa, horrible...
¿Este sujeto no sabe tratar a las mujeres?
— ¿Espantosa y horrible? —cuestiono frunciendo el ceño—, ¿no te enseñaron modales? —dejo mi bolso en el suelo, apoyándolo en el muro a un costado. Necesito sostenerme en la pared.
— Sí, pero eres tan insoportable que me da lo mismo usarlos o no contigo.
— Eres realmente un imbécil David. ¿Cuándo te mandarán los estados contables de EolicEnergy?
— Ya los conseguí… —responde con una sonrisa altanera.
— ¿Así de rápido? ¿Hackeaste esa empresa? —inquiero, pero a cada segundo que pasa me siento peor, así que no espero que me conteste—. Hablamos mañana David... —trato de cerrarle la puerta en la cara, necesito que se vaya para recostarme.
Peeero no se va. Se adelanta y de nuevo me alza en brazos. Su cuerpo emana un calor extraño para mí...
— Sólo problemas... —lo escucho murmurar para sí, dirigiéndose al interior.
— Bájame. Puedo caminar... —reclamo. Ese calor que sale de su pecho me produce una sensación que no puedo describir. Algo que jamás había experimentado. Es como una corriente eléctrica que me recorre por completo. Su perfume es un aroma maderoso, intenso...
— Estabas apoyada en la pared sosteniéndote y empezaste a tambalearte. Dudo que pudieras volver al sillón sola. ¿Y tu niñera? No la veo por aquí —habla mientras me deposita en el sofá.
— Susanna no es mi niñera, idiota. Fue a comprar unas cosas. Volverá en cualquier momento...—respondo subiendo mis rodillas al sillón y tapándome los ojos con mi brazo—. Puedes irte, muchas gracias... —y después de eso, me siento incómoda. Prefiero que se vaya.
— No. Esperaré a tu niñera...
— No es mi niñera.
— Dile como quieras… niñeras, empleadas, servicio… —me responde burlón. Me incorporo en mis brazos para responderle algo desagradable. Este tipo está sentado con una pierna sobre su rodilla como estuviera en su casa, en el otro sillón.
Mirándome fijamente. Esos ojos azules me están estudiando, oscurecidos, aprovechándose de cómo estoy vestida hoy. Llevo unos leggins azules y una polera blanca delgada con el cuello muy ancho. Tanto, que se va hacia un lado y deja uno de mis hombros al descubierto. Y acostada, se apega completamente a mi cuerpo.
Siento otra vez esa corriente pasar, desde mi coronilla a la punta de mis pies y aparece un calor extraño, ajeno a mí, que disipa en parte ese frío que jamás me abandona. Tampoco puedo dejar de mirarlo, de mirar sus facciones simétricas, esa mandíbula casi rectangular perfectamente bien afeitada. Nos quedamos así, sin dejar de observarnos un par de segundos. Hasta que reacciono.
Mejor no lo miro. Esto es raro. Me vuelvo a tirar en el sofá tapándome los ojos con mi brazo, como siempre. Al parecer no tiene intenciones de irse.
Hermes está sentado a sus pies, moviendo su colita. Perro traidor.
Concentrada, tratando de entender lo que acaba de pasar, suena el timbre. Me incorporo para ir a abrir pero David es más rápido que yo y se dirige a la puerta. No es Su, ella tiene llaves.
La sonrisa gigante aparece sola en cuanto lo veo, me levanto de un salto sin importar lo mal que me sentía hace un rato y el calor extraño que aún siento.
— ¡¡Papaaa!! —grito colgándome a él con brazos y piernas como si tuviera 10 años. Me sujeta por la cintura repartiendo besos en mi cabeza.
— Mi princesa... —murmura sobre mi cabeza—. Anoche me llamó Martin para contarme lo que había pasado y tomé el primer vuelo.
Me deposita en el suelo sin dejar de abrazarme ni darme besos en la cabeza.
— Me asusté. No quiero verte de nuevo así...
— Estoy bien, papá —le aseguro fingiendo una sonrisa. Tengo que estar bien.
Mi papá fija sus ojos en David, que está de pie detrás de mí en silencio. Probablemente contemplando incómodo la escena.
— David... —saluda mi padre, soltándome un segundo y extendiendo su mano.
— Albert... —responde formal David mientras la toma de vuelta a modo de saludo.
— ¿Ustedes se conocen? —pregunto.
— Nos vimos una vez, cuando lo entrevisté con tu tío Edgard. ¿Qué haces aquí, David? —se dirige a él, desconfiado.
— Traje los documentos y el laptop de Victoria, como ella pidió para trabajar desde acá.
Mi papá rueda los ojos frente a mí, no me ha soltado.
— Martin es tu terapeuta y dijo que debes descansar, hija.
— Si me quedo aquí sin hacer nada será peor. Necesito mantener mi cabeza ocupada, papá. Y tenemos que arreglar ese problemita de Lucas.
Me suelta y se toma el puente de la nariz.
— No me hables de tu hermano, en cuanto llegue el viernes voy a matarlo...
— Eso imaginé. ¿Ves que no puedo quedarme de brazos cruzados aquí?
— Si crees que te hará bien, hazlo.... —suspira resignado—, igual de terca que tu madre...
Subo mis hombros. Eso me lo han dicho toda la vida.
— ¿Y Susanna?
— Fue a comprar unas cosas. Debe estar por llegar —respondo.
— Mejor que estés acompañada entonces —dice mirando a David—. No quiero que estés sola. Iré a mi departamento a dejar el equipaje y cambiarme de ropa. Volveré a cenar contigo dentro de un rato. David, nos vemos —me da un beso en la sien y se va, dejándome a solas con el indeseable.
Me quedo observando la puerta. No quiero girarme, siento sus ojos clavados en mí, mirándome nuevamente.
— Yo me iré también —escucho de pronto a mis espaldas. Suelto un respingo al escuchar su voz.
— ¿Podrías traer mañana los estados financieros impresos que misteriosamente conseguiste? No quiero que el resto del equipo me vea así... — pido girándome hacia él. Elizabeth y David son los únicos que saben qué me pasó.
— Con una sola condición... —responde acercándose lentamente, con voz seductora que me hace sentir… extraña.
— ¿Cuál? —se detiene frente a mí a escasos centímetros, acercándose peligrosamente a mi oído mientras trato de ocultar la hiperventilación que me produce esta cercanía.
— Que uses una polera tan transparente como la de hoy... —susurra con una voz ronca que hace volver ese cosquilleo eléctrico de hace un rato y el calor aparezca. Me muerdo el labio inferior nerviosa, viendo cómo él se dirige a la puerta y se va.
¡¡¿¿Transparente??!!
Es sólo una polera. Quedo con la cabeza en blanco unos segundos ¿Qué me pasó? ¿Qué acaba de pasar?
Me estoy volviendo loca. Sí, es eso. Mañana me pondré una camisa.
¡Una camisa de fuerza! Porque juro que este tipo me va a volver loca.