5. Entendiendo lo insoportable

1629 Palabras
No entiendo a esta mujer. Juro que no la entiendo. Muy bonita, eso sí. Esos ojos azul grisáceo enormes que tiene son preciosos. Pero Victoria es insoportable y malcriada. Y hoy me toca hacer de niñero. Estaba en el suelo en los brazos de Elizabeth. Era como si estuviera teniendo una crisis nerviosa, lloraba sin control. Y después, se desmayó. Y la “Jefa” dejó instrucciones precisas a su secretaria de no avisar nada a su familia en caso que algo le pasara. Sólo que llamara a su terapeuta. Ni siquiera sé para qué será ese terapeuta. Ojalá le esté ayudando a ser menos desagradable. Así que eso hicimos. En el ascensor privado, tuve que bajar a esa mujer inconsciente y subirla a mi auto, tratando que nadie nos viera. Elizabeth fue conmigo, me indicó la dirección, mientras llamaba al famoso loquero de Victoria. Sin embargo, verla así, desmayada, con la cara hinchada de tanto llorar, me dio un no-se-qué. Extraño. Las mujeres no suelen conmoverme, a menos que sea mi madre o mi sobrina. Sólo sirven para dar problemas. Después de la loca que tuve de novia tanto tiempo, y de todo lo que me costó escapar de ella, me convencí que las mujeres solo sirven para dos cosas: sexo y conseguir favores. Si coqueteas lo suficiente con ellas, harán lo que les pidas. Al menos a mí me funciona. Llamé a Edgard. Buzón de voz. Su hermana, también salta al buzón de voz. No tengo más teléfonos de su familia y Elizabeth no me los va a dar. Escuché que el loquero iba de camino a su departamento. Y no tenemos idea qué pasó en esa conversación. Elizabeth dice que no escuchó nada de lo que pasaba en su oficina. Dijo que había estado hablando unos 15 minutos con su ex suegra. Tampoco sabía que tenía un ex novio. Ni que me importara. Me alegra que ese sujeto haya podido arrancar del carácter horrible que tiene esta mujer. La bajo de mi auto en brazos y de a poco empieza a despertar, pero en un segundo se pone a llorar de nuevo. Y no tolero ver mujeres llorando. Así que me apresuro a dejarla en su departamento, para salir corriendo lo antes posible. No es mi problema. Aunque… cuando Edgard me contrató dijo que tendría que vigilarla. No dijo por qué. ¿En qué tipo de trabajo de metí? — ¡Ay por Dios, mi niña! —grita la mujer que nos abre la puerta, debe tener unos cuarenta y tantos—, llévala a su habitación, esa, al fondo…—me señala nerviosa una puerta. Le hago caso y llevo a Victoria a esa habitación. La dejo sobre la cama. Ella sigue sollozando, un poco más despierta, pero aún no habla. Es demasiado incómodo esto. La mujer que nos abrió la puerta está hablándole al oído y tapándola, tratando de calmarla. A nuestro lado aparece un cachorro blanco que empieza a llorar y saltar, ella lo toma y lo sube a la cama. Se acurruca de inmediato con Victoria. Es el que paseaba con ella el día que la vi en pijama. Mejor las dejo solas. En el sofá, está Elizabeth, concentrada en su celular. — Estoy avisándole a mi hijo que llegaré más tarde —habla sin dejar de teclear—. El doctor Graber debe estar por llegar. — ¿Tienes hijos? —le pregunto. — Uno, tiene 12 años. Soy madre soltera, lo tuve muy joven… Asiento con mi cabeza y nos quedamos de nuevo en silencio. Me agrada Elizabeth, nos llevamos bien, pero nunca me había contado eso. No suelo preocuparme por esas cosas. — Elizabeth, creo que es mejor que las deje solas y me vaya —digo de pronto—, no soy de ayuda aquí. — Como quieras. Susanna y yo nos quedamos con ella esperando al terapeuta. No tengo idea por qué me quedo pegado en ese sofá unos minutos, hasta que suena el timbre. Como esa mujer, que ahora sé que se llama Susanna y al parecer es su niñera personal, sigue con ella en la habitación, me levanto a abrir. Es un caballero de unos 50 años, delgado. Viste una camisa blanca con líneas azules, pantalón gris oscuro y zapatos café. Pelo corto oscuro y lentes. Trae una mochila muy elegante. Tiene un aire de nerd intelectual. Pero nada de botiquines ni bolsos de doctor. No parece para nada un loquero. — ¿Quién eres? —me pregunta. — Un compañero de trabajo de Victoria. La traje junto a su secretaria, pero no sabemos qué pasó. Estaba descontrolada llorando en el suelo, sin hablar. Hasta que se desmayó. Se queda pensativo un momento. — Voy a verla. Me hago a un lado para que pase, va directo a su habitación. Sale Susanna y los deja solos. Nos ofrece un café, no sé por qué no me quiero ir si ya hice mi trabajo. Así que se lo acepto. Estoy intrigado, quiero saber qué pasó para que quedara de esa manera. Observo el pequeño salón de este departamento. Con todo el dinero que esta familia tiene, pensé que sería un penthouse gigante y ostentoso. Pero es pequeño, y acogedor. Un sillón grande de capitoné azul y uno más pequeño a juego, donde estoy sentado. Un televisor enorme, unos ficus altos en las esquinas, una mesita de centro de vidrio y una lateral también a juego, con un pequeño árbol de navidad que creo fue atacado por el grinch, escuálido y con un par de adornos que parecen haber sobrevivido al ataque. Se ve divertido. Al fondo, en una esquina, hay un atril con un lienzo en blanco. ¿Victoria pinta? No me la imagino pintando. Cocina americana pero amplia. Es muy bonito. No hay fotos, sólo un cuadro con hojas verdes y azules. Mientras juego ajedrez en mi teléfono, esperamos unos 40 minutos hasta que el doctor sale. — Le inyecté un tranquilizante. Dormirá hasta mañana. No debe ir a trabajar, tuvo una crisis nerviosa. Elizabeth va a hablar, pero la interrumpo. — Disculpe, no tengo idea qué le pasó, pero hoy tuvimos un problema grande en la empresa, no creo que quiera quedarse aquí descansando... El doctor nuevamente me queda mirando, pensativo. — Tú no sabes por lo que ha pasado, ni por qué estuvo tantos meses con permiso, ¿cierto? — No —respondo, frunciendo el ceño. — Su novio de toda la vida murió atropellado el día de su cumpleaños. Dieciséis años juntos, se conocían de niños. Estuvo dos meses sin salir de la cama, ni comer, ni hablar. La estoy tratando por depresión y estrés post traumático… Me quedo pasmado, pensando. A mi sólo me dijeron que estaría con permiso unos meses cuando entré a reemplazarla. Edgard y Albert, su padre, dijeron que quizás estaría inestable e irritable cuando volviera, así que me querían vigilándola siempre, en su trabajo y en su día a día dentro de la Compañía. No me dieron más explicaciones. — … hoy le pidieron este departamento, es el que compartían. Además, le entregaron el anillo de compromiso que Daniel se devolvió a buscar ese día. Caminando hacia acá lo atropellaron… Uff…Victoria es imposible y desagradable, pero entiendo un poco por qué es así. Debe haber sido horrible. — …de a poco logramos que saliera de la cama y empezara a comer para que recuperara todo el peso que perdió. Han sido ocho meses difíciles, iba avanzando muy bien. Pero hoy fue mucho para ella. ¿Tú eres su secretaria? —pregunta dirigiéndose a Elizabeth. — Sí… — Mañana buscas departamentos para ella, elige algunos entre la Compañía y la casa de su madre para que escoja, pero no en este sector. Debe salir de aquí. No hablaron con su familia, ¿cierto? Elizabeth y yo negamos con la cabeza. Susanna observa y escucha en silencio. También niega con su cabeza. — Bien. Yo llamaré a Albert ahora. Sus hermanos están de viaje. No quiere que la vean así, ustedes no llamarán a nadie hasta que ella lo diga —le extiende a Susanna un par de papeles—. Mañana irás a buscar esos medicamentos, se los agregaremos a su medicación actual mientras pasa esta crisis. Y no le digas a su madre. Me lo pidió. — ¿Y qué hacemos nosotros? —pregunto. — Tú tratarás de solucionar ese problema que dijiste como sea, debe descansar. Mañana va a dormir. Yo vendré a verla a medio día. Susanna, me llamas a la hora que sea… — Sí doctor. Creo que esta es una de las situaciones más incómodas en las que he estado. No sabía que estaba en terapia y con medicamentos. Victoria es insoportable, pero entiendo por qué quedó hoy así. — Elizabeth, ¿te llevo a tu casa? Creo que no tenemos mucho más que hacer aquí —digo. Se levanta del sofá y toma su bolso. — Gracias David, vamos. Muchas gracias por venir tan rápido doctor. El asiente sonriendo. — Es mi paciente. Es lo que tenía que hacer. *** Conduzco con Elizabeth a mi lado. Vamos hablando del día de mañana, y de todo lo que tendremos que hacer temprano para cubrir a Victoria. Sigo dándole vueltas a todo lo que dijo ese doctor. Su equipo hablaba demasiado bien de ella, de lo encantadora y brillante que era, una líder excelente... pensé que lo decían sólo porque era la jefa. Parece que lo de su novio la afectó demasiado. Dejo a Elizabeth en su casa, que está bastante lejos de la Compañía y de la mía, y empiezo a conducir de vuelta. Es tarde y estoy cansado. Pero no dejo de pensar. ¿Cómo era Victoria antes de ese accidente?
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