No puedo evitar poner mis ojos en blanco cuando se abren las puertas del ascensor.
David está de espaldas a mi, prácticamente recostado en el escritorio de Elizabeth, coqueteándole descaradamente. Y ella sonríe sonrojada, feliz.
Empiezo a caminar rápido hacia ellos.
— Elizabeth…—la llamo seria, tratando de no sonar molesta a la vez.
En cuanto se dan cuenta de mi presencia, ambos se enderezan. Eli me mira con cara de pánico y David, como siempre, me sonríe burlonamente. No puede ser más insoportable.
— Ehh, señorita Victoria, buenos días—me saluda Elizabeth nerviosa—. Acá está la caja con sus cosas. No la podían encontrar, había quedado guardada en otro mueble. Y ésta carpeta la mandaron de parte de su hermano. No sé de qué se trata.
— Gracias Eli, y dime Victoria, te lo he dicho mil veces…—digo mientras abro la carpeta.
Ay no. Este es el resultado de alguna fiesta de mi hermano. Se enredó con quizás la hija de quién y ha firmado un contrato de compra de una central de molinos eólicos, se llama EolicEnergy. Bastante cara. Y no le preguntó a nadie. Hay una notita adentro.
“Vic, esto se ve prometedor. Llámame cuando lo revises. Me voy de viaje, vuelvo el viernes”
Lo conozco. Ni siquiera debe saber qué es.
Tomando todo el aire del mundo y tratando de contenerme para no empezar a gritar, le entrego la carpeta a David.
No quiero verlo revoloteando acá ni distrayendo a Elizabeth.
— Toma. Anda a revisar los estados contables de esta empresa y me traes un informe.
Me mira fijamente, toma la carpeta de mis manos sin sacarme los ojos de encima. Y sin decir nada más, se va. Supongo que a su nueva oficina. Tomo la caja y empiezo a abrir la puerta de la mía.
— Victoria, recuerda que hoy es martes y a las 11 tienen reunión de coordinación con las demás gerencias. El resumen del informe para la reunión lo dejé sobre tu escritorio.
— ¡Eres la mejor Eli! —le digo—. Y serás aún más maravillosa si me traes algo de desayuno. Me quedé dormida y vine corriendo.
— ¿Croissant jamón queso y café cortado? —pregunta con una sonrisa.
— No sé que haría sin ti, Eli —respondo con otra sonrisa, entrando a mi oficina.
Dejo mi bolso y la caja sobre mi escritorio y empiezo a revisarla. Son mis cosas. Mi portalápices con mis lápices de colores, una pelotita rosa antiestrés, unos pisapapeles, capetas, notitas adhesivas con forma de osos, regalo de Daniel… y dos portarretratos dorados.
En uno de ellos, mi familia completa. Papá, mamá, mis hermanos, Cristian, tío Edgard, Daniel y yo. Esa foto debe ser de hace unos cuatro años, para mi cumpleaños.
En el otro, una selfie de Daniel y yo. Él dándome un beso en la mejilla y de fondo la playa de Bayahibe, en República Dominicana. Eso fue hace dos años, para nuestras vacaciones.
Acomodo las cosas tal como las tenía antes. Me siento en mi silla y me quedo inmóvil mirándolas. Ni siquiera abro la carpeta que me ha dejado Eli para la reunión, ni prendo el computador. Me pierdo mirando las fotos.
Elizabeth entra despacio, sacándome de mis pensamientos en blanco y deja el café con el croissant que le he pedido sobre mi escritorio.
— ¿Victoria, estás bien? —pregunta preocupada.
— Sí, si, me pongo a trabajar ahora. Gracias.
Me mira dudosa, pero no insiste y me deja sola.
Mejor me concentro.
No alcanzo a revisar más de cinco páginas del informe para la reunión de coordinación mientras tomo mi café, cuando se abre de golpe la puerta de mi oficina. Con el sonido, doy un respingo y me pongo de pie, asustada.
— ¡¿Acaso tu hermano es un idiota?! —me grita David, agitando en el aire la carpeta que le pasé hace un rato.
— ¡No se te ocurra hablar así de mi hermano! —le grito de vuelta. ¡Nadie toca a Lucas!
— ¡Esta empresa ha tenido pérdidas por años! ¿Cómo es tan estúpido? —sigue gritándome.
Antes de contestarle, me acerco y le quito la carpeta de las manos. Empiezo a revisar las notas y las cosas que ha marcado David y… tiene razón. Mi hermano acaba de meter la pata hasta el fondo.
Me devuelvo a buscar mi teléfono para llamarlo. Fuera del área de cobertura, repite la maldita vocecita de la grabadora.
David está parado, cruzado de brazos frente a mi con la mandíbula apretada, esperando una respuesta.
— ¿Qué hacemos Victoria?
— ¿Además de los molinos, hay algo más que se pueda vender? —pregunto.
— Aún no lo sé. Al parecer esos molinos necesitan reparaciones. Millonarias. Y sabes cuánto cuesta sólo uno de esos. Ésta empresa tiene al menos 50.
Cada uno de ellos, suponiendo que son económicos, no bajan del millón de dólares.
Mi padre lo va a desollar vivo y mi tío lo quemará en la plaza pública. Mi madre, probablemente le haga un pastel y le dé un sticker con una carita que diga “lo harás mejor la próxima vez”, de los que les da a sus alumnos pequeños.
Hace mucho tiempo que mi hermanito no hacía una de estas gracias. Pensé que la última vez le había quedado claro todo lo que habíamos perdido por su culpa.
Camino hacia uno de los sillones, tiro mis zapatos lejos y me cubro la cara con un brazo.
— No es hora de dormir, Victoria —escucho a David impaciente—. Necesitamos una solución.
Lo sé, lo sé, necesito pensar. Siempre que necesito pensar algún problema de esta magnitud hago lo mismo, pero no me conoce… ni siquiera le respondo.
— ¡Victoria! —me grita.
— Mira imbécil —digo incorporándome—. No me gritas a mí, ni tratas de idiota ni estúpido a mi hermano. Empieza a averiguar discretamente cuántos de esos molinos necesitan reparación y pide los balances completos de los últimos cinco años. Yo me quedaré en esta misma posición buscando alguna solución, ¿está claro?
— Hay que avisarle a Edgard…
— No, yo soy tu jefa y yo decido qué hacer, a quién y cuándo avisarle. Anda a hacer lo que te pedí y vuelves…—hablo con los dientes entrecerrados.
— Si jefa… —responde entre dientes y sale dando otro portazo.
¡No lo soporto!
Y sí, mi hermano es un idiota, pero sólo yo le digo así.
Me quedo en ese sillón, pensando cómo arreglar este desastre monumental, hasta que siento dos golpecitos suaves en la puerta.
— Victoria, son las 11. Te están esperando en la sala de reuniones.
Agggggg odio este día. Me quiero ir a dormir con Hermes y a comer panqueques a mi cama.
— Diles que voy en unos minutos —me levanto poniéndome los zapatos a saltos mientras tomo el informe para leerlo lo más rápido posible. Ni siquiera lo terminé de revisar.
***
No sé si fue David, o alguien del equipo, pero la cosa se supo igual. Mi tío estaba indignado, nos gritó enfurecido a todos y dijo que esta era la última vez que aguantaba algo así de Lucas. En eso sí estoy de acuerdo con él. Por mucho que ame a mi hermano, no puedo vivir solucionando sus desastres.
Como sea, estuvimos casi tres horas encerrados ahí viendo qué hacer. Mi hermano, desaparecido. Probablemente con una piña colada y en traje de baño, en alguna playa con compañía femenina.
Tengo muchas llamadas perdidas de mi papá. Por supuesto que ya se debe haber enterado. Lo llamaré en cuanto salga de aquí para ponerlo al día.
Cuando al fin todos logramos escapar de la furia de mi tío, corro a mi oficina.
Empiezo a comer el croissant que jamás empecé, que ya está duro y le pido a Eli otro café mientras sigo revisando documentos y pensando qué hacer.
— Victoria…—se asoma Elizabeth y cierra la puerta detrás de ella, suavemente.
— Dime Eli... —respondo sin mirarla. Tengo el croissant en la boca, mientras sigo tecleando unos cálculos en mi laptop.
— La madre de Daniel está acá… no sé qué decirle.
De la impresión, se me cae el croissant arriba del teclado. Dejo todo lleno de migas, pero es lo que menos me importa ahora. No hablo con ella hace meses. Y no sé si quiero hacerlo.
Trato de limpiar las migas con mi mano y me pongo de pie, alisándome la ropa.
— Dile que pase.
Estoy tan nerviosa que creo se me va a salir el corazón por la boca. Me late demasiado rápido. No sé qué quiere. La quiero mucho, pero me pone nerviosa verla después de tanto tiempo.
No es mi día.
Tomando valor, no sé de dónde, empiezo a caminar hacia la puerta, cuando la veo entrar.
Se ve diez años mayor, creo que incluso tiene el pelo más blanco. A ella también la consumió la pena, como a mí.
Trae un vestido n***o hasta la rodilla, zapatos de medio taco y un bolso enorme.
— Victoria…—me saluda, seria.
— Sandra… —respondo automático, nerviosa.
Y me sonríe. Mis hombros se relajan de inmediato, acercándome a ella para abrazarla. Nos quedamos en silencio, abrazadas por unos segundos, hasta que ella se separa.
— ¿Cómo estás? —pregunto.
— Más tranquila hija, ¿tú?
— Lo mismo puedo decir, creo —digo en un suspiro.
— Estás muy delgada…
No respondo a eso. Sé que bajé muchísimo de peso.
Las dos tenemos una sonrisa condescendiente, casi fingida. Al parecer esto es triste e incómodo para las dos.
Pregunto por el resto de la familia. Dice que todos han asumido de a poco la pérdida, pero que su padre aún no lo hace. Se me aprieta el estómago. Ese caballero es tan bueno, y quería tanto a su hijo…
— Victoria, no quiero hacer la visita larga, necesito hablar contigo dos cosas.
— Sí, Sandra.
— Lo primero es… —toma aire— tendré que pedirte el departamento. Roberto, el hermano de Daniel lleva meses sin trabajo y necesita un lugar para vivir. No te lo pediría si no lo necesitara pero…
Creo que me está bajando la presión o me está dando algo, porque no me estoy sintiendo bien.
Me están pidiendo que entregue nuestro hogar. El mío y de Daniel. Mi refugio durante todos estos meses. Y lo peor, es que está en todo su derecho. El departamento es, o era, de Daniel. No es mío.
No puedo hablar, así que asiento con la cabeza sin dejar de mirarla.
— Necesito que sea pronto Victoria.
No sé si esto es más doloroso para ella o para mí.
— Entiendo Sandra. Dame un par de semanas.
Nos quedamos mirando en silencio un momento, hasta que ella mira hacia su bolso y lo abre.
— Esto es lo segundo, Victoria —saca de su bolso una cajita cuadrada negra de terciopelo y la pone sobre la mesita—. Daniel me lo había dicho por teléfono ese mismo día. Esa noche se devolvió al departamento a buscar esto. Estaba entre sus cosas, y llevo meses pensando si debía entregártelo o no. Creo que es mejor que tú lo tengas…
Aprieto mis labios. No necesito que nadie me diga qué es lo que contiene esa cajita. Tampoco quiero tocarla. Ese frío que nunca me abandona está aumentando en este preciso momento, haciendo que se me ericen todos los vellos el cuerpo y de a poco me estén robando el aire.
Como ve que no la toco, ella misma toma la cajita y la abre. La deja abierta sobre la mesa.
Es un solitario hermoso, de oro blanco. Puedo ver cómo la luz se refleja en el diamante, mostrando destellos azules y verdes preciosos.
— Sandra, por favor, llévatelo —susurro, las lágrimas empiezan a salir solas de mis ojos.
— No puedo. Sin este anillo, él no hubiese vuelto al departamento y aún estaría vivo. No puedo tenerlo. Lo siento —termina con la voz quebrada, poniéndose de pie.
No saco mis ojos del anillo que está sobre la mesita. Siento como ella toma su bolso y se dirige a la puerta.
— Avísame cuando estés lista para entregarnos el departamento. Buena suerte, Victoria.
Ni siquiera le respondo. Veo de reojo como abre la puerta y se va.
Me pongo de pie y tomo el anillo en mis manos. Juego unos segundos a moverlo, viendo cómo la luz se refleja en la piedra, mostrando más destellos de colores sublimes, pensando.
Él quería pasar su vida conmigo, y murió por ir a buscar ese anillo. Y ella tampoco puede soportarlo.
Sin pensarlo, con todas mis fuerzas, lanzo la cajita con el anillo dentro contra la puerta, y como aquel día, me derrumbo.
Siento que me falta el aire, me fallan las rodillas y en el suelo me pongo a llorar sin control, gimiendo, abrazándome a mí misma y meciéndome hacia adelante y atrás.
A Daniel lo atropelló un borracho camino a nuestro departamento por ir a buscar ese maldito anillo…
Siento que me estoy muriendo por dentro. De nuevo. Porque no puedo controlarme, no puedo dejar de llorar y de pensar en él, en cuánto lo extraño.
Un par de minutos después entra Eli, debe haber escuchado el golpe de la cajita y mis sollozos.
Se tira al piso y me abraza, me pregunta una y otra vez qué pasa, pero sigo llorando en sus brazos, sollozando e hipando, incapaz de hablar. Se queda conmigo en el piso tratando de calmarme, pero es en vano.
No puedo tranquilizarme. Siento que mi corazón, ya marchito, se empezará a caer en pedazos en cualquier momento. Me falta el aire para seguir llorando. Me mece, haciéndome cariño en la espalda.
Todo es culpa de ese maldito anillo.
Ni siquiera sé cuánto tiempo pasa con nosotras ahí en el piso. Elizabeth se queda conmigo abrazándome en silencio y dejando que me deshaga en sus brazos, hasta que escucho la voz de David, ha entrado con las carpetas y documentos que le entregué en la mañana. Algo le pregunta a Eli y veo su silueta agacharse frente a mí. No tengo idea qué están hablando, los escucho lejanos. Y poco a poco, mientras sigo llorando y sollozando sin control, pensando en Daniel, se me empieza a nublar la vista, sin saber qué es de mí.