Alexander
Me da la espalda antes de que pueda responder, frotándose las sienes antes de deslizar una mano hacia su cuello.
Síntomas de abstinencia.
Mi simpatía se desvanece.
—Hablaba en serio sobre mantenerse limpia mientras esté a mi servicio. —La agudeza en mi tono hace que Jinny se tense.
—Bueno, ahora que tiraste mi reserva, supongo que tendré que hacerlo. ¿Qué aspecto tenía eso para ti exactamente? ¿Éxtasis? ¿Cocaína? ¿GHB?
—La nueva moda es 2CB…
—¿Eso era lo que había en mi bolsa?
Mi mirada se estrecha. —No lo sé —admito.
—Es un dolor de cabeza. No abstinencia. —Ella señala su computadora portátil sobre la mesa de la cocina antes de vaciar el contenido de su taza en el fregadero—. He estado encorvada sobre eso durante más de doce horas al día desde que era una adolescente.
—Entonces, ¿qué, dos años, quizás?
El comentario me gana una mirada de reojo mientras pone a hervir agua y arregla algo más en la encimera, oculta detrás de su cuerpo. —Tengo veinticuatro años. He estado haciendo esto diez años.
Me cruzo hacia ella y se tensa en el momento en que me siente a sus espaldas.
—¿Qué estás haciendo?
Presiono mi pulgar en el músculo donde su hombro se une al cuello, dentro del ancho tirante de su sostén, y ella jadea. —¡Ay!
Jinny intenta girarse para alejarse, pero no se lo permito. —Es un punto gatillo. Respira.
—Eres un sádico.
—Dame treinta segundos. Si no mejora, puedes llamarme como quieras.
Por una vez, hace lo que digo.
Dejo que mi curiosidad gane. —Entonces, empezaste a los catorce. ¿Abandonaste la preparatoria?
El músculo comienza a ceder bajo mis manos y froto un círculo pequeño y deliberado que la hace sisear.
—Obtuve mi certificado de equivalencia de preparatoria a los dieciséis y terminé temprano para poder trabajar en la música.
Determinada.
—Además, no duermo mucho.
Cambio al otro lado de su cuello y presiono allí. Esta vez, no se aparta de un tirón.
—Parecías estar durmiendo bien esta mañana.
Se arranca de mis manos, apoyándose contra el fregadero y girándose para nivelarme con ojos acusadores. —¡¿Qué demonios hacías en mi habitación?!
—Devolví tu suéter. Tienes suerte de que corriera con un destino más amable que mi chaqueta.
—¿Y te quedaste para observarme?
—Hablas dormida. No es mi culpa que estuvieras diciendo mi nombre.
Espero que me responda bruscamente, tal vez incluso que me golpee, pero su expresión es de sorpresa.
Como si quisiera decirme que estoy mintiendo, pero no está segura.
Quería tomarla desprevenida, pero soy yo quien se estremece cuando un rayo de atracción recorre mi columna y hace que mis abdominales se tensen bajo mi camisa de vestir.
—No lo hice. —El susurro se arrastra sobre mi piel, y carajo, no puedo evitar pensar en cómo sonaría ella susurrando otras cosas.
—Lo hiciste —le aseguro.
Su garganta se aprieta mientras traga. Sus ojos se nublan.
Suena un temporizador y ella se escabulle de donde la tengo contra el fregadero.
Maldita sea.
La decepción instintiva me hace hacer una mueca.
No tengo interés en ella, no como mujer.
Pero el rechazo sigue siendo refrescantemente doloroso.
Me giro para encontrarla vertiendo café en una taza. Me la ofrece. —Café real. Lo compré en el pueblo.
—No hay café real o falso… —Doy un sorbo, los sabores mezclándose agradablemente en mi boca—. No es terrible.
El rostro de Jinny se ilumina con triunfo, sus labios curvándose. —Te lo dije.
Ash tenía razón. Ella es jodidamente bonita.
—La Mer —continúa—. Es más grande que Coachella, que Las Vegas, que cualquier otro lugar. ¿Por qué no eres dueño de él?
Me toma un momento ponerme al día. —Estoy trabajando en ello. Las cosas que más valen la pena requieren tiempo para adquirirse.
Ella extiende la mano hacia la taza y nuestros dedos se rozan. La conciencia me recorre.
Ella sostiene mi mirada por un momento antes de dirigirse hacia la mesa de la cocina.
—Entonces, ¿cómo vas a llenar mi club? —pregunto mientras ella se deja caer en la silla, dejando su taza sobre la mesa.
—Tengo que darles una experiencia diferente cada vez. Además, estoy averiguando cómo ponerme en el radar de las personas adecuadas.
Agarro el sándwich envuelto que Natalia me hizo, sabiendo que iría por él cuando estuviera listo, antes de volver a posarme en el borde de la mesa.
—Debajo no va a ser el lugar de moda —continúa—. Es un sótano. El lugar para aquellos que no quieren ir al lugar de moda.
—¿Gente como tú? ¿Los rebeldes y marginados?
Debería interesarme lo que ella puede hacer por mi club, y lo estoy, pero también me interesa ella.
—Lo tomaré como un cumplido.
—Deberías.
Su mirada se dirige a la mía, sorprendida.
—Eres abrasiva y petulante. ¿Pero añadir una peluca, cien mil euros en equipo de sonido y algunas luces estroboscópicas? Una chica rebelde puede convertirse en una diosa de los clubes nocturnos.
Sus labios se entreabren. —Diosa.
—No me refiero a tu apariencia —digo con calma, aunque cuanto más la miro, más quiero hacerlo—. Las diosas no se definen por su belleza. Se definen por su poder. Tú tienes eso, sin embargo, reaccionas ante el mundo en lugar de comandarlo.
No sé por qué le estoy diciendo esto, pero me ha estado pesando desde la primera noche que la vi tocar.
Tal vez veo algo en ella que reconozco, la sensación de que ha sido agraviada y está tratando —inútil y desesperadamente— de arreglar las cosas.
—Fácil de decir para ti —responde—. La gente espera a que tú actúes. Para cuando tengo una oportunidad, ya han tomado una decisión sobre mí. Ya han decidido cosas que cambian mi presente y mi futuro.
Imagino que ha sido una lucha para ella. Puedo verlo en su rostro.
La forma sincera en que me observa, como si mis palabras estuvieran calando hondo, hace que mi pecho se apriete.
—Aprende a tomar tu poder y nadie podrá decirte qué hacer.
Sus pestañas oscuras parpadean mientras acuna su barbilla entre sus palmas, inhalando lentamente antes de soltar el aliento.
—Bueno, rayos. Gracias por el consejo profesional, Sr. Cross —dice, inexpresiva.
Insolente. En lugar de ofrecerle la oportunidad de tocar en Debajo, podría haberla dejado languidecer en la oscuridad que ella misma se provocó.
Y ella me lo paga con insultos.
Cuando sus labios se contraen en una sonrisa burlona, una sacudida de lujuria recorre mi columna.
Dije que quería traerle paz.
Me retracto.
Quiero callar esa boca que se deleita en insultarme, a mi polla y al imperio que he construido. Ver esos ojos oscuros nublarse cuando la empuje contra esta mesa, le quite la mezclilla de las piernas y la haga explotar sobre mi lengua.
Es la primera vez que quiero a una mujer tan poderosamente en meses, la primera vez que visualizo cómo se sentiría obtener mi placer junto al suyo.
Pero es atracción.
Sin sentido. Inofensiva.
No necesita controlarme.
Me estiro por encima de ella para tomar la taza al lado de su computadora. El siguiente sorbo que tomo es mejor que el primero. —No. Gracias a ti.
—¿Por qué? —Jinny retrocede en su asiento, recelosa.
—Por el café.
Ella gruñe a mi espalda mientras me dirijo a las escaleras, con el sándwich en una mano y la taza en la otra.
Este asalto es mío.
Pero cuando sus ojos permanecen en mi mente hasta bien entrada la tarde, me pregunto si me equivoco.